Alarme, n.º 9, julio-agosto-septiembre de 1980 (págs. 1-3). PDF del número completo · Texto original en francés
En Bolonia ha habido, como todo el mundo sabe, un atentado que ha causado la muerte de 80 personas1. Aunque nadie ha reivindicado el atentado, se atribuye al terrorismo negro, es decir, a los fascistas neonazis. Horror e indignación en Italia y en el resto del mundo. El espectro del neonazismo se enarbola como espantajo ante el «ciudadano honrado y responsable», dispuesto a tragarse todo lo que se le diga con tal de que su pequeña vida miserable no se vea molestada por acontecimientos extraordinarios.
Que semejante atentado provoque asco y horrorice por su bestialidad no tiene nada de criticable; lo que en cambio es abyecto son todas las fuerzas «demócratas» que claman al escándalo y llaman al rebaño de ganado sobre el que ejercen todavía cierta influencia a manifestarse para mostrar al neonazismo que no pasará. ¡Qué valor, maldita sea! Aparte del hecho, que es incontestable —un atentado con bomba que provoca casi un centenar de muertos en la estación de Bolonia—, ¿qué se oculta realmente detrás de todo el fárrago publicitario montado en torno a este acontecimiento por todas las fuerzas populares, demócratas, antifascistas, pro derechos humanos, humanitarias, religiosas..., y dejamos otras muchas en el tintero?
Una vez más se nos quiere hacer tragar la píldora estimulante de la lucha contra el fascismo, asimilándose la lucha de clases a la lucha de la democracia (el bien) contra el fascismo o el totalitarismo (el mal). Como la democracia se resume en los sacrosantos derechos humanos, cada cual se erige en su garante y defensor, desde Brézhnev, pasando por Giscard, hasta... Pinochet (¡pues sí, ese malvado «fascista»!), que mete en la cárcel en su país a «los que atentan contra los derechos del hombre y del ciudadano». Y todos esos Estados demócratas, populares, socialistas, así como sus defensores de apoyo crítico o incondicional, sienten hincharse en sus venas el espíritu sano y piadoso de la indignación, cuando todos ellos están directa o indirectamente metidos en un montón de crímenes a cuál más horrible... aunque solo sea porque todos defienden la dictadura del capital sobre el trabajo, la alienación frente al libre desarrollo de cada uno, el beneficio en detrimento de la satisfacción de las necesidades.
Los 80 muertos causados por el atentado no hacen sino inscribirse en la larga lista de las víctimas del capitalismo mundial, y ello con independencia de que este pinte en su bandera las palabras democracia, pueblo o socialista. Los neonazis, contra quienes es tan fácil indignarse, no tienen nada que envidiar en bestialidad a los actuales dirigentes, que perpetran sus crímenes en plena legalidad. Esa es la diferencia real entre el terrorismo de Estado y el terrorismo minoritario y más o menos clandestino de los neofascistas y otros (los que se pretenden socialistas)...
Enarbolar el espectro del nazismo o del fascismo es un arma más del «capitalismo de rostro humano y demócrata» para disimular la dictadura que ejerce sobre el proletariado mundial que la padece. Y todas las fuerzas que aceptan el legalismo capitalista como panacea o como mal menor no hacen sino mostrarse a la luz del día como lo que son: FUERZAS ANTIOBRERAS Y ANTICOMUNISTAS.
Tratemos de examinar las cosas más de cerca. Fascismo, totalitarismo (término de moda) o democracia no son más que las distintas caras de una misma moneda, a saber, la dictadura del capital sobre el proletariado y la población en general. En efecto, ni la democracia burguesa ni el fascismo son producto de cerebros con intenciones puras, sino producto de determinadas relaciones de producción, en este caso las relaciones de producción basadas en la venta y la compra de la fuerza de trabajo. La democracia burguesa y el fascismo no han sido en realidad más que sistemas políticos de dominación del capitalismo, correspondientes a cierto grado de acumulación capitalista en determinadas situaciones. Pero hoy tanto el uno como el otro yacen para siempre en el cubo de la basura de la historia como formas específicas de dominación del capital, y ello porque la concentración capitalista conduce al capitalismo de Estado, forma bárbara por excelencia y que tan a menudo se nos presenta cínicamente como socialista. Los peores enemigos del proletariado no son las bandas fascistas anacrónicas, sino todas las que se pretenden comunistas y no sueñan más que con un capitalismo de Estado a la rusa o a la china, introduciendo en sus discursos todas las cantinelas de la antigua democracia burguesa, que tampoco era más que una dictadura de clase capitalista. Y son todas esas organizaciones (izquierda y extrema izquierda) las que hacen coro con las fuerzas «demócratas y liberales» contra el enemigo, el fascismo, al que se imputan todos los crímenes.
Además, hay que estar verdaderamente ciego, o ser intencionadamente un esbirro canallesco, para no darse cuenta de que, aparte de las etiquetas decorativas —país fascista, país liberal, país socialdemócrata, país socialista—, la tendencia mundial es a la militarización y a la estatalización, es decir, a la dominación cada vez más bestial y nociva del capitalismo. Incluso en los países llamados democráticos, los derechos del ciudadano no son más que la negación de lo que se supone que representan. Así, el derecho de manifestación no es más que el derecho a la procesión; el derecho de huelga, el derecho a la discusión sindical; el derecho de asociación no es más que el derecho a afiliarse a un sindicato, y así sucesivamente... De todos modos, con democracia o sin ella, los revolucionarios, los hombres que no se doblegaban ante una situación inicua y degradante, siempre han sufrido directamente la dictadura capitalista, tanto más intensamente cuanto más comprendía el capitalismo que estaba en peligro de muerte por la existencia de una clase que podía derribarlo, el proletariado. Lo ha comprendido tanto mejor cuanto que hoy la casi totalidad de las fuerzas que pretenden combatirlo no hacen sino defenderlo, presentándose ante el proletariado como su bienhechor y defensor. Contra todas esas fuerzas combatimos y debe combatir el proletariado, metiendo en el mismo saco a todos los que, a fin de cuentas, no aspiran más que a aprovecharse del trabajo que él aporta. Es la única manera de acabar con la barbarie actual.
NI FASCISMO NI DEMOCRACIA
¡GUERRA DE CLASES!
El atentado con bomba contra la estación central de Bolonia, el 2 de agosto de 1980, causó 85 muertos y más de 200 heridos; fue obra de neofascistas. ↩