Alarme, n.º 12, abril-mayo-junio de 1981 (págs. 5-7). PDF del número completo · Texto original en francés

Ya está: después del machaqueo electoralista, los franceses cívicos, responsables y serenos han elegido un nuevo presidente de la República y una nueva mayoría parlamentaria. Francia, ese país al que se atribuye una de las mayores tradiciones democráticas desde su gran revolución burguesa, ha sabido reaccionar contra aquel a quien la mayoría de los franceses miraba con malos ojos y al que, peyorativamente, se le otorgaba el título de nuevo monarca: su majestad Valéry G. d'Estaing. La «victoria» se celebró en todos los rincones de Francia con una explosión de alegría y unos bocinazos interminables. El pobre fulano que ignoraba el acontecimiento, que por milagro había podido escapar del machaqueo electoral, se preguntaba qué equipo deportivo habría ganado cuando oía este grito estridente: ¡hemos ganado! El pueblo patriota, democrático y republicano estaba contento. La «derecha» estaba vencida, la «izquierda» había ganado y... el proletariado, una vez más, estaba vencido, como, pese a sus esperanzas, lo estará siempre en el terreno de su enemigo. En realidad, la V República y su Constitución, gracias a las papeletas de voto, iban a quedar intactas, probando que la alternancia democrática era posible y que, por tanto, no eran tan malas. Si ha ganado es gracias a los individuos y a las tendencias que van de la derecha (decepcionada) a la extrema izquierda, que desde la primera vuelta, como por encanto, hablaban más o menos el mismo lenguaje: se trata de derrotar a ese individuo orgulloso, cazador y, por si fuera poco, coleccionista de diamantes fraudulentamente introducidos en territorio de Francia. Ahora el pueblo francés va a cargar con 7 años de presidente «socialista» y 5 años de asamblea «de izquierda».

¿La «izquierda» en el poder es un cambio fundamental?

Desde luego que no. Basta remitirse a las declaraciones que ha hecho últimamente. Para ella se trata de garantizar la integridad nacional, de exaltar ese sentimiento tan burgués que es la solidaridad nacional mediante el orgullo patriótico, de levantar la economía nacional, de sumarse a la voluntad de un desarme progresivo de los bloques y, en lo social, de preocuparse por los más desfavorecidos resolviendo el problema del mundo del trabajo. Dicho en claro: esta izquierda se propone exactamente lo mismo que ya se había propuesto la «derecha» desde hace más de 23 años, con la ventaja, eso sí, de mixtificar con su influencia a la casi totalidad del proletariado, única fuerza capaz de acabar de una vez por todas con el único problema real: la explotación y la esclavitud de una gran parte de la población.

Ni el partido «socialista», ni el partido «comunista», ni la extrema izquierda se inscriben en esa única perspectiva. Son los garantes y responsables de una economía capitalista que solo puede avanzar en detrimento del proletariado y gracias a su explotación. Además, estos partidos llamados obreros y progresistas han mostrado repetidas veces su naturaleza profundamente reaccionaria. Uno, el P«S», hunde sus raíces en la degeneración de la II Internacional, en su participación en la primera carnicería imperialista de 1914, que llevó a millones de proletarios al matadero contra sus hermanos de clase del campo enemigo. El otro, el P«C», tiene una historia antiobrera que no tiene nada que envidiar a la del P«S», tanto más cuanto que su fuerza procede históricamente de la derrota más aplastante del proletariado y del exterminio físico de todo lo que representaba siquiera un poco el aliento de Octubre del 17 en Rusia. A diferencia del P«S», el P«C» no se afirmó como fuerza capitalista por la colaboración de clases, sino por una política propia e independiente de la burguesía en el sentido tradicional del término. En efecto, su objetivo es el capitalismo de Estado, es decir, la apropiación estatal del capital y de los medios que de él se derivan.

En eso se enfrenta abiertamente, pese a sus cambios de táctica, a los defensores de la idea de una burguesía clásica poseedora individual de los medios de producción, y en eso se enfrenta constantemente a la clase obrera que pretende defender. Puesto que en Francia seguimos constitucionalmente (¡obliga el respeto a la democracia!) en la V República, conviene recordar los buenos y leales servicios del P«C» al capital nacional, servicios plenamente reconocidos por la burguesía cuando sus querellas internas dejan paso a su frente único contra el peligro real: la clase obrera. Al día siguiente de la Liberación, el P«C», que participaba en el gobierno de De Gaulle, ¿no decía: «Trabajad, trabajad, la huelga es el arma de los trusts»? ¿No había dicho ya durante las huelgas de 1936: «Hay que saber terminar una huelga»?1 La burguesía francesa, por boca de su representante De Gaulle, ante el peligro de Mayo del 68, ¿no había declarado: «No se preocupen, el P«C» sabrá poner orden»? Esto no es tan extraordinario cuando se sabe que el principal agente reaccionario en la derrota del proletariado, desde el fracaso de la revolución de Octubre hasta nuestros días, es el P«C». El miedo que este inspira a ciertas fracciones capitalistas no es en absoluto un miedo de clase, sino el miedo, por una parte, a un régimen a la rusa en el que la propiedad individual hubiera desaparecido y, por otra, y principalmente, el miedo a Rusia como cabeza de un bloque imperialista enemigo. Ven, no del todo sin razón, los tentáculos rusos en el P«C», al que en la mayoría de los casos se ven obligados a admitir en su casa. El miedo a los ministros comunistas no es en realidad más que el temor a una posible desestabilización relativa del bloque norteamericano por la intervención del P«C». Pero saben, por otra parte, que el P«C» es una garantía del orden interior contra el proletariado.

«Hay que saber terminar una huelga» será sustituido, por ahora, por «hay que evitar que las haya». El «progreso social» solo será posible si la clase obrera sabe arremangarse y dejar que la «izquierda» lleve a cabo su política de «progreso en la calma y la lucidez». Dicho en claro: el capitalismo no puede salir económicamente de las dificultades que provienen de su reestructuración, ni podrá sobrevivir como sistema de explotación, más que si la clase obrera sabe mantenerse pasiva. A eso, entre otras cosas y principalmente, es a lo que van a dedicarse. En cuanto a la extrema izquierda, fiel a sí misma, pese a su apoyo crítico, sigue a la zaga de las demás fuerzas «de izquierda» y, por tanto, las avala contra la clase obrera.

Toda huelga salvaje, toda huelga no concertada por la patronal, el Estado y los sindicatos, se considerará obra de provocadores que quieren desestabilizar «el poder de las fuerzas del progreso». Dicho en claro: para ser progresista habrá que someterse. Ahora bien, eso es principalmente lo que nosotros rechazamos y lo que rechazará el proletariado en acción, es decir, lo que rechazará la lucha de clases, que el capitalismo nunca podrá eliminar por completo.

Hoy, más que nunca, no hay nada progresivo más que la destrucción de un sistema mundial que, mediante la explotación del hombre, ha creado posibilidades materiales más que suficientes para acabar con la explotación. La crisis del sistema capitalista es una crisis de civilización, en la medida en que su supervivencia impide toda utilización máxima y humana de las capacidades productivas que pueden liberar al hombre de la mezquindad mercantil, y, por tanto, impide todo progreso social real. El mundo del beneficio se rige por la ley del beneficio, cuando están presentes todos los datos para vivir y producir únicamente en función de las necesidades humanas. En eso reside la contradicción entre los medios de producción y las relaciones de producción. Por eso el capitalismo es un sistema social e históricamente decadente y nefasto; por eso todos los que lo perpetúan son reaccionarios y retrógrados. Prueba de ello es que todas las reivindicaciones y todo movimiento que se salgan del camino trazado por sindicatos, patronos y Estados (más aún si tienen en cuenta las posibilidades sociales) serán tachados por todos esos conservadores reaccionarios de irrealizables y de desestabilizadores del orden y de la economía nacional.

Ahora bien, [ilegible] y no es nuevo: se trataba, se trata y se tratará para los revolucionarios de destruir el orden y la economía nacional en una perspectiva internacionalista. Hoy, todo lo que se sitúa fuera de ese terreno favorece al capitalismo en detrimento de la supresión de las clases sociales. La prehistoria solo terminará con el advenimiento de una sociedad humana, y no con todos los textos legales de una banda de letrados explotadores que someten su buen querer al pueblo al que mantienen en la ignorancia y la sumisión. En el fondo, la «izquierda» en el poder no cambiará nada en lo que concierne a las perspectivas comunistas de clase, y la célebre divisa democrática «libertad, igualdad, fraternidad» volverá a corresponder a «infantería, caballería, artillería» cuando el proletariado se ponga en marcha.

En efecto, todas sus santas declaraciones sobre el respeto a la opinión ajena no son más que puro formalismo, propio del juego mezquino de la lucha por el poder en la sociedad mercantil. En efecto, y no lo olvidemos nunca, las fracciones capitalistas no se unen por completo, por completo, más que contra su enemigo común: el movimiento obrero. Y contra él disponen de medios muy fraternales: la policía y el ejército, que soltarán cuando la necesidad apriete. Mientras tanto, si ese peligro no es inmediato, se entregan con encarnizamiento cívico y cortés a sus luchas intestinas de intereses. Son nuestro civismo y nuestra pasividad los que dan periódicamente el poder a una u otra fracción, al aceptar su juego amañado.

Pero, pese a ello, la lucha de clases no puede dejar de manifestarse de manera más o menos viva, y esa lucha de clases la temen todos ellos, porque saben que el proletariado es la contradicción históricamente más peligrosa de su sistema. Por ahora, gracias a la influencia de los partidos llamados obreros, de la «izquierda» a su extremo, y principalmente a la fuerza sindical, logran desviar, canalizar y quebrar la lucha de clases. El gobierno actual cuenta, para su tranquilidad, con la ayuda entera de los aparatos sindicales, que sabrán velar por el «cambio» en el orden y la dignidad, para que el proletariado no pida la luna en «estos momentos tan difíciles». Difíciles, sí, pero ¿para quién? El aumento del SMIC,2 las vacaciones pagadas, la reducción del tiempo de trabajo, etc., ¿tienen que ser soportables para la economía? Pero, ¡demonios!, ¿de qué economía hablan? Evidentemente, de la economía basada en nuestra explotación, ¿y tendríamos que aceptar sus cifras y sus estadísticas? ¡Ni hablar! Solo nuestra voluntad de clase, nuestra solidaridad por encima de las divisiones de categoría y de nación, nuestra fuerza, nuestra lucha consciente pueden dar fruto. Esa fuerza es nuestra unidad contra la unidad reaccionaria de las fuerzas pretendidamente obreras, contra la explotación mundial que sufrimos.

  1. La frase de Maurice Thorez en junio de 1936 es: «Il faut savoir terminer une grève» («Hay que saber terminar una huelga»); el original francés escribe aquí «Il faut savoir une grève», con una palabra omitida, y más abajo «Il faut savoir arrêter une grève». ↩

  2. Salario mínimo interprofesional de crecimiento, el salario mínimo legal francés. ↩