Alarme, n.º 12, abril-mayo-junio de 1981 (págs. 19-20). PDF del número completo · Texto original en francés

Desde hace largos meses, la clase obrera se alza frente al gobierno, pese a la amenaza de un enorme aparato interior de represión, reforzado por los ejércitos de Moscú y de sus demás vasallos, siempre dispuestos a descargar su metralla. Estas luchas, que siguen a las anteriores, prueban que el proletariado, lejos de ejercer el poder, lo sufre y no lo soporta más que por la coacción policíaca sazonada con la resignación cristiana. Ese poder se dice del socialismo, pero sus representantes, ávidos de nomenklatura, llaman socialismo a su monopolio del capital y, por tanto, de la explotación de la clase obrera. El enorme producto que excede el magro consumo de los trabajadores lo dedican a la guerra, a la policía, al soplonaje, a pagar tributo a su «fraternal» polizonte supremo... y a hartarse ellos mismos de todo lo que les falta a los obreros.

No son más que un odioso partido-Estado capitalista, reaccionario y policíaco, igual que el de rango imperial que los encaramó al poder y los mantiene en él. La clase obrera debe demoler también ese Estado, todavía más represivo y explotador que los que imperan en Occidente. ¡Basta de repugnante impostura!

La contrarrevolución, instalada en Moscú y dondequiera que Moscú reina, no puede venir de la clase obrera, y para vencerla hace falta la rebelión consciente de todos los explotados del «Este» y del «Oeste». Si no se hace la luz sobre esto, no hay salida para los obreros y queda abierta la vía al poder policíaco.

El Estado capitalista colectivo se ha visto obligado a retroceder varias veces ante los huelguistas. Pero, en el momento mismo en que estos tenían la fuerza de imponer su poder, que no puede ser sino socialista, el gobierno obtuvo de los negociadores de Gdansk un reconocimiento como propietario legítimo del Estado que, si se respeta, condena a la clase obrera y a sus descendientes a la esclavitud política y económica. Ahora bien, ese reconocimiento solo puede hacerse efectivo por obra de la Iglesia, de sus «bomberos» y demás colaboradores, o bien, en su defecto, por obra mortífera de los tanques rusos. Fue un compromiso a costa del proletariado, no solo polaco sino mundial, que debemos denunciar en todas partes.

Lo más importante del auge combativo en Polonia es que sacude, hasta en la misma Rusia, todos los poderes surgidos de la contrarrevolución stalinista y, por consiguiente, sacude también el capitalismo mundial. Nos condenamos a la derrota si nosotros mismos, proletarios, reconocemos a esos sistemas el menor derecho a la existencia. En cambio, la caída de esos poderes tendrá, a escala mundial, repercusiones revolucionarias infinitamente más vastas que la caída del zarismo en 1917.

Todos los sindicatos del mundo son auxiliares del capital y, por tanto, del Estado capitalista. Por su parte, Solidarnosc no podría constituir en ningún caso una excepción. Pero el capitalismo de Estado exige sindicatos todavía más sumisos que los de los países occidentales. Por eso solo hace concesiones cuando está acorralado y para prepararse en la sombra a contraatacar. La historia particular del capitalismo concentrado construido por la contrarrevolución stalinista impide a Solidarnosc desempeñar de manera estable el papel de complemento del capital que es el de todos los sindicalismos occidentales. Y ello sencillamente porque, en un sistema de explotación estatal, el aparato sindical y el aparato del Partido no pueden ser sino copropietarios del capital. Incluso la raquítica democracia de tipo burgués le es intolerable, no hablemos ya de una democracia obrera. Lo que el gobierno de Varsovia espera de Solidarnosc es que cumpla el mismo papel que los sindicatos anteriores, gracias a las misas y a las bendiciones papales.

La clase obrera de todos los países del Este padece bajo el mismo yugo; solo podrá aniquilarlo mediante una acción colectiva. Esa acción hay que reclamarla, organizarla e imponerla por encima de las fronteras de los países y de los bloques imperialistas; hay que suscitar en todas partes, lo más rápidamente posible, la participación de la clase obrera rusa: no es nuestra enemiga, sino nuestra aliada contra el opresor común. Ahí está el internacionalismo proletario, el único que puede impedir las intervenciones criminales de las divisiones blindadas del Kremlin... y la connivencia con ellas (Alemania del Este, Hungría, Checoslovaquia, Afganistán) de los gobiernos occidentales.