Alarme, n.º 11, enero-febrero-marzo de 1981 (págs. 2-4). PDF del número completo · Texto original en francés

El Partido anticomunista de Francia (P«C»F) sigue haciendo de las suyas, como siempre. Últimamente le han llovido críticas de todas partes, lo que no puede sino alegrarnos, puesto que lo consideramos el primer partido anticomunista del mundo, la fuerza más abyecta y despreciable del mundo capitalista internacional.

Sin embargo, todas las acusaciones lanzadas contra el P«C», aunque por lo general muy justas, no tienen ni pueden tener el alcance que merecen, porque las formulan fuerzas que razonan y juzgan ellas mismas en terreno capitalista. Hablan como defensoras del capitalismo. La lucha ya no es entonces más que una lucha intercapitalista, y no una lucha de clase por el comunismo y la supresión de la explotación del hombre por el hombre. Solo una crítica revolucionaria intransigente de lo que representa el P«C» puede evitar enturbiar las cosas y plantear los problemas como deben plantearse en una perspectiva comunista.

«La derecha y su extremo»

Es un error creer que lo que comúnmente se llama «la derecha» miente cuando denuncia (con demasiada timidez, por cierto) la barbarie de los países llamados socialistas. Esa derecha solo miente cuando pretende combatir el comunismo asimilándolo a los países que se reclaman de él. Cuando «la derecha» ataca al P«C» y a los países llamados socialistas, no ataca en absoluto al comunismo, sino a una forma de dominación capitalista que no corresponde a sus propios intereses de explotadores; ataca en realidad al capitalismo de Estado, es decir, al hecho de que el capital sea propiedad exclusiva del Estado. Lo que, entre otras cosas, muestra bien que se trata realmente de una lucha entre diversas tendencias capitalistas es que el mundo occidental, llamado libre, tardó mucho en denunciar lo que pasaba en Rusia. Mucho antes de que la palabra «gulag» pasara al lenguaje corriente, había revolucionarios que denunciaban ya lo que eran los campos de trabajo, de reeducación y de exterminio del capitalismo de Estado ruso, y más tarde del chino. Pero a esos nadie tenía mucho interés en escucharlos. ¿No había dicho el secretario de Estado norteamericano, en plena guerra fría: «El problema no es vencer a los rusos, sino mantener el orden después de haberlos vencido»? Dicho en claro: los rusos son capaces de mantener el orden capitalista en Rusia.

La audacia del mundo capitalista llamado libre contra Rusia y compañía no empezó a tomar forma hasta el momento en que se dio cuenta de que los defensores de la contrarrevolución rusa habían logrado someter al proletariado a las exigencias del capital y de que la clase obrera estaba aplastada como fuerza revolucionaria. Por eso el argumento de que «criticar al P«C» es hacerle el juego a la burguesía, a la "derecha"» se cae por su propio peso, puesto que es «la derecha», la burguesía, la que le ha hecho y le sigue haciendo el juego al P«C», aunque solo sea concediéndole el título supremo de comunista.

«La izquierda»

En Francia, como todo el mundo sabe, las fuerzas «de izquierda» son el P«C», el P«S» y los radicales «de izquierda». Para aligerar nuestra exposición, y porque la politiquería no nos interesa, no haremos ninguna diferencia entre las dos fuerzas que en un momento dado estuvieron unidas al P«C» por el programa común capitalista. Frente a estos dos partidos, el P«C» se presenta como más a la izquierda, más intransigente con la «derecha», más proletario. Todo el mundo conoce la famosa cantinela del «giro a la derecha del P«S»». En realidad, lo único cierto es que el P«S» no tiene los mismos intereses capitalistas que el P«C» y que, con razón, desconfía de su colega, desconfianza en la que se apoya la «derecha» para mostrar la delicada posición en que se encuentra el P«S». De todos modos, las críticas que el P«S» formula contra el P«C» son tan vacías y huecas como las de la «derecha», y por las mismas razones. El Partido «socialista» de hoy ya no tiene nada que ver con el movimiento obrero. Se reclama de lo más reaccionario que ha habido en la socialdemocracia, y todas sus posiciones se derivan únicamente de un análisis capitalista que responde a sus propias miras capitalistas. Sus críticas al P«C» se sitúan también en el marco del mantenimiento del sistema capitalista. Añadamos también que el lavado de cerebro antisocialdemócrata que la dirección del P«C» inflige a sus militantes nunca explica por qué los revolucionarios criticaron duramente a esa socialdemocracia, pues el propio P«C» caería bajo esas mismas críticas... y bajo muchas otras. En efecto, si es cierto que la socialdemocracia se ha mostrado como fuerza antisocialista, el stalinismo (y por tanto los P«C»), por su papel y su objetivo, no tiene nada que envidiarle, ¡todo lo contrario! Se ha mostrado como el enemigo más peligroso y más hipócrita del proletariado y de la emancipación del hombre.

«La extrema izquierda»

Pasemos rápidamente por encima de quienes se reclaman del maoísmo: sus críticas al P«C» quedan muy por debajo de las críticas de la «derecha», pese a todo su radicalismo verbal y a su lenguaje proletarizante. Bajo un lenguaje demagógico, no aspiran sino a un sistema de tipo chino, que descansa en el mismo principio estatal que el sistema ruso. Su oposición al P«C» —que no sea el P«C» del gran contrarrevolucionario Mao— no es más que fruto de la oposición capitalista que existe entre esos dos países. Por lo demás, representan exactamente lo mismo.

Los trotskistas: su oposición al stalinismo se ha avinagrado tanto que entre las dos salsas cuesta ya distinguir. Son casi igual de agrias y de dañinas para la digestión la una que la otra. Una vez más —aunque no hacía falta volver a probarlo—, el trotskismo muestra claramente lo que es hoy: el pariente pobre del stalinismo, cuyas críticas al P«C» son tan tímidas como las del P«C»F con respecto a Rusia, ¡que ya es decir!

Jugando a la demagogia, dada su fuerza, los trotskistas podrían haber tomado la iniciativa de convocar estos últimos tiempos manifestaciones contra el P«C». ¡Pues no! Rechazan toda oposición al P«C»F que se salga de la oposición electoral. Frente a la derecha (los canallas), hay que cerrar filas con «los canallas que están en el campo obrero» y que, por tanto, son «menos canallas que los que no están en él». En realidad, ni la derecha ni la izquierda ni sus extremos se sitúan en un terreno proletario, es decir, en un terreno comunista, internacionalista, de subversión total de la sociedad dividida en clases. Por eso nos alegramos de que los trotskistas no participen en las manifestaciones contra el P«C». Con él están, y con él deben ser denunciados sin medias tintas. Los amigos de nuestros enemigos son nuestros enemigos.

Por otra parte, entre las fuerzas (¡poco numerosas!) que no vacilan en manifestarse contra el P«C» (dos manifestaciones ante el búnker de la plaza del Colonel-Fabien1 y una en Aubervilliers, donde el P«C» había desplegado sus fuerzas a golpe de altavoces que difundían cuñas publicitarias y música apropiada —L.O. vendía su periódico del lado de las fuerzas anticomunistas—), tampoco es lo ideal. Aparte de que este tipo de manifestaciones no mueve a las multitudes en esta época en que, a toda costa, las fuerzas electoralistas, incluidas las de extrema izquierda, se preocupan más de las 500 firmas2 y de contar el número de «ciudadanos ordenados y encuadrados» que de la lucha de clases (casi inexistente en Francia) y de la consciencia que de ella pueda desprenderse, las críticas al P«C» en esas manifestaciones no se salen del corsé de las críticas habituales de quienes piensan que «la democracia burguesa» es un mal menor. No se trata de contentarse con afirmar que el P«C»F es racista y antiinmigrante y que por eso mismo destruye la unidad obrera. No hay que denunciar un aspecto de la política del P«C», sino la totalidad de su política y lo que representa como aparato. Los asuntos de Vitry, de Montigny, etc.,3 no son más que epifenómenos en una historia de delaciones, de hipocresía y de crímenes. El P«C»F no es solo racista, nacionalista, enemigo del trabajador inmigrante: el P«C», en todas partes del mundo (incluida China), es ante todo una fuerza anticomunista, y por eso mismo actúa contra los intereses del proletariado y de la emancipación del hombre. La unidad del proletariado, y por tanto su constitución en clase, pasa por una lucha abierta contra todas las fuerzas que pretenden perpetuar este sistema de explotación y de miseria.

Hoy más que nunca debemos ser claros y concisos. No se trata de agrupar a la gente en un movimiento en torno al antirracismo, que en realidad no es, bajo otra forma, más que una aceptación más del sistema capitalista mundial, aunque ese antirracismo tenga la audacia de atacar al P«C». No es el derecho a dejarse explotar tranquilamente en Francia lo que puede soldar la unidad entre trabajadores franceses y trabajadores inmigrados, sino su lucha común contra esa explotación y contra el derecho capitalista, proclamando bien alto que nos importan un bledo Francia y su economía, que nos importan un bledo el «produzcamos francés» y sus equivalentes rusos o chinos, que el proletariado no tiene patria y que librará la guerra de clases allí donde se encuentre, en completa solidaridad con los proletarios de todos los países, y que Francia nos importa tan poco como los demás países, puesto que no son, ante todo, más que entidades de explotación. En este tipo de orientación debe centrarse la lucha contra el P«C», mostrando así que al atacarlo se ataca al conjunto del sistema capitalista; si no, saldremos perdiendo eternamente. No se trata de pedir limosna: debemos imponer nuestra fuerza de clase; con ella venceremos.

  1. La sede del Partido Comunista Francés, en la plaza del Colonel-Fabien de París. ↩

  2. Las 500 firmas de cargos electos que la ley francesa exige para presentar una candidatura a la elección presidencial (en este caso, la de 1981). ↩

  3. En diciembre de 1980, el alcalde comunista de Vitry-sur-Seine encabezó la destrucción con una excavadora de un hogar de trabajadores malienses, y en febrero de 1981 el alcalde comunista de Montigny-lès-Cormeilles organizó una manifestación ante la vivienda de una familia marroquí acusada de tráfico de droga. ↩