Alarme, n.º 16, abril-mayo-junio de 1982 (págs. 11-14). PDF del número completo · Texto original en francés
Traducido de Alarma, antigua serie, n.º 16, enero de 1971.
Destalinización
Acepción truhanesca
Chanchullo demagógico de la alta burocracia rusa, enderezado a descargar sobre el cadáver de Stalin su propia responsabilidad en los incontables crímenes políticos y de sangre perpetrados en vida de él. Sabiéndose odiada en todo el ámbito de su imperio, la casta dictatorial quiso aprovechar la muerte del primer dictador para bienquistarse con la población, o siquiera para aplacar su odio. Así lo reconocía explícitamente Jruschov al declarar que la denuncia de Stalin se había hecho indispensable para colmar el enorme foso abierto entre la clase trabajadora y el Partido. Este gobierna y se impone en todas partes, sí, pero rodeado de sorda hostilidad, de una oposición general que, aun sin articulación orgánica ni rumbo político definido, resta eficacia (cuando no echa por tierra) a los planes económicos y proyectos gubernamentales. Poniendo el terror policíaco permanente, origen de tal oposición, a cuenta personal de Stalin, sus cómplices y sucesores creían paliar sus graves dificultades. La denuncia de Stalin es del característico burdo estilo stalinista, tanto por su enorme falacia cuanto por la explicación del terrorismo ofrecida por los denunciadores. Tampoco podía ser de otro modo, porque el stalinismo no es el sujeto Stalin, ni las «violaciones de la legalidad soviética», menos aún «el culto de la personalidad», que vale tanto como decir: el Demonio. No, el stalinismo es precisamente, más allá de violaciones y abusos, la mismísima legalidad dicha soviética.1 Fue impuesta ella al mismo paso que la contrarrevolución iba consolidándose en forma de capitalismo de Estado, y es la expresión jurídica de este. De ahí que ningún acto, ninguna palabra dicha por cualquier representante de ese régimen —o por sus allegados en el mundo— pueda ser otra cosa que acto y palabra stalinista, sin que importe el antifaz elegido. El propio deshonroso servilismo con que toda la alta y la baja burocracia ensalzó al Jefe, rampó y se revolcó a sus pies, es también requerimiento del régimen, su efluvio espiritual. Se trata de las relaciones «humanas» que se desprenden de la estructura económico-política y de la legalidad de la contrarrevolución. Ni uno solo de los crímenes de Stalin habría existido si no hubiesen correspondido a los intereses presentes y necesidades futuras del régimen, del conjunto de los individuos que lo implantaban privilegiándose tanto y más que la nobleza y la burguesía antiguas. Se trata, pues, de CRÍMENES DE LA CONTRARREVOLUCIÓN STALINISTA, no solo de quien la encabezaba. Y el mayor de esos crímenes, cual queda dicho en el apartado del léxico publicado en el número anterior de Alarme, es la destrucción de todas las tentativas de revolución mundial, empezando por la de Rusia y terminando por la de España. De ahí se desprenden todos los demás, incluyendo la falsificación sistemática de historia e ideas.
No puede haber otra explicación materialista. Lejos de ella, la burocracia continuadora de la contrarrevolución, su obra colectiva, se muestra incapaz de decir otra cosa que sandeces sobre los abusos, las violaciones o los errores personales de Stalin. En cambio, lo ensalza siempre por su obra social, por lo más criminal de todo, por aquello mismo que es origen de las deportaciones a Siberia por decenas de millones, de los asesinatos por decenas de miles, de los abyectos procesos de Moscú y otros, de la explotación redoblada y el encadenamiento total del proletariado; en suma, de la reaccionaria legalidad rusa.
Lo mismo explica que los métodos de Stalin no hayan desaparecido en ningún momento: ni el terror, ni las acusaciones falsas contra opositores activos o pasivos, ni aun las violaciones de la legalidad. La burocracia no ha conseguido establecer, siquiera entre sí, relaciones de seguridad, cual reinan entre los privilegiados de otros despotismos, por ejemplo el franquista. Continúa siendo un despotismo asiático sobre la base del gran capital industrial.
El chanchullo de la destalinización ha servido al menos para dar ánimo a todos los opositores, que cada vez alzan más la voz; por otra parte, cosa no menos importante, ha servido para poner en evidencia mejor que nunca la despreciable calidad del hombre stalinista. Los mismos individuos que al solo nombre de Stalin entraban en trance delirante, que le juraban fidelidad personal y presentaban los más horrendos crímenes de su reinado como medidas de salud para la humanidad, han aplaudido a sus acusadores, han acusado ellos mismos y arrojan sobre su genio muerto la inmundicia de que son coautores y que llevan metida hasta el tuétano. Mañana aplaudirán a cualquier hipotética restalinización. La contrarrevolución no podía engendrar criaturas menos viles.
En fin, si la obra general del stalinismo se caracteriza por un retroceso prolongado de la revolución mundial y una prostitución de las consciencias particularmente acusada en Rusia y sus calcomanías, hasta China y Cuba, como reacción frente a él se está gestando una ofensiva revolucionaria gigantesca.
A ningún caso mejor que al suyo conviene el dicho: «En la historia, como en la naturaleza, la podredumbre es el laboratorio de la vida».
Acepción revolucionaria
Es muy simple. La resume, haciendo superfluo cualquier añadido, la última declaración escrita de Natalia Sedova Trotski:
«El terror policíaco y las calumnias de Stalin no eran sino el aspecto político de una lucha a muerte contra la revolución, llevada a efecto por el conjunto de la burocracia. No se puede, pues, esperar el restablecimiento de toda la verdad sino del aniquilamiento de esa burocracia por la clase obrera que ella ha reducido a la esclavitud. No espero nada del Partido ruso ni de sus imitadores, radicalmente anticomunistas. Cualquier destalinización revelará ser un señuelo si no llega hasta la toma del poder por el proletariado y la disolución de las instituciones policíacas, políticas, militares y económicas, base de la contrarrevolución que ha instaurado el capitalismo de Estado stalinista».
Autogestión
Acepción truhanesca
Fue introducida por Tito con la intención de superar el estancamiento de la economía yugoslava y de dar el pego al proletariado mundial sobre la naturaleza de la misma. Ha conocido después cierta boga en países como Argelia y hasta en Rusia. También ha recogido, como reivindicación y proyecto, el beneplácito de ciertos grupos europeos dichos izquierdistas. La voz se refiere a la autogestión de cada empresa de por sí, con limitaciones silenciadas por sus defensores, algunas de las cuales se indicarán a continuación.
Antes es menester precisar que la autogestión en sentido estricto e irrestricto es como la prosa que monsieur Jourdain hablaba sin saberlo. De igual modo, los messieurs Jourdain pululantes hoy en política ignoran que ante sus cinco sentidos tienen tantos ejemplos de autogestión como empresas de propiedad individual, burguesa, perciban. Asimismo las empresas por acciones, siempre que no estén financieramente dominadas por bancos o por trusts. Hasta la aparición del gran capital industrial, casi todas las empresas se autogestionaban: eran de ese género que ahora se nos presenta como nuevo, casi como un descubrimiento. En efecto, cada una hacía su propio proyecto de producción (plan), coordinaba sus diversos aspectos, vigilaba su ejecución en el proceso de trabajo, colocaba en el mercado sus productos, distribuía la plusvalía resultante según conviniese al ciclo de producción siguiente. La empresa, personificada en el capitalista propietario, era dueña de reinvertir, atesorar o despilfarrar los beneficios. La autogestión de los truhanes políticos actuales lleva impuestas bastantes restricciones. Basta señalar dos de las principales para hacer la luz sobre ellas:
Lo que ha de producir una empresa —cantidad y calidad— le está señalado imperativamente, o a título indicativo, por una dirección económica (plan) colocada muy por encima de ella;
Los beneficios de todas las empresas los concentra y los utiliza a su albedrío la misma dirección, asignando una parte a cada empresa según sus méritos. A su vez, esta última es distribuida, según escalafón de buenos servicios, por la dirección de la empresa, siempre bajo la zarpa del partido único.
¿Por qué, pues, hablar de autogestión, cuando eso basta para hacerla imposible? Sencillamente porque los inventores del procedimiento que el término autogestión encubre son estafadores políticos que se presentan como amigos del proletariado, siendo de hecho, y en derecho allí donde gobiernan, sus explotadores titulados. Lo que en realidad hace la dirección económica suprema es descargar sobre los trabajadores de cada empresa la responsabilidad de la ejecución de sus decisiones, forzando así la colaboración entre capital y trabajo tan cara a los antiguos reaccionarios, desde Hitler y Mussolini hasta Franco y Papandreu. El hecho mismo de que se hable de autogestión de las empresas proclama ya la naturaleza capitalista de ellas. En efecto, allí donde existe, cualquiera que sea el país de que se trate, los obreros se ven obligados a vender su fuerza de trabajo a los propietarios del capital, instrumentos de trabajo incluidos. El precio que por ella reciben es inferior al valor que su trabajo incorpora a los productos fabricados. La diferencia, la plusvalía, es propiedad de uso y abuso exclusivo de la alta dirección económica. Teniendo en cuenta que tal dirección se confunde con el gobierno dictatorial, que concentra en sus manos el poder policíaco, el judicial y el legislativo, se comprenderá lo que el prefijo auto añade al funcionamiento capitalista de las empresas. Así como el protestantismo pedía a cada cristiano convertirse en su propio sacerdote, el capitalismo de los autogestionistas pide a cada obrero, con todo el peso de sus poderes ilimitados, convertirse en su propio capataz, en su propio cronometrador; le pide erigirse en representante del capital frente a su propia naturaleza y consciencia de hombre explotado. La paga del obrero se convierte entonces en función de la prosperidad del capital invertido en la empresa, y de su acatamiento o su desacato de las normas de producción y de disciplina que le son dictadas. Hace más de un siglo que los capitalistas han aprendido a entregar a los trabajadores una parte del salario a fin de balance, a título de participación en los beneficios.
Acepción revolucionaria
No tiene. Toda autogestión, verdad o embuste, es capitalista. La reclamación revolucionaria es la gestión obrera de la economía (comprendida la distribución) en escala nacional, internacional, mundial. La clase obrera misma, mediante organismos especialmente elegidos al efecto, determina el proyecto de producción o plan, con arreglo a la urgente necesidad histórica de supresión del trabajo asalariado, comienzo obligado de la desaparición del capitalismo y de las clases. Lo que hoy constituye (Estados Unidos, Rusia, China y demás países por igual) la plusvalía, o tiempo de trabajo no pagado a los obreros, gratuitamente hecho para el capital, iría entonces en parte al consumo inmediato, en parte a la creación de nuevas fuentes de producción —que no a inversiones de capital—, el todo siempre decidido y estrechamente vigilado por los representantes libremente electos, y en forma que cada individuo o grupo de individuos esté en condiciones de verificar cómo se distribuye el producto social destinado al consumo inmediato y lo que se hace con el producto no consumido. Estamos ahí a mil leguas de las engañifas verbales, trucos orgánicos, presiones económicas y policíacas de la pretensa autogestión. Entre el capitalismo, cualquier forma que adopte, y la organización del socialismo inmediatamente después de la revolución, las mutaciones que los distinguen son mayores que entre el simio y el hombre. La cadena que mantiene como esclavo al obrero y alienada a la humanidad entera está hecha de trabajo asalariado. No se trata de reforzarla con primas, supuestas participaciones en los beneficios y otros expedientes que obligan al obrero a intensificar su trabajo para ganar algo más, sin que jamás sea dueño de los productos. No, la revolución pone a la clase entera en condiciones de consumir más, sin venta de su fuerza de trabajo, así como de aumentar la producción reduciendo el tiempo a ella consagrado. Las aplicaciones técnicas pueden llegar ya hasta la automación completa de todos los procesos de producción no directamente sujetos al ciclo anual agrícola. No hay revolución allí donde el hombre no es dueño de su trabajo y, por consecuencia, de los productos del mismo.
Continúa el léxico en el próximo número.
Nota. Texto español de G. Munis según Alarma, nueva serie, n.º 16, enero de 1971, págs. 8-13 («Léxico de la truhanería política contemporánea comparado con el léxico revolucionario IV»; recogido también en el Léxico de la truhanería política contemporánea del archivo), cotejado con la traducción francesa de Alarme, cuya división en párrafos seguimos; hemos modernizado la ortografía y corregido erratas evidentes. La entrega española incluía también la voz «Antiimperialismo», que Alarme no tradujo en este número. Donde el texto de Alarma abrevia con «(...)» la cita de Natalia Sedova, la versión francesa da la frase «No espero nada del Partido ruso ni de sus imitadores, radicalmente anticomunistas», que traducimos del francés. En la nota de Munis, Alarma (1971) decía «hace 35 años»; la versión francesa actualiza la cifra a «unos 45 años» y omite «del proletariado» al final. Otras pequeñas diferencias: el francés omite «primer» en «la muerte del primer dictador», «su obra colectiva» tras «continuadora de la contrarrevolución», «muerto» tras «su genio», «escrita» tras «la última declaración», «muy» en «colocada muy por encima», «suprema» tras «dirección económica» y «exclusivo» tras «uso y abuso»; dice «ante sus ojos» por «ante sus cinco sentidos» y «sin excepción» por «por igual».
(Nota de Munis.) Los sóviets fueron oficialmente disueltos hace hoy unos 45 años, y desde mucho tiempo antes habían sido anulados como órganos de expresión y de poder. ↩