Alarme, n.º 12, abril-mayo-junio de 1981 (pág. 8). PDF del número completo · Texto original en francés
Se innova, se crea. ¡Ah, la maravillosa creatividad de la idea autogestionaria, que sigue su camino y vuela en auxilio del desdichado! ¿Su última obra maestra? ¡El ministerio del Tiempo Libre!1 Para inaugurar esta nueva caja de sorpresas se han organizado diversos actos «gratuitos»: bailes, conciertos, etc.; en fin, diversas iniciativas para poner en valor un tiempo libre que sería a la vez complementario y opuesto al tiempo de trabajo, cuando «la libertad es indivisible: no se le puede cercenar una parte sin matarla entera» (Bakunin).
Evidentemente, con este ministerio el gobierno no busca solo acreditar la idea de la libertad en el marco del capitalismo. Para eso tiene muchos otros medios, en particular la democracia. Lo que el capitalismo reconoce ahí, y lo que quiere desarrollar, es el control social del tiempo durante el cual el proletario deja de producir.
Pero volvamos a nuestra primera idea e intentemos precisarla. Hablar de un tiempo libre por oposición al tiempo de trabajo es decir que existe un tiempo durante el cual el obrero escapa a su condición de esclavo asalariado. Admitamos que la vida del proletario se divide en dos grandes partes: una primera, durante la cual vende su fuerza de trabajo a los capitalistas, y una segunda, durante la cual está excluido del ciclo de producción. Formalmente posee, pues, esa segunda parte, puesto que ningún contrato ni reglamento interior lo somete al capital. Pero ¿puede el obrero agrandar a voluntad ese tiempo? No, no puede. En primer lugar, porque el contrato que lo ata al capital limita jurídicamente ese supuesto tiempo libre. En segundo lugar, porque cuando los capitalistas compran la fuerza de trabajo del obrero pagan al mismo tiempo su mantenimiento para que reconstituya sus fuerzas. Limitan, pues, sus necesidades y, por consiguiente, el contenido y la duración del tiempo no dedicado a la producción. La sumisión política del proletariado al capitalismo y todas las frustraciones sociales son consecuencias de esa sumisión económica.
Los proletarios, y en particular los parados, apreciarán en su justo valor ese pretendido tiempo libre durante el cual toda la miseria social sale a la luz. Nunca se tratará para los comunistas de reivindicar un tiempo realmente «libre» frente al tiempo de trabajo, porque lo que desean es una sociedad libre del trabajo asalariado y de sus consecuencias. Lo que reivindicamos es una sociedad en la que el trabajo sirva únicamente para satisfacer las necesidades reales de la humanidad, es decir, una sociedad en la que el trabajo se convierta en la primera necesidad humana y en la que la libertad no tolere ningún tijeretazo.
Creado en mayo de 1981 por el primer gobierno de Pierre Mauroy, con André Henry al frente. ↩