Alarme, n.º 12, abril-mayo-junio de 1981 (págs. 16-17). PDF del número completo · Texto original en francés

La muerte de varios militantes del IRA (Ejército Republicano Irlandés) ha vuelto a llamar la atención sobre el «problema irlandés». Huelguistas de hambre —Bobby Sands, elegido diputado del IRA, Francis Hughes, etc.— han llegado hasta el final de su pasividad: como el Estado de la señora Thatcher no les reconoció el estatuto de «preso político», se dejaron morir de hambre en la famosa cárcel de Long Kesh, pequeño paraíso penitenciario de la Justicia británica.

Como toda causa necesita mártires, esos militantes del IRA han muerto para nada, como no sea para la gloria de su organización, por la que otros huelguistas de hambre están dispuestos a sucumbir. El IRA provisional es prácticamente la única organización de resistencia al «invasor inglés»: es la que dispone de armas y la que preconiza la expulsión del ejército inglés por la fuerza; desde hace una decena de años, atentados «ciegos», asesinatos de soldados y represalias han dado una publicidad dinámica y explosiva al IRA provisional, rama antidemocrática del IRA oficial.

El radicalismo del IRA ha atraído hacia él a muchos individuos cuya rebeldía espontánea contra sus miserables condiciones de supervivencia ha sido desviada hacia el fango nacionalista y religioso de la reivindicación de un Estado irlandés independiente. En Irlanda del Norte, como en todas partes, reina como dueña la dictadura del capital sobre la clase obrera, y como en todas partes hay lucha de clases por la apropiación de la riqueza social.

El proletariado irlandés, subjetivamente separado en católicos y protestantes por la fuerza de la ideología, tanto religiosa como chovinista, del Estado inglés, sufre la miseria social de toda clase obrera nacional unida tras su Estado, su policía, su justicia y su economía. La división de los trabajadores por la nacionalidad, la religión o la concesión de privilegios (los obreros protestantes de Irlanda del Norte gozan de diversas ventajas y prioridades en el empleo, la vivienda, etc.) no hace sino exacerbar la desconfianza, el odio y el individualismo de esos mismos trabajadores entre sí, para mayor provecho de la clase capitalista.

El paro y la inflación son también el lote del proletariado de Irlanda del Norte, cuya economía sufre también los reveses de la reestructuración del aparato productivo. La presencia de las tropas de Su Majestad, tras los movimientos reivindicativos e independentistas de los años setenta y los choques entre católicos y protestantes que los acompañaron, se ha mantenido desde entonces, tanto para preservar la «paz política» democrática que el terrorismo del IRA provisional venía a comprometer como para preservar la paz social que los movimientos reivindicativos habían turbado. El Ejército es oficialmente la fuerza necesaria para salvaguardar las fronteras nacionales, pero es también, potencialmente, la fuerza necesaria para reprimir los disturbios sociales.

Con el pretexto del terrorismo del IRA, el ejército inglés (pese a las alternancias de laboristas y conservadores en el poder) impone hoy su «presencia» contra toda veleidad de lucha, incluso mezquina, de los obreros o de los independentistas.

La huelga de hambre es una nueva manera de presión nacional e internacional del IRA sobre la opinión pública y el gobierno británico; es también, y sobre todo, una barbarie más de esta sociedad decadente dividida en clases y en Estados, divisiones cuya caducidad se opone a todo progreso social. El IRA nacionalista desea y reivindica un Estado independiente y «derechos» para sus presos, y por eso debe ser denunciado como lo que es: podredumbre, igual que todos los que, desde Thatcher hasta la oposición republicana que pide la retirada de las tropas inglesas, pasando por los buenos humanistas, perpetúan o están dispuestos a perpetuar la dominación de una clase sobre otra; todos los que no ponen en cuestión la explotación del hombre por el hombre ni la destrucción de las fronteras, y están dispuestos mañana a soltar a «sus ciudadanos» en los campos de batalla económicos o guerreros. La huelga de hambre es para esa canalla una de las formas «democráticas» de oposición al Estado y al capital. Las huelgas de hambre son ahora cosa corriente, apoyada y alentada en todas partes (en Francia, la CGT apoya a huelguistas de hambre que han sufrido sanciones; en España, unos parados han hecho huelga de hambre con la bendición de la izquierda, etc.). En Irlanda del Norte, el proletariado católico no tiene otra solución que atacar al ejército inglés, pero debe situarse en un terreno completamente distinto: la lucha de los explotados contra los explotadores, la lucha abierta por la fuerza y la violencia contra su propio ejército y su propia policía, la lucha, sin distinción de religión, contra el IRA y contra todos los canallas que desvían su odio a la sociedad presente hacia una bandera cualquiera o hacia una franja cualquiera de proletarios. La unidad del proletariado irlandés solo se hará cuando cobre consciencia de pertenecer a una clase internacional sometida en todas partes a la represión y a la miseria; esa toma de consciencia solo será posible atacando a toda la gusanera sindical, religiosa, nacionalista y «democrática» que se opone a su emancipación y a la emancipación de la humanidad entera: las barreras sociales y mentales empezarán a caer al mismo tiempo que se levanten las primeras barricadas de la revolución socialista, en Irlanda del Norte como en todas partes.