Alarme, n.º 15, enero-febrero-marzo de 1982 (pág. 11). PDF del número completo · Texto original en francés
Los obreros belgas han reaccionado con violencia a los ataques lanzados por la patronal y el gobierno contra su nivel de vida. Una oleada de huelgas se ha extendido por el país, y más en particular por la siderurgia, sector directamente amenazado por numerosos despidos.
Los siderúrgicos se han enfrentado violentamente a la policía en Bruselas (el 11/02/82 y el 16/03/82). Es el desenlace de una agitación (huelgas, ocupaciones de fábricas y de lugares públicos) de más de dos meses. En realidad, hay que ver que esa agitación no se concretó más que en los dos estallidos de violencia citados.
Ha habido múltiples manifestaciones: no fueron sino siniestros paseos-entierros; las huelgas estuvieron totalmente manipuladas por los sindicatos; las ocupaciones de lugares públicos fueron simbólicas, y las fábricas ocupadas fueron solo las que deben cerrarse...
Los obreros belgas se agotaron en «empujar» a los sindicatos, cuyos aparatos supieron pesar con toda su fuerza de inercia para ahogar todo movimiento «incontrolado». Pero los sindicatos, fuertes gracias a la confianza que les otorgan los obreros belgas, pudieron dar una lección de sindicalismo a todos sus cómplices nacionales e internacionales: los bonzos se dieron el gusto, y los siderúrgicos, pese a toda su determinación, no pudieron sino desbordar ese corsé sin romperlo, lo mismo que los siderúrgicos franceses durante el invierno del 78/79.
Los proletarios querían luchar, pero no tuvieron fuerza y clarividencia suficientes para evitar los escollos sindicales: División y Confusión.
- División entre valones y flamencos, hábilmente mantenida por las declaraciones de los sindicalistas, que protestaban, por ejemplo, contra «el envío de policías flamencos a una manifestación valona».
- División entre ramas de trabajo diferentes. Las huelgas estallaron, o fueron desencadenadas por los sindicatos, en orden disperso y sin centralización alguna; los huelguistas, al parecer, hicieron poco por oponerse a ese desmenuzamiento.
- División entre Lieja y Charleroi a raíz de las maniobras y mentiras de los sindicatos: la dirección sindical mayoritaria de Lieja (FGTB) acusó a «los de Charleroi» (es decir, a la dirección sindical mayoritaria en Charleroi, la CSC) de «no querer contacto» y anuló el encuentro que los huelguistas de Lieja querían tener con los de Charleroi. Los huelguistas se dejaron engañar por las diatribas contra los «rompedores de la unidad» (sindical...).
- Confusión entre los enfrentamientos con la policía y el enfrentamiento con el Estado y el Capital; la movilización de los trabajadores se hizo con consignas del tipo «salvar el empleo», «llevar a buen término la reestructuración en Valonia», etc.
- Confusión entre organización de la clase obrera y organización sindical. La confianza, aunque quebrantada, impide toda reagrupación obrera importante, centralizada y en oposición tajante al Estado y a la Nación.
Así, esta lucha, como toda lucha sindical, no parece haber permitido ningún fortalecimiento de la organización de la clase. Peor aún, lo que ha reinado es la desorganización obrera en provecho del orden sindical. En Lieja y en Charleroi, como en Longwy o en Denain, para empezar siquiera a defenderse contra el Capital, hay que rechazar ya la sumisión a los intereses de la Economía Nacional y, por tanto, el encuadramiento de todos sus defensores; rechazar los despidos y las pérdidas de salario, exigir más paga por menos trabajo, organizarse fuera de los sindicatos y contra ellos, que son los primeros polis a los que debemos enfrentarnos... Sin atacar a los sindicatos es imposible coordinar las acciones obreras, fijarles orientaciones y objetivos comunes, extender y profundizar la lucha contra el capitalismo.