Alarme, n.º 12, abril-mayo-junio de 1981 (págs. 15-16). PDF del número completo · Texto original en francés

Desde el final de la segunda guerra mundial imperialista, la guerra no ha dejado de asolar algún lugar del planeta. Regularmente son dos o más fracciones las que se enfrentan en un país (Chad, Angola), o varias naciones en guerra (Oriente Medio, Indochina, Cuerno de África...). En un caso como en otro —guerra civil o guerra nacional—, cada beligerante es tarde o temprano sostenido por una potencia imperialista. Ese apoyo depende de las garantías de sumisión y de privilegios que se den al «protector» en caso de victoria. Como la fidelidad de las alianzas y de los apoyos está sujeta a compra y venta, esas alianzas y esos apoyos cambian con facilidad. El fenómeno se acelera según la calidad militar y política de la fracción sostenida, que puede ser entregada a la matanza si no quiere o no puede cumplir los compromisos contraídos con el imperialismo que la gobierna (cf. Alarme, n.º 8, págs. 14-17).

Poco importa que las fracciones sean creadas de la nada por un imperialismo o que existan antes de su intervención. De todos modos, solo existen realmente cuando están sostenidas exteriormente, materialmente. Su peso pasa a ser entonces suficiente para llevar al matadero a hombres a los que no se les puede declarar fríamente que van a reventar para que los que sobrevivan de entre ellos sean mejor explotados. Para eso, los ideólogos de toda laya, sepultureros de la rebeldía, aparean espantosamente la palabra revolución con tribu, nación, pueblo, democracia. A menudo, para sazonar el entusiasmo y la sopa popular, juegan con la magia de las palabras: la Patria, el Héroe, los Mártires, Dios, la CAUSA, etc. Esas causas son numerosas, pero no hay más que un tipo de día después de la victoria: eliminación de los rivales y de los partidarios que creyeron en las palabras mágicas, entierro de los cadáveres y, para los vivos: «Arremangaos».

Así, por fracciones interpuestas, los dos grandes bloques imperialistas se enfrentan (eventualmente con disensiones en su seno) en numerosos campos de batalla por la adquisición de porciones del planeta para uso imperialista: saqueo puro y simple, nuevas inversiones, salidas comerciales y militares.

Los sucesivos dirigentes de esas naciones que oscilan entre los dos polos imperialistas bautizan «independencia» sus miserables intentos de contemporizar con los dos «grandes» (así Argelia, país «socialista» que ya bajo Bumedián tenía el 50 % de su capital en manos de Estados Unidos). Por eso el paso de una órbita a otra no es para esos países un mecanismo perfectamente regulado: Cuba pasó al bloque ruso en 10 semanas, China al bloque norteamericano en 10 años; Irán no está actualmente en ningún bloque, pero lo sostienen a la vez Estados Unidos y Rusia, cada uno de los cuales busca tomar el control del país a costa del otro.

El deseo de todos los dirigentes capitalistas de tener «su» nación independiente lo alimenta, en el bloque norteamericano, la competencia capitalista por las salidas comerciales, fuente de múltiples disensiones y tensiones.1 En el bloque ruso, como la dominación de Moscú es sobre todo un aplastamiento militar, esas disensiones aparecen más entre ramas administrativo-industriales que entre naciones.

La confusión a escala local se acentúa todavía más por la utilización de Estados (Israel, República Sudafricana) como espantajos por parte de los dirigentes del «Tercer Mundo» —sea cual sea el bloque que más los domine en un momento dado—, que lanzan sobre ellos el anatema y distraen a los proletarios de la lucha contra sus explotadores movilizándolos contra los «complots» de los «sionistas» o de los «racistas blancos».

Pero esa confusión no oculta más que lo mismo en todas partes: la bestia inmunda, el capital. Por eso, en la medida en que nos interesan los combates que se libran en el seno del capitalismo, solo nos interesan en relación con el combate fundamental del proletariado contra el capital.

Fundamental porque la destrucción de este sistema solo puede hacerse en el nivel de la fuente de riquezas que lo alimenta o en el de la carne de cañón que lo «defiende» en las guerras. Una y otra no son más que dos momentos del proletariado: fuente de toda riqueza, puesto que a partir de su explotación se produce, se reproduce y se acumula el capital; carne sacrificada en las guerras, puesto que es él (las más de las veces como campesinos pobres, con tierra o sin ella) quien empuña las armas y quien mata a otros proletarios. El proletariado, sacrificado en el puesto de combate o en el puesto de trabajo, constituye así, paradójicamente, el único peligro para este sistema, porque, aun enrolado en las justas imperialistas, es potencialmente capaz de luchar por sí mismo contra el capital.

No se trata entonces solo de denunciar las mixtificaciones del capital y de comprender las fuerzas o las debilidades del proletariado, sino también de plantearse tareas de información y de organización para la solidaridad con los proletarios de los demás países.

  1. (Nota del original.) Francia, Alemania y Japón, enfrentados entre sí, se oponen a Estados Unidos en la competencia capitalista, pero se someten a él y se alinean tras él en la lucha contra Rusia. ↩