Alarme, n.º 11, enero-febrero-marzo de 1981 (págs. 16-17). PDF del número completo · Texto original en francés

En la primera sesión parlamentaria post-teniente coronel Tejero, estruendosa ovación a quien nos salvó, en función de abogado de oficio de todos los españoles acusados por el ejército, por otras señas: el rey. Noventa y ocho horas después de aquella tarde, millón y medio de madrileños, centenares de miles de españoles en otras ciudades, desfilaban en pro de la «libertad, la democracia y la Constitución», toda otra pancarta o consigna desautorizada por los cuatro partidos y las sindicales convocantes. Acto seguido, cada uno vacaba a sus ocupaciones, pero no sintiéndose a salvo, sino con el reconcomio de seguir estando a merced de las ametralladoras. A cuantos no creemos en salvador alguno, «dios, rey ni tribuno», se nos impone una reflexión rigurosa sobre lo sucedido.

Que el ejército cavilaba otra de las suyas era, más que previsible, absolutamente seguro. Para el ejército, España es su América, conquista de guerra, su territorio de ocupación no solo política, algo así como lo que Turquía es para sus respectivos militares, o bien, en peor plano aún, lo que la Rusia mal dicha soviética es para el partido-Estado, entre cuyos dirigentes cuentan todos los altos mandos del ejército. Nadie ignora esa verdad, pero gobierno y seudooposición a una no dejan de hacer arrumacos a los generales so pretexto de aplacarlos, al mismo tiempo que utilizan sus braveos para infundir miedo y pasividad a la multitud, a la clase obrera en primer término. Sabían a ciencia cierta, no solo desde la operación Galaxia,1 sino por declaraciones y actividades ostentosas de altos jefes y de sus auxiliares fascistas, que estaban preparándose para cubrirse de gloria en otra de sus batallas fronteras adentro. No obstante, complacencias y zalamerías continuaban, Constitución en mano.

En cinco años de monarquía con atuendo europeo, la decepción de la clase trabajadora rayaba ya en el asco, con entera razón. Pero no debido al ejército ni al gobierno ni a los franquistas en espeleche democrático o sin disfraz, sino a la connivencia que les han prestado y continúan prestándoles los partidos y sindicatos llamados obreros. Decepcionan quienes son considerados como amigos, no los enemigos declarados y como tales reconocidos. El nacionalismo de ETA, tan reaccionario como cualquier otro, sus asesinatos de ejecutores obtusos, sin ideas, pero con subvenciones, carga con buena parte de culpa en la pasivización de la masa proletaria y sirvió de detonador a la intentona militarista. Cierto, pero verdad incompleta, porque ETA es un subproducto del comportamiento procapitalista de los partidos y sindicatos citados, tanto en escala española como internacional. De haber existido una política de y para el proletariado, la ETA se habría asfixiado en ella. Es un hecho comprobable que la reavivación del nacionalismo, sobre todo después de la guerra mundial, ha sido función directa de intereses reaccionarios, de imperialismos en rivalidad, pero no sin previa paralización de la lucha obrera en pro de la abolición del sistema. De tal paralización son culpables inmediata, intencionalmente, los González, Carrillo y secuaces de aquí y de cualquier otro país. Gracias a ellos el mundo actual hiede a nacionalismos, pistolerismos y seudodemocratismos, todos circunscritos en los preparativos de exterminación atómica ruso-americanos. Gracias a ellos la clase obrera se encontró exangüe, incapaz de hacer nada frente a los militares, y gracias a ellos también ETA continuará su obtuso pistoleo, criminal más aún que para los asesinados, para una auténtica actividad proletaria.

Antes y después de la muerte de Franco existía una movilización obrera constante y sana, de un empuje tan pletórico de esperanzas que aspiraba entonces al máximo: terminar con el capitalismo. ¿Qué han hecho de él los partidos «socialista y comunista»? Lo han desarticulado, desmoralizado, pervertido, dejándolo nervio y mente paralíticos, entregándolo a merced del aparato militar... o de estos partidos mismos. Lo han convertido en nada. En tales condiciones no hay clase obrera, sino una suma de millones de individuos inconexos y sin acción colectiva posible. Y cuando la clase como tal no entra en liza, cuatro tiros al aire achantan a todo el mundo. Ahí quedan, edificantes para la posteridad, las imágenes televisadas de la «soberanía nacional» en cuclillas tras los escaños, el 23 de febrero.

No obstante, los generales, esos «grandes de España» por capacidad de fuego ante el proletariado desarmado, tuvieron a bien retroceder; lo que les forzó a ello es que, incluso para las mentes más reaccionarias, su golpe de Estado no tenía objeto plausible. Los más altos intereses capitalistas, comprendidos los de la Iglesia y los del ejército mismo, estaban a resguardo mejor que años atrás, no solo gracias al gobierno, sino también a los partidos y sindicatos de «oposición» en permanente consenso de unión nacional, refléjese o no en el reparto ministerial. Por su parte, la clase obrera no representaba en ese momento el más leve peligro para los intereses posfranquistas. Se trataba, pues, de un golpe de Estado... ¡para acabar con la ETA! Ejemplar destello del cacumen castrense. Otra intentona más y la ETA decuplicará sus efectivos, que estaban en desfallecimiento.

Retirada táctica, sin embargo. Por encima de arrestos, procesos y condenas, si las hay, el ejército continuará reservándose, con o sin monarca, con o sin Constitución, la regalía de imponer su despotismo cuando le salga de las entendederas. Pero es muy importante para el futuro elucidar en qué condiciones se ha efectuado la retirada. Habría que oír y hacer públicos los registros magnetofónicos entre la Zarzuela y los generales, y entre unos y otros generales, durante la tarde del 23, la noche siguiente y la mañana del 24. Las larguísimas horas transcurridas entre los tiros al aire en el parlamento y el mensaje zarzuelero en la madrugada del 24, así como las maniobras y las baladronadas posteriores de militares y socios, suscitan irreprimible una sospecha: el primer salvado ha sido el hombre que aparece luego como salvador, el rey.

De todos modos, la tutela más o menos compulsiva del ejército sobre gobierno y dependencias estatales, hábito ya antiguo en él, mucho más profundamente arraigado durante seis lustros de dictadura y encomiado con frecuencia reiterada por el dictador en persona, no cesará sino con la desaparición del ejército mismo.

Tal cual es, el ejército español, sus profesionales, responde a las necesidades reaccionarias del capitalismo en España, tardío en sí, superado ya objetivamente por el devenir y subjetivamente por la historia concreta en aquel momento universal que fue la segunda mitad de 1936. Los mismos aparatos políticos y sindicales que desbarataron la obra revolucionaria de entonces son los que ahora, mucho más a la derecha, rampan sin sombra de lacha a los pies del sistema y de cada uno de sus órganos ejecutores, a los pies del ejército mismo. Sin desprenderse de ellos y de su influjo castrador, el dogal al cuello de las masas trabajadoras irá apretándose, ora por obra parlamentaria, ora por obra descarada del ejército, ora por la de los aparatos político-sindicales existentes.

ORGANIZAR ESA RUPTURA ES EL TRABAJO MÁS URGENTE E IMPORTANTE DE HOY Y DEL INMEDIATO PORVENIR.

¡SALVÉMONOS DE LOS SALVADORES!


Nota. Texto español del FOR según el artículo «Nada», Alarma, tercera serie, n.º 11, junio de 1981, fechado en «marzo 1981» y firmado «F.O.R.»; la versión francesa de Alarme no lleva firma. Seguimos la división en párrafos del francés y corregimos algunas erratas del texto español («noventiocho», «piés», «encomienda» por «encomiado»). Diferencias de contenido: el texto español añade, tras la reflexión rigurosa, «sobre todo tratándose de trances como el de febrero» y, tras «entendederas», «No por haber metido la pata va a cambiar»; donde el español dice «mucho más a la derecha», el francés tiene una palabra ilegible en el escaneo; donde dice «dejándolo nervio y mente paralíticos», el francés dice «dejándolo flojo y débil».

  1. Conspiración golpista de militares descubierta en noviembre de 1978. ↩