Alarme, n.º 12, abril-mayo-junio de 1981 (págs. 9-11). PDF del número completo · Texto original en francés

Reclamarse del socialismo científico implica que hay que deducir, a partir de la situación objetiva presente, las tareas revolucionarias concretas del proletariado.

Ahora bien, examinemos esa situación objetiva: observamos que el capitalismo ya no tiene ninguna razón de ser, que es totalmente reaccionario. En efecto, para los revolucionarios, el único criterio de progreso de una sociedad de explotación del hombre por el hombre no puede ser otro que la construcción de las condiciones objetivas que permitan su superación revolucionaria y la construcción rápida de una sociedad progresiva. Es decir, que una sociedad semejante solo es progresiva mientras construye esas condiciones objetivas; pero si sigue existiendo una vez creadas esas condiciones, se vuelve reaccionaria. En el caso que nos interesa, el capitalismo, las condiciones objetivas son, pues, un mundo unido por las relaciones capitalistas, en el que el proletariado es una fuerza internacional potencialmente poderosa y capaz de destruir el capitalismo, y unas fuerzas productivas suficientemente desarrolladas. El mundo está unido desde comienzos de siglo, y el proletariado ha probado su capacidad para abatir el capitalismo y construir el comunismo con la oleada revolucionaria de 1917-1937. Las condiciones objetivas están presentes desde comienzos de siglo, y por tanto desde entonces este sistema está en decadencia. Sobre esta base, el proletariado tiene tareas precisas que realizar: como la economía capitalista es totalmente reaccionaria y el capitalismo como sistema social está totalmente caduco, la revolución, la única que está ahora a la orden del día, tendrá que atacar directamente las bases económicas de este sistema. Ahora bien, no dar las tareas concretas del proletariado en nuestra época, hablar de revolución y de generalización de las luchas, no basta.

El comunismo no cae del cielo; el movimiento que lleve a él tendrá que pasar por encima de todos los problemas con que se encuentra el proletariado frente al capitalismo. Tendrá, pues, que captar todos los datos, todas las posibilidades de la situación objetiva, y explotarlos a fondo. De ahí se derivan las tareas de nuestra época. ¿Dónde está, entonces, el materialismo, si uno se detiene en la generalización de las luchas, la elección de delegados (fuera del sindicato, por supuesto) revocables en todo momento...? ¿Si, en lugar de luchar por dar un contenido de clase a las luchas, con tareas precisas que realizar, uno se concentra en las formas de lucha?

Los socialistas utópicos no eran utópicos porque imaginaran una sociedad que no correspondía al comunismo; eran utópicos porque sus ideas no se basaban en la realidad objetiva. Como no se preocupaban de saber cuál era la fuerza capaz de derribar el capitalismo y de construir una sociedad humana, menos aún podían elaborar tareas basadas en la realidad concreta que esa fuerza hubiera debido hacer suyas. Dicho de otro modo: hoy no basta, para ser materialista, con luchar por una sociedad que sea aquella por la que lucharon los primeros socialistas científicos; hay que luchar por realizaciones concretas del proletariado en lucha que, además, no se queden por debajo, sino que respondan a las posibilidades y necesidades que el capitalismo ha hecho madurar.

No, no se trata de afirmar que es el proletariado el que encontrará por sí mismo sus reivindicaciones, y que proponer reivindicaciones precisas y luchar por ellas sería, por parte de los revolucionarios, querer encerrar el movimiento en un esquema. (¿No habría entonces esquema en los «consejos obreros» o en los «delegados revocables en todo momento»? Y en ese caso, para evitar los esquemas, esperar y callarse; pero entonces, ¿de qué sirve ser revolucionario?)

En efecto, si estamos de acuerdo en que los revolucionarios forman parte del proletariado, hay que considerar entonces todas las implicaciones de esa afirmación. Como franja más consciente del proletariado, los revolucionarios son conscientes no solo del objetivo que hay que alcanzar, sino también de los medios que llevan a él, es decir, del movimiento que no cobrará su plena amplitud ni tendrá la potencia necesaria sino con las reivindicaciones que correspondan a las posibilidades históricas. De ahí la importancia de los revolucionarios en las luchas para impulsar un combate por las tareas de nuestra época. Quienes hablan del movimiento sin hablar de las realizaciones concretas que el movimiento revolucionario tiene que efectuar, so pena de destruirse como movimiento revolucionario, limitan su intervención a una consigna, «Abolición del salariado», vaciada en gran parte de su contenido.

Abramos aquí un paréntesis:

☆ Sobre las tareas de nuestra época, añadamos algunas precisiones. Si la consciencia revolucionaria no aparece de golpe como consciencia revolucionaria nítida en la mayoría de la clase, rechazamos también todo gradualismo en la formación de esa consciencia, porque la acumulación y la centralización ampliada del capital redoblan, en proporción a sí mismas, la dependencia material y cultural del proletariado. Y por eso la consciencia revolucionaria solo se desarrollará y progresará, a saltos, en amplias franjas de la clase cuando el proletariado en movimiento ataque esa acumulación para acabar con ella. Y en esta óptica hay que entender, pues, las tareas de nuestra época, y no como un gradualismo que permitiría una formación «científica» de la consciencia. En efecto, si rechazamos el gradualismo en la formación de esta, rechazamos también la formación «científica» de la consciencia. Porque, si no, el factor subjetivo, sin el cual el proletariado nunca podría afirmarse de hecho, quedaría reducido a la nada en provecho del solo factor objetivo, necesario pero no suficiente. En efecto, nos reclamamos del socialismo científico y, por tanto, sabemos que el motor de la historia es la lucha de clases; en consecuencia, no podemos sino rechazar una formación «científica» de la consciencia, porque la última clase de la historia, al desarrollar radicalmente esa lucha, se convertirá en sujeto de la historia; y por tanto su consciencia, lejos de ser el resultado de una reacción química ineluctable, se desarrollará sobre las alas de la subjetividad revolucionaria. ★

Cerremos aquí este paréntesis.

Peor aún si, lejos de especificar las tareas revolucionarias concretas de la clase, se rechazan categóricamente las tareas ligadas al hecho de que las condiciones objetivas están maduras y, por tanto, de que el capitalismo como sistema social y económico, y no solo político, no tiene ya ninguna razón de ser. ¡Y eso con el pretexto de que el comunismo no es posible en un solo país! Claro que esa frase es verdadera: quiere decir que el comunismo no estará realizado hasta que las clases hayan sido destruidas, hasta que haya desaparecido la explotación del hombre por el hombre y, por tanto, hasta que hayan sido destruidas esas unidades de explotación que son las naciones. Y ello porque hoy comunismo y capitalismo son sistemas totalmente antagónicos, que solo pueden realizarse plenamente habiendo destruido radicalmente el sistema opuesto.

Dicho esto, será un movimiento, y no un decreto, lo que hará pasar a la sociedad del estado capitalista al estado de equilibrio estable: el comunismo. Este movimiento pasará por estados totalmente inestables. «En ninguna revolución puede observarse "el justo medio", porque su ley natural exige una decisión rápida: una de dos, o la locomotora sube a todo vapor la cuesta histórica, o, arrastrada por su propio peso, vuelve a bajar la pendiente hasta el punto de partida, arrastrando consigo al abismo a todos los que intentaran, con sus débiles fuerzas, retenerla a mitad de camino» (Rosa Luxemburg, La revolución rusa).1

Esa cuesta histórica solo se subirá a todo vapor si el proletariado lucha por reivindicaciones que correspondan exactamente a las posibilidades y necesidades históricas. Los estados inestables se caracterizarán por la irrupción violenta del proletariado en todos los terrenos, social y político, que intentará reorganizar la sociedad según sus intereses. Por ejemplo, en la revolución rusa, para retomar los términos de la cita, la locomotora se estrelló en 1921 con la introducción de la NEP, que liberó las relaciones mercantiles y volvió a poner en primer plano la plusvalía. Los estados inestables que precedieron a esta caída fueron, por ejemplo, el comunismo de guerra, que, aunque la revolución proletaria solo fue política y no social, contenía en germen el ataque a la plusvalía, en la medida en que esta había perdido su papel preponderante en favor de las remuneraciones obreras.

Y para concluir sobre este último tema:

Con el pretexto de no hacer el comunismo en un solo país, no se trata de conservar el capitalismo en todos los países. Construir el comunismo en una sola nación es una imposibilidad, porque la nación no existe sino como unidad de explotación. Destruir el capitalismo, es decir, sin esperar a la revolución política internacional, atacar en todas partes su sistema nervioso, la plusvalía; atacar el sobretrabajo social con el objetivo de reapropiárselo (véanse en Pro segundo manifiesto comunista las tareas de nuestra época: «Todo aumento de la producción (su valor actualmente), sea debido a mayor rendimiento del trabajador o perfeccionamientos técnicos, debe ser vertido colectivamente a los obreros que lo realizan, en espera de que la clase entera decida de su reparto...»2) y, por tanto, hacerlo desaparecer como sobretrabajo social, es una necesidad histórica.

En consecuencia, el lugar donde estalle la revolución social no será un país comunista entre otros países, capitalistas estos.

Será el lugar donde se hayan arrancado de raíz las bases del capitalismo y hayan surgido las bases de la producción y de la distribución comunistas, rodeado por las naciones capitalistas unidas contra la revolución. Será el lugar que o bien se extenderá a los principales polos industriales, y de ahí al mundo entero, o bien, quedando aislado por falta de solidaridad internacional, será destruido de un modo u otro. Pretender que ninguna medida económica socialista puede aplicarse en un marco reducido es no haber comprendido que el poder obrero no es una simple forma, sino que es esencialmente un contenido. Es no haber comprendido que el proletariado no se moviliza en primer lugar para tomar el poder, sino para luchar contra su situación de explotado, y que ese poder lo necesita para acabar con ella: es un medio, y no un fin. Si se afirma que el proletariado, por la revolución, se afirma como sujeto de la historia, es decir, de manera consciente, se afirma con ello que va a combatir todas las relaciones de la sociedad que lo explota. Si no, seguirá siendo objeto sometido a la explotación, que no puede sino serle exterior; no sería más que un sujeto decapitado y, por tanto, fácilmente maleable. Porque no olvidemos que son las relaciones de producción las que determinan las relaciones sociales, y no a la inversa.

  1. Traducimos la cita de la versión francesa que da Alarme. ↩

  2. Texto español original de Munis: Pro segundo manifiesto comunista, apartado «Tareas de nuestra época». ↩