Alarme, n.º 14, octubre-noviembre-diciembre de 1981 (págs. 5-6). PDF del número completo · Texto original en francés
La injerencia está, por lo visto, a la orden del día a propósito de Polonia. Parece que es a Polonia, a los polacos, a quienes corresponde decidir si tienen ganas o no de que les disparen. Así, queda bien solidarizarse con Polonia o, mejor, con los trabajadores polacos, deplorar la situación polaca; pero entre lágrimas teatrales se desliza el corolario: ¡nada de intervención!
Los sindicatos —salvo la CGT— declaran valerosamente que los asuntos de los obreros polacos son los nuestros y que hay que inmiscuirse en los asuntos polacos. La CFDT, que pasó algunos trucos a Walesa para que se beneficiara de su gran experiencia de rompehuelgas, está particularmente acalorada, tanto más cuanto que puede apuntarse algunos tantos a costa de la CGT.
Los stalinistas (CGT, P«C») están muy apurados. Una parte de sus bases, por lo menos, reclama una condena del poder polaco que dispara contra los trabajadores. Vamos, ¡solo piden un pequeño gesto! No gran cosa, pero ya es demasiado. En los momentos delicados la orientación viene de Moscú. Ni siquiera la muy democrática CGIL italiana se alinea exactamente con los demás sindicatos italianos: nada de injerencia...
Pero, se inmiscuyan o no, están de acuerdo en un punto: «no echar aceite al fuego» y apoyar a los trabajadores polacos en sus reivindicaciones de libertad política... y sindical. Para eso no se escatima esfuerzo alguno: desfiles, mítines, encuentros, debates, octavillas, artículos y hasta un paro de una hora para hacer como en Polonia: quedarse inmóviles y en silencio. ¡Hermosa confesión! Su apoyo, su solidaridad y su injerencia consisten, pues, en no hacer nada por los obreros polacos y en fomentar la pasividad de los obreros fuera de Polonia, para que no se inmiscuyan en SUS ASUNTOS: LOS DEL PROLETARIADO, EN POLONIA O EN OTRA PARTE.
La no injerencia ya no da resultado. En su nombre no se puede impedir un movimiento. Todo el mundo sabe que Rusia interviene en Polonia y que las guerras incesantes en el globo no son no injerencia. En suma, este principio tan hipócrita y burgués tiene mucho menos éxito que antes. Así, toda la canalla policíaca, política y sindical que puede permitírselo actúa del mismo modo contra los proletarios, cambiando de estribillo. Quieren inmiscuirse en la lucha que se desarrolla en Polonia, pero del lado del capital. Llaman a apoyar a Solidarnosc, cuando ese organismo, pese a la determinación de algunos de sus sectores, ha desempeñado su papel de sindicato: sabotear la lucha de los proletarios polacos frenando su combatividad, llamando hoy a la pasividad ante el ejército, puesto que hizo todo lo posible para que los obreros no se armaran antes del golpe de fuerza, y sobre todo tratando de hacer admitir el Estado como legítimo y como órgano con el que había que negociar. Los obreros polacos rompen hoy la imagen que de ellos querían dar Solidarnosc y la Iglesia, negándose a seguir sus consignas desmovilizadoras. Su combate es el nuestro, por encima de la problemática de la injerencia o la no injerencia y de los retrasos o las debilidades del movimiento en Polonia. Nuestra solidaridad no consiste, aquí o allá, en apoyar siquiera a uno solo de nuestros enemigos de clase, de los cuales los principales son: stalinistas, burgueses, Iglesia, ejército y sindicatos. Solo podemos apoyar a nuestros camaradas de Polonia enfrentándonos también a nuestros explotadores, a nuestra propia economía nacional y a todos los que la defienden, empezando por los sindicatos. Para ello no debemos repetir los errores de los obreros polacos: el poder no está solo en las fábricas.
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Sin querer hablar de normalización ni cerrar el capítulo de Polonia, podemos indicar ya desde hoy lo que el movimiento social en Polonia pone de relieve desde el punto de vista de la lucha de clases internacional.
Solo los imbéciles son incapaces de darse cuenta de que el frente proletario está más bien cojo. De un lado, un movimiento social que, por sus límites y pese a ellos, muestra la necesidad de la violencia revolucionaria, de la internacionalización de una lucha y, por tanto, de su organización. Del otro, nada, salvo que se tome en consideración el concierto de voces hipócritas de los guardianes del orden. Detengámonos donde duele. Es cierto que el proletariado, en su mayoría, no ha protestado de manera distinta de la opinión pública en general. Se ha contentado, cuando ha consentido en mover el trasero, con seguir al P«S», a los izquierdistas y a los sindicatos. No era un proletariado herido y furioso el que se manifestaba de Montparnasse a los Inválidos. No; eran ciudadanos franceses tras sus representantes electos, en una gran procesión de apoyo a Polonia y a su economía enferma (algunos dicen al pueblo polaco). Todos los que, como nosotros, deseaban ver desencadenarse el instinto y la solidaridad de clase han contemplado la repugnante Unión Nacional.
Lloriqueando por la suerte de Polonia, o de una nación en general, los proletarios legitiman las sangrías, las guerras imperialistas y la mediocridad de su existencia.