Alarme, n.º 11, enero-febrero-marzo de 1981 (págs. 9-10). PDF del número completo · Texto original en francés
Hoy todo progreso tecnológico o científico de gran envergadura, incluso aparentemente pacífico, se concreta en una dominación todavía más brutal del capitalismo, sin ninguna contrapartida para el conjunto de la sociedad y más particularmente para el proletariado. Así, las enormes inversiones engullidas por la conquista del espacio han fructificado en el reforzamiento de los arsenales imperialistas. Los trabajos efectuados «al servicio de la ciencia y del progreso» se concretan ahora en satélites de vigilancia o de guiado más preciso de bombardeos nucleares. La informática, que se desarrolló al hilo de esos gigantescos trabajos, sirve ahora de medio de represión afinado y violento; se introduce en la producción para las tareas de gestión, de racionalización, de almacenamiento de información y de vigilancia. Los tecnócratas pueden así «conquistar el espacio»... policial mundial, sirviéndose de manera más sistemática de la informática para la represión con el fichaje, la vigilancia, la circulación ( ) de informaciones.
Además, los nuevos productos industriales se prueban, siempre que se puede, en el mercado mundial más importante de la época: la guerra. ¡En el mundo no se gasta menos de un millón de dólares por minuto en la producción de guerra! La guerra no solo permite probar los nuevos productos, sino que, sobre todo, es un magnífico campo de elaboración técnica y científica, un laboratorio generoso en descubrimientos, un factor importante de progreso que se concreta en nuevos productos en el mercado de la guerra... económica. El círculo vicioso se cierra. El capitalismo en su conjunto ya no puede aportar nada beneficioso a la humanidad; es socialmente nocivo: es decadente. En efecto, vivimos un periodo en que este sistema, tras conquistar el planeta, ha cumplido su papel histórico progresista con respecto al sistema anterior y, desde entonces, resulta caduco. Así, el capitalismo ha unificado el mundo mediante el vínculo social del capital (vínculo no humano) y ha desarrollado mundial y poderosamente a su antagonista irreductible, su negación histórica: el proletariado. Ha realizado las «condiciones objetivas» de la revolución comunista (véase Alarme n.º 6). Este periodo se abrió concretamente con la Primera Guerra Mundial de 1914-18 y con la oleada revolucionaria, mundial también, que la siguió (1917-37), que mostró en los hechos la caducidad de este modo de producción. A esa caducidad histórica corresponde su manifestación social: la decadencia. Esta crisis fundamental del capitalismo es una crisis social definitiva, que se manifiesta independientemente de la buena o mala marcha de la economía capitalista. El propio crecimiento económico se ha vuelto nefasto para el progreso de la humanidad.
El conjunto del «progreso» aplicado a la producción (factor del crecimiento económico) determina la reestructuración del sistema económico, lo que acarrea choques dentro de la esfera capitalista: cierres de fábricas, hundimiento de sectores enteros de la economía que ya no están adaptados (que ya no son rentables) frente a los nuevos medios de producción puestos en marcha; de ahí un paro importante. En cambio, se crean o se amplían nuevos sectores industriales que utilizan las nuevas tecnologías, un personal más reducido y un fuerte sistema de subcontratación (como hacen la mayoría de las grandes compañías japonesas). Desde que hace estragos la pretendida crisis económica, las mayores empresas capitalistas del mundo, en su mayoría, no dejan de obtener beneficios y de participar en el crecimiento económico. Ahora bien, en una crisis económica hasta las compañías capitalistas más poderosas se encuentran, por lo menos, muy cerca de la ruina, lo que está lejos de ser el caso hoy. En cuanto al proletariado, sea cual sea el estado económico del sistema, siempre sale perdiendo, aunque solo sea por la perpetuación de la explotación. Nada permite hoy concluir que haya una crisis económica «mortal» del capitalismo, crisis que supuestamente provocaría la «toma de consciencia» revolucionaria del proletariado arrojado a la miseria más negra. Por desgracia, el capitalismo puede muy bien sobrevivir con una economía «saneada» (en la que se habría eliminado a los capitalistas más débiles), todavía más concentrada y más estatizada, con un volante de paro mayor que antes. En 1965 los economistas norteamericanos estimaban que, para los EE. UU., de 4 a 5 millones de parados eran un ejército de reserva normal, al margen de todo contexto de crisis económica.
En cuanto a la radicalización obrera que traería consigo una crisis económica, no hay más remedio que constatar que esa radicalización no sería ineluctable, e incluso que en realidad una crisis económica la frenaría. Así, la crisis de 1929 tuvo como consecuencia, principalmente en los Estados Unidos, dividir a la clase obrera entre parados, por una parte, y, por otra, trabajadores con empleo que lucharon (a veces violentamente) únicamente para conservar ese empleo. Algunos parados radicalizados se agruparon para luchar, pero se separaron en cuanto los capitalistas volvieron a contratar a gran escala; eran, de todos modos, muy minoritarios, pues la inmensa mayoría de los parados quedó reducida a un vagabundeo que excluía toda lucha de clases. Una clase obrera en vagabundeo no es una clase obrera.
El proceso de formación de la consciencia revolucionaria del proletariado no puede explicarse ni con recetas ni con regímenes alimenticios: los proletarios demasiado gordos y corrompidos por el sistema tendrían que adelgazar, los esqueléticos tendrían que engordar para tener fuerzas para rebelarse, y los demás (por ejemplo, los polacos) tendrían que vigilar estrechamente su «línea». La consciencia revolucionaria no surge de la náusea biliosa de un vientre vacío ni del vómito grasiento de un vientre lleno. En efecto, la revolución no puede ser un fenómeno puramente pasivo (el proletariado «obligado» a enfrentarse al capital) ni un fenómeno puramente voluntario: es el producto de la confrontación de esos dos fenómenos. Es decir, que la consciencia nace del choque entre el deseo de humanidad del proletario (y, por tanto, las potencialidades de realización de sus deseos) y su situación material inhumana y degradante. Más que nunca es clamorosa la contradicción entre las potencialidades que ha desarrollado este sistema y las condiciones de embrutecimiento físico e intelectual impuestas a los proletarios de todos los países.
Si toda la podredumbre presente subsiste todavía sobre la corteza terrestre, es porque el proletariado de los países más poderosos no tiene la fuerza ni se da los medios de abatir este sistema antihumano. Nuestra tarea es mostrar que esa fuerza solo puede adquirirse mediante la organización independiente de los obreros, parados, temporales y trabajadores unidos por encima de todas las barreras que mantiene este sistema de explotación asalariada, para la destrucción radical del orden existente.