Alarme, n.º 16, abril-mayo-junio de 1982 (págs. 7-8). PDF del número completo · Texto original en francés
En un sistema mundial en plena putrefacción, donde anunciar la muerte de miles de personas ha entrado en las costumbres cotidianas, donde los conflictos armados entre Estados interpuestos no han cesado ni un solo instante desde la segunda carnicería capitalista mundial de 1940-45, donde la capacidad destructiva no ha hecho más que progresar en cantidad y en refinamiento, los responsables de semejante situación —estén en el poder o en la oposición— se llenan la boca con la palabra «paz». Su paz y su guerra no son más que las dos caras de una misma moneda, es decir, tan repugnante la una como la otra.
Es de dominio público que el mundo está hoy dividido en dos grandes bloques. Los países llamados no alineados se alinearían de hecho con uno de los dos campos y, de todos modos, sufrirían las consecuencias desastrosas de un tercer conflicto mundial. Todos los bancos suizos —país neutral por excelencia— saltarían por los aires, como saltaría la casi totalidad del mundo, si no es que el planeta mismo desaparece por completo.
Europa, como todo el mundo sabe, es un blanco más bien explosivo, etc… Pero no es ése el problema. ¿Cómo es que en un mundo poblado de pacifistas se teme tanto a la guerra?
Nadie la desea conscientemente y, sin embargo, una manifestación —reaccionaria, por añadidura— «por la paz y el desarme» se interpreta en Occidente como un combate contra la alianza militar occidental dominada por los Estados Unidos; el propio François Mitterrand, en su última conferencia de prensa, hablaba de «los pacifistas que perjudican a la paz». En el Este no tienen ese problema: las manifestaciones «pacifistas» están lisa y llanamente prohibidas. Y, sin embargo, en teoría son tan pacifistas en un campo como en el otro, por más que se esté preparando esa dichosa guerra. Lógico, ¿no?
Las cosas serían tan sencillas si cada Estado pudiese explotar tranquilamente a su proletariado nacional sin molestar a las demás naciones, que a su vez se dedicarían apaciblemente a la misma ocupación. ¡Pero no! Del mismo modo que los grupos capitalistas entran en competencia, las naciones mismas entran en competencia, y de la competencia al conflicto no hay más que un paso. No es nada nuevo: es tan viejo como el mundo dividido en clases.
Dos señores que escribieron cierto manifiesto proclamaban que «con el antagonismo de las clases dentro de la nación desaparece la hostilidad de las naciones entre sí», en la medida en que la nación desaparecería como tal. «En la medida en que se suprima la explotación de un individuo por otro, se suprimirá la explotación de una nación por otra», precisaban.1 Hoy estamos muy lejos de ese lenguaje revolucionario. Pero hay algo peor, y eso sin mencionar lo que las grandes organizaciones llamadas obreras (de la izquierda a su extremo), que en gran parte se reclaman de esos dos señores, han podido hacer entretanto.
Un tal Eugène Pottier escribió, ya en los días que siguieron a la «Semana Sangrienta», siniestra apoteosis de la Comuna aplastada, la famosa Internacional, una de cuyas estrofas dice:
«Paz entre nosotros, guerra a los tiranos,
llevemos la guerra a los ejércitos,
¡culatas al aire y rompamos filas!
Si se empeñan esos caníbales
en hacer de nosotros héroes,
pronto sabrán que nuestras balas
son para nuestros propios generales».2
Y esa canción tienen todos la hipocresía, nacionalistas asquerosos como son, de cantarla en sus banquetes y en sus mítines de atrapabobos. ¡Que sepan que nuestras armas, llegado el día, les dedicarán una gran sonrisa resplandeciente de luz! ¡Y ese día llegará!
En el movimiento revolucionario, único movimiento por la paz, el pacifismo nunca ha tenido cabida, porque emanaba de pequeñoburgueses cretinos, pródigos en humanitarismo, del tipo de los cantores de la cruz de madera3 y defensores incondicionales de la existencia de clases sociales, que se preocupan «del pobre» legitimando «al rico»: ¡derechos humanos y explotación obligan! La manifestación «pacifista» del 20 de junio en París no la organizaron los humanitarios arriba mencionados, sino los herederos de los sepultureros de la revolución en Rusia y en el mundo. Su pacifismo no es más que metralla contra el proletariado, el movimiento comunista y la subversión de la sociedad de clases.
El proletariado, por su parte, no puede sino proclamar la guerra a la guerra, mediante la guerra de clases, barriendo todo lo que se opone a la emancipación social, a la desaparición de las naciones, de las clases sociales y del Estado, con las armas, por la revolución internacional.
Manifiesto del Partido Comunista, cap. II; citamos por la traducción de la Escuela, donde las dos frases van en orden inverso. ↩
Estrofa de La Internacional que empieza «Les rois nous soûlaient de fumées». La letra de Pottier dice «Appliquons la grève aux armées» («llevemos la huelga a los ejércitos»), donde Alarme trae «la guerre». ↩
Alusión a los Petits Chanteurs à la Croix de Bois, coro infantil católico francés. ↩