Alarme, n.º 14, octubre-noviembre-diciembre de 1981 (págs. 1-4). PDF del número completo · Texto original en francés
Editorial
El 13 de diciembre de 1981 el general Jaruzelski proclama en Polonia el estado de guerra. La represión policial se abate sobre el país con el encarcelamiento y la deportación de miles de personas. Se cortan todas las comunicaciones interiores y exteriores. Polonia, tras un año de protesta, tiene que marchar al son de las botas de la milicia y del ejército, todo ello dirigido y orquestado, hay que decirlo, por Moscú. «El orden debe reinar en Varsovia»: entiéndase, el orden capitalista debe recuperar el dominio sobre el proletariado, que, no contento con vivir en un país socialista donde está en el poder (léase, en un país capitalista de Estado que lo explota y lo aplasta), tuvo la osadía, en agosto de 1980, de organizarse masivamente en asambleas soberanas para imponer sus reivindicaciones. Además, una vez transformadas esas asambleas en sindicato independiente, sectores radicalizados, sin tener en cuenta a la dirección nacional del nuevo sindicato, garante del orden capitalista, desencadenan huelgas salvajes por todo el país. Es demasiado, y eso es lo que reprime actualmente el Estado polaco. Es el movimiento obrero polaco, pese a sus límites, debidos principalmente a la nocividad reaccionaria de la Iglesia y a la naturaleza sindical de Solidarnosc, lo que no ha podido tolerar un capitalismo de Estado que se encuentra, por añadidura, bajo el dominio del imperialismo ruso.
El objetivo de semejante golpe de fuerza, preparado de antemano, es evidentemente restablecer el orden contra quienes lo hacían tambalearse, y además en un país dependiente del imperialismo más hipócrita, criminal, antiobrero y abyecto del mundo dividido en clases sociales: el imperialismo ruso. Este imperialismo, que ha centrado todo su desarrollo en la cuestión militar y estratégica, no admite en sus vasallos ningún paso en falso. Hay que respirar a toda costa al ritmo de Moscú. ¡Si no, cuidado! Cuando se sabe, desde el punto de vista capitalista, el poco margen de acción de que disponen los «países hermanos de Moscú», no es difícil imaginar el margen de acción de que disponen los proletarios de esos mismos países, cualesquiera que sean las reivindicaciones que expresen. Ese margen de acción es inexistente, es nulo.
En el campo occidental se esperaba también una buena solución a los disturbios polacos, pues no hay nada más preocupante para el mundo capitalista que la existencia de una chispa proletaria capaz de incendiar la totalidad de su mundo podrido y repugnante. Un ejemplo, admitido hoy por todos los especialistas en asuntos capitalistas, lo confirma. No fueron los servicios secretos norteamericanos quienes advirtieron a su presidente de lo que iba a ocurrir, sino los propios «soviéticos», con dos o tres días de antelación. Washington y la mayoría de los gobiernos de la Alianza Atlántica, por su parte, estaban convencidos de que todo saldría bien y deprisa, y de que el restablecimiento del orden en Polonia beneficiaría a todos. Se sabe que uno de los primeros gestos del general tras su golpe fue enviar un telegrama al principal responsable del consorcio de acreedores, en Fráncfort, para tranquilizarlo sobre el reembolso de las sumas adeudadas. Hoy está claro que, para muchos gobiernos occidentales y para los medios bancarios comprometidos en el Este, el anuncio del golpe de Jaruzelski fue acogido con un suspiro de alivio.
Es sobre el restablecimiento del orden en Polonia donde Moscú y Washington se enfrentan como bloques imperialistas enemigos. Para el primero, y por tanto para Jaruzelski, una vez reprimido el movimiento no cabe un sindicato independiente del Estado e incapaz de controlar a sus bases; para el segundo, la reconciliación nacional debe concretarse en una especie de concordato que permita reanudar, a la sombra de la Iglesia polaca, una negociación entre las fuerzas militares y sindicalistas. ¡Lo exige el respeto de la democracia y del llamado mundo libre! Eso sería posible para los Estados Unidos si, de paso, Polonia pudiera pasarse a su campo imperialista.
De todos modos, ni un campo ni el otro esperaban la respuesta que han dado los sectores más decididos y combativos del proletariado polaco. Ha habido resistencia violenta un poco por toda Polonia contra la milicia del Estado, pese al lenguaje anestesiante de las fuerzas capitalistas, que querían evitar el combate que solo ellas se atreven a llamar fratricida. No harán creer a nadie que la sangre de los milicianos del orden es la misma que la de los obreros.
Esas fuerzas capitalistas principales son, aparte del ejército, la milicia y el Estado, ante todo las siguientes:
- El P«C» polaco: este partido de la contrarrevolución estaba y sigue estando en plena descomposición. Ya no tiene fuerza efectiva alguna; ni siquiera el general se atreve a mencionarlo en sus discursos. Miles de obreros han roto y siguen rompiendo sus carnés. Este partido está públicamente desautorizado en la medida en que Moscú lo está también en la práctica.
- La Iglesia polaca: la Iglesia ha tenido todas las posibilidades deseables para desarrollarse y desempeñar su papel bajo el poder stalinista anterior al golpe de fuerza. Respecto del proletariado ha desempeñado el papel que le correspondía: castrar todo espíritu clasista y de rebeldía frente a la realidad con su lenguaje sacrosanto de humildad, pacifismo, aceptación y sumisión.
- Solidarnosc: la cosa es más compleja, en la medida en que no apareció enseguida como sindicato, pese a la firme voluntad de algunos. Producto de un enorme movimiento social, nunca pudo asumir totalmente su papel sindical, en la medida en que muchos de sus sectores, pese al nombre de sindicato, actuaban directamente como comités obreros, enfrentándose abiertamente al Estado y a sus decisiones.
Un ejemplo reciente lo prueba materialmente.
En la región de Lodz, el 2 de diciembre de 19801, antes incluso del «golpe del general», y como reacción al asalto que la policía había dado a la Escuela Superior de Bomberos, los obreros habían decidido por una mayoría aplastante emprender la huelga activa, combinada con la creación de guardias obreras. Se planteó también el problema del poder: ¿quién debía ejercerlo, una minoría burocrática o las masas trabajadoras? Aspecto tanto más importante cuanto que en esa región, ya antes del 2 de diciembre, se había planteado también, y resuelto parcialmente desde un punto de vista socialista, el problema de la distribución de los productos y, por tanto, del racionamiento en el lamentable estado económico de Polonia. Así se combatió la jerarquía impuesta hasta entonces por el Estado, y los propios obreros tomaron en sus manos la distribución de los productos, pese a la reprobación gubernamental. Gracias a esa actividad mejoró el abastecimiento de la población de Lodz y disminuyeron las colas. Este tipo de medidas hace tambalearse al propio Estado, y no en vano Rakowski, viceprimer ministro2, declaró: «En el país, quien tiene el control de la distribución de los alimentos tiene el poder».
Los obreros, por su parte, afirmaron que la huelga activa —huelga que no pudo llevarse a cabo porque el golpe de Estado se le adelantó— es la recuperación de la producción bajo el control de los comités de huelga, según un plan elaborado por los propios trabajadores y en función de las necesidades sociales, privando a la burocracia central del poder económico. En estado embrionario, en lo que atañe a la región de Lodz, se planteó la alternativa socialista: poder, armas, economía para el proletariado.
Aunque es cierto que el problema de la destrucción del Estado nunca se planteó, que se sepa, hay que reafirmar aquí que toda voluntad de clase está condenada al fracaso si la clase obrera no aniquila políticamente el Estado para poder ejercer su dictadura política sobre la sociedad todavía dividida en clases. Por eso mismo todas las medidas autogestionarias y demás no son sino puras quimeras para desviar el instinto de clase hacia los caminos de la reconsolidación capitalista mediante el aniquilamiento del movimiento proletario.
El valor y la determinación de sectores enteros del proletariado polaco no hacen sino confirmar la potencia latente del proletariado y lo que es capaz de hacer en la práctica, exaltado por el propio movimiento, pese a los límites y las taras que miles de años de explotación le han grabado en la cabeza.
Por su parte, quienes quisieron hacer de Solidarnosc un sindicato que desempeñara el papel que corresponde a todo sindicato han entregado deliberadamente al proletariado atado de pies y manos a la represión policial de Jaruzelski. Prepararon el terreno con sus discursos conciliadores, pacifistas, patrióticos y, en definitiva, procapitalistas. La ofensiva que habría debido ser obrera en el momento en que el capitalismo ya no controlaba la situación se ha concretado en una ofensiva capitalista dirigida por Jaruzelski. El aspecto sindical de Solidarnosc ha permitido al Estado capitalista organizarse para reprimir lo que ningún Estado capitalista puede tolerar: el movimiento obrero y su constitución en clase independiente.
La Iglesia y Solidarnosc han atado las manos del proletariado en Polonia:
- Obligando en todas partes a los obreros a permanecer en el terreno de la negociación, es decir, de la sumisión de hecho al enemigo de clase.
- Negando el carácter internacional de la lucha obrera.
- Haciendo del nacionalismo, sentimiento reaccionario y negador de la acción proletaria, un elemento de subversión, que propagaba la peligrosa ilusión de un ejército polaco simpatizante de la acción del proletariado polaco; y es precisamente el ejército polaco, tras la bandera polaca, el que hoy reprime.
- Hundiendo al proletariado en el espíritu religioso, lo que no podía sino castrar la voluntad de combate de la clase obrera, sometiéndola así a la jerarquía reaccionaria de la Iglesia.
Si es cierto que el proletariado polaco se encuentra a la defensiva, las razones expuestas no bastan para explicarlo. En efecto, la falta de solidaridad efectiva del proletariado internacional tiene en ello gran parte. No hablamos de todas las protestas y manifestaciones que han suscitado los últimos acontecimientos de Polonia, porque las consideramos reaccionarias en sí mismas y contrarias de lleno a toda solidaridad efectiva de clase. Hay que repetir aquí los principios inquebrantables del movimiento obrero, los únicos capaces, entre otras cosas, de expresar la solidaridad de clase:
- El proletariado no tiene patria.
- No hay solución francesa, china o norteamericana, como no la hay polaca, al problema de la explotación del hombre por el hombre.
- La lucha por la emancipación es una lucha internacional de clase que nada tiene que ver con una solidaridad que no se proponga directamente desestabilizar y destruir el propio poder capitalista nacional, la propia patria.
- El principio de no injerencia es un principio burgués y, además, de una gran hipocresía, porque la injerencia capitalista se produce en todo momento.
- Los proletarios revolucionarios consideran suyos los asuntos del proletariado polaco, porque son los problemas vividos a diario por una clase INTERNACIONAL explotada, expoliada y aplastada en todo el globo.
Por último y para concluir, bien entendido que el proletariado debe atacar ante todo a su propio capital nacional como parte del capitalismo internacional, queremos insistir ante el proletariado polaco en que debe hacer todo lo posible por buscar la solidaridad en los países llamados socialistas que dependen de Moscú. En efecto, la sacudida del bloque del Este tendría una importancia capital para la reanudación y la victoria del movimiento obrero internacional. No podemos olvidar, en efecto, que el triunfo de la contrarrevolución capitalista mundial se debe principalmente al fracaso de la revolución en Rusia, es decir, a la contrarrevolución capitalista de Estado. Por nuestra parte, debemos hacer aquí y ahora todo lo posible por sacudir nuestro propio bloque imperialista. Eso es la solidaridad de clase y la expresión consciente de la lucha internacional.
7 de enero de 1982
Así en el original; los hechos son del 2 de diciembre de 1981, cuando la milicia desalojó por la fuerza la Escuela Superior de Bomberos de Varsovia, ocupada por sus alumnos en huelga. (N. del T.) ↩
Mieczysław Rakowski (1926-2008), viceprimer ministro del gobierno polaco de 1981 a 1985. (N. del T.) ↩