Alarme, n.º 9, julio-agosto-septiembre de 1980 (págs. 4-5). PDF del número completo · Texto original en francés
¿Boicot o no boicot? Esta simple pregunta resume por sí sola la dosis de gilipollez que los medios de masas han podido destilar con ocasión de los Juegos Olímpicos de Moscú, capital del «socialismo». En el origen de esta pregunta estúpida, dos acontecimientos ocurridos el invierno pasado: la invasión de Afganistán por las tropas del imperialismo ruso y el arresto domiciliario del «disidente» Sájarov1. Como siempre en casos semejantes, se enfrentaron dos bandos. De un lado, los «occidentales» (entiéndase: los defensores del bloque americano, Japón, Francia, la R.F.A. y todos sus satélites) decidieron en su mayoría, a petición de los EE. UU., boicotear los Juegos Olímpicos; y, por supuesto, como de costumbre, esos buenos «humanistas liberales» enarbolaron la bandera de la «no injerencia» y de los «Derechos del Hombre» para justificar la no participación de su élite musculada en la feria de ganado deportivo. Del otro lado encontramos a los esforzados defensores del «socialismo modelo» (póngase el adjetivo que se quiera: albanés, cubano, argelino...) o del «socialismo globalmente positivo»2, dicho de otro modo, del gran gurú del capitalismo de Estado, la URSS; para los stalinistas y la extrema izquierda, pues, era preciso que los JJ. OO. se celebraran en nombre de la no intromisión de la Política en los vestuarios deportivos. Estos son, en lo esencial, los argumentos esgrimidos por la gusanera capitalista mundial para mistificar al proletariado mundial empujándolo una vez más fuera del único terreno en que habría tenido algo que ganar: el de la lucha de clases. Porque durante todo este periodo la mentira, la hipocresía y el poder de la ideología capitalista que reina sobre todo el planeta han sido totales: el Capitalismo, sistema social basado en el trabajo asalariado, la explotación del hombre por el hombre, ha salido gran vencedor de los Juegos Olímpicos de la alienación.
Nuestro papel como fracción revolucionaria del proletariado no es saber si había que participar o no en los JJ. OO., ni decir cuál de los dos bandos imperialistas sacó provecho de la publicidad de estos Juegos; nuestro objetivo es denunciar los JJ. OO., y los encuentros deportivos entre naciones en general, por lo que realmente son: una arena donde cada Estado se enfrenta a los demás para obtener una victoria de prestigio, pero sobre todo una victoria sobre la parte de la clase obrera que domina y explota; porque, pese a todas las bellas ideas de «fraternidad», de «sana emulación» y demás bellas frases «desinteresadas» con que nos atiborran, las confrontaciones deportivas internacionales seguirán siendo siempre un arma predilecta de los defensores del capitalismo.
La identificación que la mayoría de los proletarios hace, a través del deporte, con una comunidad humana, ese sentimiento de orgullo y de valoración que suscita la participación de un miembro de esa comunidad, es uno de los resortes fundamentales en que se apoya la exacerbación del nacionalismo, la competencia a escala de países enteros, fundada ilusoriamente en intereses comunes a todos los individuos de un mismo Estado, que oculta así la inhumanidad de la realidad social: la contradicción entre Capital y Trabajo asalariado, la lucha de dos clases de intereses totalmente opuestos. Y esa necesidad de comunidad humana es una de las fuerzas que los guardianes del orden capitalista explotan para enfrentar a los distintos proletariados nacionales con ocasión de reuniones deportivas puntuales, a fin de hacerles olvidar su condición de esclavos modernos y de que nunca tomen consciencia de su pertenencia a una clase sin fronteras que no tiene más que un interés: la destrucción de la sociedad de clases para la instauración de la única comunidad humana real y viable, que es la sociedad comunista. En cuanto a los argumentos a favor del boicot o del no boicot, esos famosos «Derechos del Hombre» o la vieja fórmula de «no mezclar el deporte con la política» no son tampoco sino las máscaras que cubren lo que es realmente este mundo: ¡un cubo de basura! Hablar de los «Derechos del Hombre» es cosa fácil para la clase que nos explota, porque son «derechos» que ella ha impuesto al resto de la humanidad. En esta sociedad de clases no hay más «Derechos del Hombre» que en el planeta Marte; el único derecho del proletario es el de prostituirse cada día para asegurar su mezquina supervivencia, es el derecho a la miseria social y a las vejaciones, a la humillación cotidiana de una vida privada de sentido, vigilada por la policía, amordazada, bastarda y monótona. Evidentemente, cada bando defiende su filete, y si los «occidentales» invocan tanto esa mascarada de los «Derechos del Hombre» es porque su arbitrariedad y su opresión son más solapadas, más insidiosas que en el bando «socialista», donde el Estado no se anda con miramientos para estrangular al proletariado. Y si lo que estaba en juego en estos JJ. OO. ha sido una vez más ocasión para que los partidarios del capitalismo «privado» y del capitalismo de Estado mistifiquen a los proletarios en provecho propio, es siempre para salvaguardar sus intereses económicos de clase o de burócratas: el beneficio, la plusvalía arrancada al trabajo de millones de individuos.
La producción en serie y planificada de campeones drogados, la rentabilidad que se les exige, el reparto de medallas, los himnos nacionales y las banderas, todos estos rasgos característicos de esta sociedad delatan, a pesar de su propia ideología, la realidad política y social de un mundo podrido: la producción mercantil, las primas de rendimiento, la zanahoria del éxito social y la competencia de cada economía nacional frente a las demás economías nacionales.
La lucha intercapitalista en los estadios es el ensayo constante del enfrentamiento latente y más dramático que es la guerra, la resolución de las contradicciones de este sistema mediante la destrucción. A imagen del deporte, donde se reparten medallas, el capital reproduce allí una vez más la imagen de su barbarie: el reparto de medallas a los más sanguinarios, a los que matan y hacen matar con más rapidez y eficacia, medallas y condecoraciones para la élite del ejército, en cuyo seno, como todo el mundo sabe, existe una «sana emulación» entre los distintos cuerpos que lo componen: la rentabilidad asesina no hará sino mejorar.
Y la gloria nacional ya no se medirá entonces por el número de medallas, sino por la estadística del número de muertos, muertos por la «patria» o por la «buena causa», muertos en realidad siempre, siempre para la preservación de la sociedad de clases. Así pues, boicot o no boicot, estos grandes encuentros internacionales no son sino el preludio de la defensa de un bando «de la buena causa» que el proletariado tendrá que asumir para salvaguardar, contra sus propios intereses, este mundo sórdido y bárbaro que solo lo tolera como ganado. La destrucción de la sociedad de explotación será necesariamente también la destrucción de las ilusiones nacionalistas, ilusiones que solo la lucha revolucionaria de la clase obrera es capaz de borrar, como se borrarán todos los aspectos de la ideología capitalista: la religión o la seudolibertad en una civilización totalmente alienada por el trabajo asalariado.
Las tropas soviéticas entraron en Afganistán en diciembre de 1979; el físico Andréi Sájarov fue desterrado a Gorki en enero de 1980. Los Juegos de Moscú se celebraron en julio y agosto de 1980, boicoteados por los Estados Unidos y por decenas de países que siguieron su llamamiento. ↩
Alusión a la fórmula de Georges Marchais, secretario general del P«C»F, que en 1979 calificó el balance de los países del Este de «globalmente positivo». ↩