Alarme, n.º 9, julio-agosto-septiembre de 1980 (págs. 6-12). PDF del número completo · Texto original en francés
Contra la división entre obreros fijos y temporales: ¿cómo organizarse?, ¿para qué?
Con este texto, que hemos elaborado a partir de la «cuestión del trabajo temporal»1, no pretendemos simplemente aclarar este problema, sino sobre todo desarrollar nuestras posiciones políticas y hacer propuestas concretas con vistas a contactar con los obreros desde hoy mismo para organizar y preparar la lucha. Queremos llevar esta lucha no como una lucha «por la defensa de los intereses de los temporales», como lucha corporativa, sino como una lucha que forma parte del combate de todos los obreros contra la explotación. Dividida en categorías que compiten entre sí, la clase obrera no representa una fuerza contra el capital. La organización del proletariado en clase, es decir, en fuerza capaz de combatir eficazmente a su adversario, no es un sueño utópico: la UNIDAD DE CLASE de todos los obreros, sea cual sea su «estatuto», es una posibilidad, pero también una necesidad absoluta. El trabajo temporal nos permite mostrar más claramente esta necesidad y esta posibilidad de que los obreros se unan.
Para comprender bien por qué la solidaridad de clase de los obreros fijos y temporales no es una frase hueca, hay que analizar primero más a fondo la evolución y el papel del sistema de trabajo temporal.
1. Evolución del sistema de trabajo temporal en los últimos años
Según la patronal de las empresas de trabajo temporal (UNETT)2:
- en 1974 había 80 000 contratos de puesta a disposición diarios; en 1976, 190 000 diarios, es decir, una expansión del 237 % en dos años.
- La cifra total anual de 1978 es de 1 700 000 contratos, que afectaron a 1 000 000 de temporales (1/7 de los asalariados ha pasado por el trabajo temporal).
- El 70 % de las empresas de más de 500 personas utilizan mano de obra temporal. Los 2/3 de la fuerza de trabajo precaria y móvil son obreros de la industria, y el 60 % del conjunto de los temporales no tiene cualificación.
Estas cifras muestran claramente el rápido crecimiento del número de obreros temporales y prueban también que la función del sistema de trabajo temporal ha cambiado por completo: ya no es un fenómeno limitado a la fuerza de trabajo muy especializada, sino un fenómeno de masas que desempeña un papel importante y duradero en el sistema capitalista.
2. ¿Por qué este desarrollo?
Desde hace algunos años a la burguesía le cuesta cada vez más mantener sus beneficios. Frente a LA CRISIS MUNDIAL, el capital tiene que encontrar nuevas fórmulas de organización de la esclavitud asalariada. Tiene que AUMENTAR LA MOVILIDAD DE LA FUERZA DE TRABAJO: el 82 % de los contratos duran menos de 3 meses. Se procura los medios de poder contratar o despedir de un día para otro, con menos gastos, según sus imperativos de producción. El desarrollo del trabajo temporal no es la mejor adaptación a las necesidades de cada uno (como dice la sucia propaganda burguesa); es la mejor adaptación a las crecientes necesidades de movilidad del capital. Es también un medio de limitar el absentismo (baja por enfermedad = fin del contrato).
Pero para los obreros el trabajo temporal significa sobre todo la división: una división más entre los obreros. Fijo, temporal, francés, inmigrante, hombre, mujer, peón especialista de coeficiente 165, 170...3, los escalafones... ¡otras tantas distinciones para obreros que sufren todos la explotación! Cierto, estas divisiones descansan en diferencias concretas: por ejemplo, el obrero temporal puede verse en la calle de un día para otro, mientras que el obrero fijo tiene a pesar de todo cierta garantía de empleo. Pero ¿la tiene realmente? La situación actual nos muestra que no se trata más que de seudogarantías: la burguesía se ve cada vez más obligada a despedir a mansalva, cada vez más obligada a atacar las condiciones de vida de todos los obreros; el trabajador fijo es el parado o el temporal de mañana que vendrá a engrosar las filas de los más desposeídos. Todos los obreros están obligados a venderse a los patronos y son, por tanto, mercancías como las demás. Así pues, la pretendida oposición de intereses entre obreros fijos y temporales, oposición con la que cuenta la burguesía, no puede significar otra cosa que la sumisión del conjunto de los obreros al capital. En efecto, cuando una parte hace huelga, la otra trabaja, y viceversa, de tal modo que nunca llega a forjarse una verdadera fuerza de clase contra el capital. Los capitalistas especulan con la división entre los obreros para ahogar la combatividad obrera en estériles e inofensivas luchas de categoría.
3. La lucha de clases
Frente a eso oponemos la unidad de clase de todos los obreros. La lucha de cualquier parte de la clase obrera (incluida la de los temporales) plantea el problema de la unidad. Esta unidad, para no estar vacía de sentido, tiene que basarse en intereses comunes y en una solidaridad de clase, contra las reivindicaciones corporativistas, armas del capital.
La condición de los temporales, y de toda la clase obrera, en periodo de crisis más que nunca, nos muestra que no existe ningún estatuto, ninguna ley, ningún derecho que nos garantice nuestras condiciones de vida. Al contrario, la existencia misma de esos estatutos, de esas leyes, de esos derechos, ha sido siempre un arma en manos de la burguesía, con la que intentaba desviar la lucha de los obreros. Por eso no luchamos por el derecho de huelga, porque el derecho de huelga es el derecho a los paros sindicales de 2 horas, ¡el derecho a un paseíto por los talleres (con preaviso)! La huelga, la acción directa, no es una cuestión de derecho, sino de FUERZA. Por tanto, para los obreros la victoria no es nunca la obtención de un estatuto, de una ley, de una «garantía», sino que consiste en la fuerza organizativa que han conseguido forjar durante la lucha. ¡Esa fuerza es la única victoria para el proletariado!
Esa fuerza es la que nos permite continuar la lucha, hasta el final, hasta la supresión del capital y de la explotación. Todo lo que la burguesía quiere presentarnos como conquistas no sirve más que para mantener la explotación. Hacer bajar la tasa de explotación, liquidar las divisiones impuestas por el enemigo, tender a recuperar el producto social, unificarse en la acción en el terreno de la fuerza y de la organización, y no en el de las negociaciones, los contratos, los convenios, las tablas salariales...: ese es el interés unitario de los obreros. ¡Luchar contra la explotación no es luchar por una explotación «más justa» o por una explotación «más igual»! La unidad no puede hacerse sobre consignas como el derecho a la contratación fija o el estatuto del temporal. Si queremos ganar, es decir, crear la relación de fuerzas que nos permita imponer nuestras reivindicaciones de clase, tenemos que extender la lucha a franjas cada vez más amplias del proletariado. La extensión de la lucha se basa en la acción por las reivindicaciones que afectan al conjunto de los obreros. Por tomar un simple ejemplo, cada obrero [ilegible] aumento de salario, el más alto posible. Se trata, pues, de un interés común a todos los obreros. Este interés común encuentra su formulación en una reivindicación unitaria: AUMENTO GENERAL DE LOS SALARIOS para todos los obreros (independientemente de las distinciones de categoría, de raza, de sexo, de nacionalidad, etc.). Esta reivindicación sigue coja si no tiene en cuenta el exceso de miseria material que el capital inflige a ciertas capas del proletariado. La reivindicación de aumento general de los salarios tiene que completarse, pues, con esta otra: aumento mayor para las categorías más desfavorecidas.
Esto no es más que un ejemplo de reivindicación que corresponde a los intereses del proletariado en su conjunto y que indica claramente el camino de una unidad real. Cualquier fracción de la clase obrera tiene un interés directo en luchar contra la jerarquía infinita de los salarios, la extensión de los sistemas de retribución por rendimiento, el chantaje de las primas, etc., para volver a la acción por las NECESIDADES GENERALES de la clase de los explotados: reducción masiva de la duración de la jornada de trabajo, aumento general de los salarios, mayor para los salarios más bajos, salario íntegro a los parados, etc. Los intereses inmediatos de todos los obreros permiten, pues, indicar la perspectiva de la unidad proletaria por encima de las fronteras de categoría o de estatuto. ¿Cómo pueden los obreros organizarse como clase, la única capaz de llevar la lucha hacia la victoria, hacia el enfrentamiento final con la clase burguesa?
4. Fuera de los sindicatos y contra ellos
Puesto que ahora se plantea la cuestión de la organización, veamos qué posiciones adoptan los sindicatos sobre el problema del trabajo temporal.
La CGT y FO admiten las dos la necesidad del trabajo temporal «en ciertos casos», pero, bien entendido, no desean que los patronos «abusen» de este sistema de explotación. Para los dos sindicatos, la negociación de un convenio colectivo debería dar un «verdadero estatuto» al trabajador temporal e impedir los «abusos». Los dos sindicatos son además partidarios de que la ANPE4, es decir, el Estado-patrón (en lugar de las agencias de trabajo temporal), se ocupe de los trabajadores temporales. Por supuesto, estas posiciones oficiales (la CFDT está oficialmente contra el trabajo temporal y se niega a firmar un convenio colectivo con los patronos sobre el trabajo temporal) las presentan los militantes sindicales ante los obreros de forma más matizada.
La defensa de los obreros temporales se limita, para los sindicatos, a reclamar su contratación fija alrededor de la mesa de negociación, y en cuanto los obreros entran en lucha, los delegados se presentan e intentan «organizar» esa lucha. ¿De qué manera?
O bien situando la lucha en el terreno de los «derechos» (su recurso sistemático al tribunal y a las elecciones para intentar resolver los «conflictos sociales» es muy significativo) y, por tanto, encerrándola en la legalidad: así, al reclamar un estatuto para los temporales, o incluso su contratación fija, los sindicatos no quieren suprimir la explotación, sino, al contrario, perpetuarla. Simplemente no quieren que esa explotación sea demasiado evidente, demasiado clara. Si consiguen imponer su consigna de «derecho a la contratación fija», entierran de antemano esta lucha contra la explotación.
O bien, si los sindicatos no logran imponer su línea, y si no logran disimular la naturaleza anticapitalista de una lucha y desviarla al terreno de la legalidad, intentan limitar la lucha al taller, a la empresa donde empezó, e impiden así su extensión y, por tanto, la victoria (sus argumentos del tipo «los demás no nos seguirán», «esto solo nos concierne a nosotros» son bastante conocidos por todo el mundo). Los obreros combativos que tratan de extender la lucha, de romper el aislamiento en que los sindicatos la confinan, se convierten de golpe en «izquierdistas», en «aventureros», en «irresponsables». ¿Cómo explicar estas posiciones y esta política de los sindicatos? Hasta mediados del siglo XIX la burguesía prohibía los sindicatos y reprimía por la fuerza a los obreros que intentaban formar una organización permanente para la defensa de los intereses de la clase obrera. Todavía hoy los obreros en lucha encuentran frente a ellos a la policía armada hasta los dientes, dispuesta a aplastar brutalmente la revuelta. Al mismo tiempo, el Estado acepta hoy los sindicatos, incluso los financia, y anima a los obreros a sindicarse. La campaña publicitaria en la televisión y en los periódicos para incitarnos a ir a votar en las elecciones de magistratura del trabajo5 (¡presentadas por los sindicatos como una victoria para los obreros!) se inscribe en este cuadro.
Puesto que ella es la clase explotadora, la burguesía tiene un interés evidente en intentar ocultar la explotación y mistificar las contradicciones que oponen los intereses de los obreros a los de los patronos, a fin de hacer aceptar a los obreros su condición de esclavos asalariados. Los sindicatos participan en todas partes en esta mistificación (y son tanto más creíbles para los obreros por su lenguaje «obrero» y también por sus orígenes históricos) con sus reivindicaciones «realistas», que reconducen sin cesar la revuelta contra la explotación capitalista no al enfrentamiento, sino a un arreglo dentro del sistema capitalista. Pero estos campeones de la defensa de los obreros no se contentan solo con ocultar la explotación: integrados en el sistema capitalista, cumplen fielmente su papel al servicio de la burguesía: se oponen abierta y físicamente a los obreros que luchan sobre una base de clase. En cuanto la lucha, la huelga, la ocupación, la violencia se convierten en una amenaza para «el orden existente», los sindicatos hacen todo lo posible por sabotear, desviar, liquidar la lucha. ¡Evidentemente, porque ellos forman parte del «orden existente»! Y los obreros en lucha se convierten en «autónomos», en «elementos ajenos a la clase obrera», en «agentes de Bonnet»6... Por todas estas razones tenemos que organizarnos fuera de los sindicatos y contra ellos.
5. Fines y medios de una agrupación organizada
Al hablar de extensión de la lucha, de solidaridad de clase, de unidad, de organización autónoma de los obreros, no intentamos promover un ideal cualquiera, sino mostrar lo que ya existe como TENDENCIA en las luchas, no para quedarnos en una simple constatación, sino para, entre otras cosas con esta hoja, EMPUJAR más lejos esa tendencia.
Los salarios que disminuyen, el paro que aumenta, el trabajo temporal que se extiende, el aumento de los ritmos, permiten a la burguesía aumentar sus beneficios y hacer frente mejor a sus competidores en el mercado. Pero al mismo tiempo estos ataques empujan a los obreros a la respuesta, a la lucha contra el capital y, por tanto, a la búsqueda de un MEDIO para entablar esa lucha. Los siderúrgicos de Longwy y de Denain7, los estibadores de Róterdam, los metalúrgicos de Alemania, los mineros de los Estados Unidos y de Brasil...: cada vez más los obreros entran en lucha para defender sus condiciones de vida, para atacar la explotación. Cierto, la burguesía intenta en todo momento desanimar, dividir, aislar a los obreros unos de otros, pero para el conjunto de la clase obrera la necesidad de salir del marco de la lucha corporativa se hace más evidente con cada medida antiobrera que toma la burguesía. La necesidad que tienen los obreros de contactar con los obreros de otras empresas, de celebrar reuniones, de difundir y redactar octavillas, de preparar sus acciones, los empuja a organizarse de forma autónoma y a tomar ellos mismos en sus manos las tareas teóricas y prácticas que plantea la lucha. A menudo los obreros se autoorganizan con mucha dificultad y vacilación, tanto más cuanto que encuentran frente a ellos, en primera línea, no a la policía, sino a «sus» sindicatos, los «mejores defensores de la clase obrera». El ejemplo más reciente, y quizá de los más claros, es la huelga de los estibadores de Róterdam, organizados en un comité de huelga CONTRA el sindicato. La fuerza de esta lucha residía precisamente en que los obreros se organizaban ellos mismos y no confiaron más que en sí mismos para llevar la acción. Al sabotaje de la lucha, a la inacción y a las acciones de pega de los sindicatos (paros, peticiones, manifestaciones-paseo...) los obreros respondían con la huelga indefinida, la parálisis total de toda actividad en el puerto, los piquetes de huelga para controlar por completo la circulación en los muelles, las delegaciones a las demás empresas de la región y a los demás puertos para organizar la solidaridad y proponer la acción unitaria.
Una primera condición para la lucha es que los sindicatos dejen de tener el monopolio de la intervención entre los obreros, que los sindicatos no puedan ya organizar la acción de pega y el sabotaje puro y simple de la lucha. Los obreros combativos tienen que organizarse para romper el aislamiento, para denunciar a los sindicatos y demás «defensores de los obreros», para denunciar y sabotear los paros de los sindicatos y las manifestaciones de pega del tipo Bastilla-República8, que no sirven más que para ahogar la combatividad obrera, para oponerles la lucha de clases con métodos de clase.
El comité aspira a convertirse en una organización que permita a los obreros reunirse, contactar con otros núcleos de obreros a fin de preparar la respuesta política a las decisiones del Estado burgués y de poner en pie los medios para desarrollar las luchas futuras.
Preparación política quiere decir: sacar las lecciones de las luchas pasadas, de sus puntos fuertes y de sus debilidades, para poder ir más lejos en el futuro; emprender el trabajo de propaganda y de agitación en las fábricas en torno a los problemas que hoy se le plantean a la clase: los sindicatos, las reivindicaciones, la organización, los métodos de lucha...
Más que nunca existen enormes posibilidades de lucha: en todas las grandes empresas, en todas las cadenas de montaje, millones de trabajadores de todos los países están concentrados todos los días y sufren una explotación cada vez más fuerte. Para la clase obrera internacional, numéricamente más fuerte que nunca, la necesidad de entablar la lucha contra el capitalismo se siente hoy con más fuerza todavía que ayer.
Tenemos que prepararnos para el enfrentamiento. Para eso, desde hoy mismo proponemos la discusión sobre esta hoja, individualmente, pero sobre todo de forma organizada y agrupada entre todos los obreros que se plantean estas cuestiones. Tenemos que crear desde ahora lazos con los parados, con los fijos, con los obreros de todas las empresas, discutir con ellos sobre esta hoja, considerar juntos las tareas que hay que tomar en nuestras manos.
En lo inmediato, si nos hemos llamado «comité de temporales» es porque el trabajador temporal es la imagen más clara de lo que es cada obrero: un proletario que no posee nada más que su fuerza de trabajo. Las condiciones particulares de los temporales hacen más explosivo este «sector». Es, por lo demás, lo que también ha comprendido la burguesía, que desde hace un buen tiempo se inquieta por esta situación e intenta, con el consejo de los sindicatos, «integrar» a los temporales proponiendo ciertas medidas que deberían «mejorar» su condición, sin dejar de mantener su carácter esencial: la movilidad. La cuestión del trabajo temporal nos permite también superar las reivindicaciones de tal o cual empresa, puesto que el temporal cambia sin cesar de lugar de producción: ¡no está atado ni a su patrón, ni a su máquina, ni a su oficio! No tiene que vérselas con tal o cual patrón privado, sino más directamente con el capital.
Esta agrupación organizada en torno a la cuestión del trabajo temporal será un punto de partida del avance organizado de la lucha del conjunto del proletariado. Cierto, a los temporales les resulta más difícil agruparse que a los fijos, ¡pero esta agrupación presupone superar desde el principio el marco de la fábrica y de las reivindicaciones de categoría!
El comité llama a todos los obreros a ponerse en contacto con él: escribir, con doble sobre, a: COMITE D'INTERIM (en el sobre interior), Librairie l'Herbe Rouge (en el sobre exterior), 1 bis, rue d'Alésia, 75014 PARIS.
En francés, Comité d'intérim: comité de trabajadores contratados por agencias de trabajo temporal (intérim); lo llamamos «Comité de Temporales». En Francia, intérim es el trabajo temporal por medio de agencias (boîtes d'intérim), cuyos trabajadores son los intérimaires; traducimos «trabajo temporal» y «temporales». Las missions de las estadísticas son los contratos de puesta a disposición. ↩
Union nationale des entreprises de travail temporaire, patronal francesa del sector. ↩
OS (ouvrier spécialisé): peón especialista, la categoría más baja de los obreros de producción; los coeficientes son los de las clasificaciones de los convenios colectivos. ↩
Agence nationale pour l'emploi, el servicio público de empleo francés. ↩
Las elecciones a los conseils de prud'hommes, tribunales paritarios de lo laboral, celebradas en diciembre de 1979. ↩
Christian Bonnet, ministro del Interior de Francia de 1977 a 1981. ↩
Huelgas y motines de los siderúrgicos de Lorena y del Norte contra los despidos, en 1979. ↩
El recorrido clásico de las manifestaciones sindicales en París, de la plaza de la Bastilla a la de la República. ↩