Alarme, n.º 17, julio-agosto-septiembre de 1982 (págs. 7-15). PDF del número completo · Texto original en francés
Cuarta parte
Anti-imperialismo
Acepción truhanesca
Empieza allí donde termina lo revolucionario. Su capa de lucha contra un imperialismo, por lo general el yankee, actúa en pro de otro, por lo general el ruso, pero también puede ser el chino u otros. Históricamente, esa designación aparece como residuo inmediato de la victoria del stalinismo en Rusia, que la suscitó como tendencia pseudo-revolucionaria, y la costeó, entre guerra y guerra. Inaugura oficialmente una política de potencia capitalista en medio de otras más fuertes, que con el tiempo y la abundante ayuda de Estados Unidos consentiría a Rusia adquirir el puesto de segunda potencia imperialista.
No es la primera vez, ni mucho menos, que un país ya establecido como imperialista o con tendencia a ello, habla, actúa y contribuye a la lucha armamental contra otros países cuya dominación económica o territorial codicia. En los albores del capitalismo, esa fue la pugna de Francia e Inglaterra contra España en los mares, en Europa y en América. La misma Inglaterra, y Estados Unidos, por entonces en posición de aspirante similar a la que hoy ocupa China,1 apoyaron con armas y con retórica propagandística la independencia de toda América Latina, dentro de la cual sería pronto dominante el imperialismo británico. Contra éste, a su vez, azuzó la lucha Estados Unidos, que a finales de siglo declararía la guerra a España y en nombre de la libertad y de la soberanía nacional arramplaría con Filipinas y Cuba. El propio Hitler se alzaba indignado contra «las plutocracias» que se habían repartido el mundo sin dejar lote a Alemania, lo que le valió la simpatía de casi todos los nacionalistas, desde Perón hasta Suekarno, pasando por los líderes árabes. Todavía en estos años hemos visto a Francia, apenas relevada militarmente en Indochina por el ejército yankee, entonar su copla anti-imperialista. En suma, el anti-imperialismo no es sino un aspecto de la contienda inter-imperialista. Llegada ésta al estallido de la guerra mundial, aquel se encuentra de rondón absorbido por uno de los dos bandos.
Lo que distingue a los anti-imperialistas de hogaño es su charlatanismo revolucionario, junto a una esclavitud total respecto de intereses, nociones y métodos del capitalismo decadente y corrompido hasta la fetidez. Pretenden constituir naciones soberanas y grandes, lo que fue obra del capitalismo ascendente, siendo lo urgente hoy acabar con las fronteras y hundir en el pasado todas las grandezas nacionales; se enorgullecen de su patria como cualquier burgués obtuso, siendo el patriotismo uno de los peores tóxicos de la vieja reacción, a descuajar de las consciencias alienadas; proyectan industrializar estatizando la economía —a lo que llaman socialismo—, y en cuanto llegan al poder establecen métodos de trabajo y explotación aún más duros que los de sus antecesores; en suma, hablando revolución mientras representan una nueva reacción. Fallan incluso en aquello en que son sinceros, si bien atardados de más de un siglo: la aspiración de constituir nación independiente. No pueden desarrollar su industrialización capitalista, ni siquiera hacerla vivotear, más que agachando las orejas ante el poderío imperialista occidental u oriental.
Romper ese poderío es una imposibilidad física, a menos de saldar la contradicción capital-salariato a satisfacción del segundo, única soberanía revolucionaria y dintel de la soberanía de cada persona en una civilización comunista mundial. Pero los señores anti-imperialistas pertenecen al polo capital de dicha contradicción. Lo único que tienen latitud de hacer es canalizar hacia otras cajas imperialistas la plusvalía arrancada a los trabajadores de sus países, descontada la que ellos se apropian. Aun así, la potencia económica internacional del capitalismo más fuerte, el de Estados Unidos, recupera por mil vericuetos parte de la plusvalía absorbida por terceros, aún tratándose de Rusia o de China. Los señores anti-imperialistas no pueden pasar de la condición de encomenderos del gran capital mundial.
Pero mucho antes de llegar a esos resultados, aún sin alcanzarlos, ya han prestado al imperialismo del dólar por una parte, al de la contrarrevolución ruso-china por otra, el para ellos más preciado de todos los servicios: el de rechazar la lucha de la clase proletaria internacional, adoptando la lucha entre capitalismos. Amigos o enemigos, entre truhanes queda el juego.
Acepción revolucionaria
No existe en sentido estricto, pues los trabajadores de cada país, incluyendo los más saqueados por un imperialismo, tienen como enemigo de clase inmediato a sus explotadores compatriotas, a través de los cuales únicamente pueden hacer mella en el capital imperialista, y suscitar la acción del proletariado de los países exportadores del mismo. Es la lucha del mundo trabajador contra el capital nacional e internacional la que, derrocando éste, acabará con el imperialismo. Los revolucionarios deben despojarse de todo atributo nacional, sacudirse como una basura las taras del patriotismo, a fin de hallarse en condiciones de organizar la rebeldía de los asalariados doquiera sea, cualquier uniforme los aliste. «Toda lucha nacional es reaccionaria. Colonias o metrópolis, Rusia o Estados Unidos, los explotados deben tener por objetivo inmediato universal el combate por la toma del poder, la expropiación del capital privado o estatal, la socialización internacional de producción y consumo» —declara Pro Segundo Manifiesto Comunista de Fomento Obrero Revolucionario.
Así planteado el problema en sus términos de clase (no tiene otros) los anti-imperialistas aparecen de cuerpo entero como embaucadores, soldados voluntarios o mercenarios de otro imperialismo y pioneros de una tercera guerra mundial. No empece que parte de ellos sean, a su vez, embaucados. De todos modos, uno de los primeros deberes es ponerlos en la picota como enemigos de clase del proletariado. Quienes no cumplen ese deber arrumban, cuando no traicionan de lleno, el principio inconmovible: «Contra la guerra imperialista, guerra civil».
Cuanto pueda redargüirse con textos de Lenin, Trotzky o la Tercera Internacional, es mera tergiversación exegética. Independientemente de los yerros en que dichos textos han incurrido —no por cierto el de la emasculación anti-imperialista—,2 los datos o coordenadas que les servían de orientación no tienen hoy validez, han cambiado o desaparecido. Las coordenadas de que debe partir el pensamiento revolucionario en la actualidad son las siguientes:
El sistema de producción capitalista, con su distribución basada en la venta de mercancías, perfora todas las fronteras y aprieta sin cesar las amarras que sujetan los débiles a los fuertes. Pero hace del mundo una sola entidad económica, a partir de la cual debe elaborarse el proyecto revolucionario.
El ciclo de la civilización capitalista está cerrado y sus resultados materiales son sobrado amplios para acometer la revolución social en cualquier parte.
El crecimiento industrial de los países atrasados es siempre muy inferior al de los países adelantados, sin que en ningún caso eso consienta hablar de desarrollo de la civilización capitalista, ni de emancipación de los primeros por relación a los segundos. La concesión formal de la independencia no da siquiera por resultado un debilitamiento del poderío imperialista, saldo político importante con que contaban las resoluciones de los tres primeros congresos de la III Internacional.
Los revolucionarios de los países atrasados deben basar su táctica y estrategia contando con el desarrollo económico actual y posible de los países más industrializados. Deben apuntar, no a la independencia nacional, objetivo reaccionario, sino a la unidad de una economía socialista a establecer en todos los continentes.
Los revolucionarios deben comportarse como si el mundo entero fuese un solo país.
Toda lucha nacional es por ende ajena a las exigencias de la revolución comunista mundial, es contrapuesta a ella.
Enero de 1971. Publicado en «Alarma» n.º 16, antigua serie3
Guerra de guerrillas
Acepción truhanesca
Prolongación militar de la política de potencia capitalista puesta en juego por Moscú en son anti-imperialista o anti-fascista, cual queda definido en el título anterior. La introducción de ese cambio o mutación regresiva tuvo lugar solapadamente, como la propia transformación de la revolución rusa en contrarrevolución. Si ésta ha revelado ser el hecho reaccionario más importante de lo que va de siglo, la guerra de guerrillas ha sido uno de sus instrumentos tácticos preferidos, sobre todo en lugares donde el instrumento estratégico, o sea, el aparato de guerra ruso, no entraba o no podía entrar en actividad. El instrumento está siempre en consonancia con el objetivo histórico. Al objetivo histórico del proletariado, la revolución mundial, corresponde como instrumento la organización de su propia rebelión, a partir de los centros sociales principales, las ciudades. Al objetivo de la contrarrevolución stalinista, el dominio territorial o comercial de otros países, no podían convenir sino métodos militares, pues son tan antitéticos de la lucha de los explotados como adecuados a la de sus explotadores. Bien percatados de ello, los hombres del Kremlin pusieron por primer ensayo en acción a Mao Tse-tung una vez vencida la revolución proletaria china gracias a ellos y su entonces íntimo colaborador Chiang Kai-chek. Todos los practicantes y teorizantes posteriores del procedimiento, desde el mismo Mao Tse-tung hasta Guevara, pasando por Tito y Giap, son cadetes del Estado Mayor ruso. Asimismo, son función de intereses y de proyectos ajenos a la revolución comunista, las diversas designaciones-camelo que luego han ido dándosele al procedimiento: GUERRA POPULAR o REVOLUCIONARIA, CERCO DE LAS CIUDADES POR EL CAMPO y de los PAÍSES RICOS POR LOS PAÍSES POBRES, GUERRA DE LIBERACIÓN NACIONAL, GUERRILLA URBANA.
Ya Mao Tse-tung, y en Europa Tito, debieron el poder a la última guerra imperialista; éste gracias a suministros anglo-americanos aún más que rusos, aquel a la abstención de Estados Unidos, que previamente reconocieron a Stalin el derecho a extender su influencia en China. Quienquiera se tome la molestia de papelear en las hemerotecas, descubrirá en los periódicos de la época el informe de un embajador itinerante americano aconsejando a su gobierno cortar todo avituallamiento de guerra y financiero a Chiang Kai-chek, lo que fue hecho. Entonces, el ejército maotsetunesco emprendió el paseo militar que la propaganda infló luego hasta convertirlo en «larga marcha». Los movimientos guerrilleros y nacionales posteriores, son invariablemente, doquiera hayan ocurrido u ocurran, consecuencia de la guerra imperialista y preparativos de otra.
Las conquistas territoriales y económicas de Rusia son muy importantes, cierto, pero muchísimo más lo son las conquistas de Estados Unidos, que dominan, sin necesidad estricta de ocupación militar, la mayoría de la economía mundial. Aquella ha alcanzado el nivel de gran potencia imperialista, la segunda, pero muy atrás de la superpotencia imperialista representada por Wall Street, el Pentágono y la Casa Blanca. No obstante, los Estados Unidos no tropiezan con otro rival de gran consideración que Rusia. Por mucho que baladren en Pekín sobre la complicidad de ambas potencias, la próxima guerra mundial, si llega a estallar, tendrá lugar entre ellas principalmente. Ahora bien, la desproporción de potencial bélico y económico tan desfavorable a Rusia —sin hablar aquí de sus problemas políticos internos4— le imponen una táctica a largo plazo, destinada a menguar aquella quitándole a Estados Unidos posiciones estratégicas y económicas. De ahí el apoyo a los movimientos anti-imperialistas, políticos o guerrilleantes, quienquiera los provoque, cuando no su creación artificial, y a cuanto represente perjuicio o engorro para el rival. Dentro de ese orden táctico caen hechos tan dispares como el apoyo a Vietnam norteño, a Pakistán y al mundo árabe como conjunto racial, el acuerdo con la política exterior del gaullismo, las componendas políticas y financieras con la Alemania Federal, el protectorado ruso sobre Cuba, la venta de aviones y armas a los militares griegos, el ofrecimiento al Japón de participación económica en la explotación de Siberia (esto apuntado también contra China), las cordiales y rentables relaciones con Suharto en Indonesia,5 etc. Que Rusia y sus partidos hayan retirado su apoyo a las guerrillas en América Latina (y Castro también) sólo significa que cuenta sacar mayor provecho del anti-americanismo de militares y oligarcas, por el momento al menos. Es lo que está viéndose claro en Bolivia y Perú. De todos modos, nada importante puede acontecer contra el imperialismo del dólar, proceda de gobernantes o de destacamentos armados transformados en ejército, sin que sea captado por Rusia. La propia China, que se desgañita queriendo hacer otro tanto, se verá frustrada. Así le escapó Corea del Norte y en el tan adulado «heroico Hanoi» su voz es menos escuchada que la de Rusia. Puede asegurarse que China no recogerá sino las piltrafas del festín inter-imperialista en la península indochina... a menos que Estados Unidos le hagan sitio para contrarrestar la penetración rusa.
Sólo en el ámbito mundial del forcejeo interimperialista y como trabajos de aproches hacia otra guerra, se comprende la aparición y la significación de las guerrillas, así como su transformación en guerras limitadas. Es regla invariable, por no decir Ley del movimiento histórico mismo, que no surjan sino en ausencia de actividad revolucionaria de las masas, o bien inmediatamente después de aplastadas éstas. Mao Tse-tung emprende sus actividades militares después de que, con su complicidad, fue liquidada la revolución china. En la Grecia de 1944, el stalinista Markos hizo otro tanto después de que su partido colaboró con las tropas inglesas y personalmente con Churchill a ahogar en sangre una insurrección que reclamaba «todo el poder al proletariado». Ho Chi-minh liquidó armas en mano la comuna de Hanoi, asesinó a su principal dirigente Tha Tuh-tao, pactó luego con las tropas francesas para liquidar en prioridad a los fugitivos de Hanoi, que constituían grupos armados. En Indonesia, Tan Malaka y sus partidarios, que propugnaban la revolución, fueron cercados y asesinados por una coalición de stalinistas y militares encabezada por Suekarno, notorio filofascista. En Argelia no ocurría nada, si no es el descubrimiento de importantes yacimientos petrolíferos cuyo dominio final (¿Occidente, Oriente?) está decidiéndose ahora. En fin, en Cuba, Castro y Guevara se metieron en Sierra Maestra con dinero y propaganda yankee, en completa ausencia de actividad de los explotados, y se mostraron incapaces de suscitarla siempre. Fue la huida de Batista, impuesta por el embajador americano, la que desencadenó la huelga general y permitió a Castro una entrada apoteósica en La Habana. Algunos años después, el clamor alegre de la multitud se había transformado en llanto.
El caso de Cuba es sin duda el que mejor corrobora lo dicho arriba. Castro y Guevara no eran hombres de Moscú, sino patriotas ordinarios y como tales burgueses de formación e intención. Sus proyectos democráticos no sobrepasaban los de Batista al principio de su carrera, cuando siendo sargento le echó mano al poder. Pero quedaron prisioneros de Moscú tan pronto quisieron soltar las andaderas del imperialismo del dólar. Para el Estado Mayor moscovita, su implantación en Cuba tiene una importancia estratégica que sobrepasa con creces a la económica; y a partir de ahí, para Estados Unidos también. El recorrido máximo que el guerrilleo puede efectuar va de un centro de gravitación imperialista a otro.
Cabe precisar aspectos y condiciones concretas del guerrilleo de los que nunca habla su abundosa literatura de Far West político. En primer lugar, no existen tales guerrillas en sentido propio (véase la acepción revolucionaria), sí pelotones armados llegados del exterior del país o desde el exterior pertrechados, eso cuando no se trata de ejércitos permanentes. Ejército constituyó desde el primer día Mao Tse-tung, cubierta la retaguardia por la frontera rusa y a través de la misma avituallado; así también en Argelia, rodeada de países árabes; ejército fue igualmente el de Ho Chi-minh, con la frontera china por respaldo y la orografía tan favorable de la jungla. El contacto de una frontera cómplice es decisivo para las hazañas guerrilleras «anti-imperialistas». Permite al ejército de «liberación» no sólo suministros constantes y a salvo de ataques, sino también refugiarse, al ser atacado, en territorio neutro, para reaparecer cuando le plazca inmarcesible. Sin la condición fronteriza todo se viene abajo, cual ocurrió en Grecia con el ejército de Markos, cuyos santuarios, como se dice ahora, estaban en Yugoslavia. A la ruptura de Tito con Moscú, los libertadores se volatilizaron.
Únicamente en países de reducida extensión territorial, donde una sola batalla puede resultar decisiva, tienen alguna posibilidad de tomar el poder destacamentos militares sin frontera-santuario. De todos modos, su existencia durante largo tiempo requiere recibir armas y municiones del exterior y robar suministros de boca a la población. Esa ha sido la historia nunca narrada de tantos adalides guerrilleantes.
En el propio seno de los destacamentos armados, y cada día peor a medida que se transforman en ejército, las relaciones son de subordinación completa al mando auto-nombrado, con todas las consecuencias de disciplina y represión anejas al militarismo, hasta el derecho de vida o muerte sobre el soldado raso. El JEFE debe ser reverenciado, respetado y obedecido sin chistar; el JEFE debe ser mirado por sus soldados como un super-hombre. Fabricarle esa aureola es uno de los trucos subjetivos principales del guerrillerismo actual, como puede verificar quienquiera en el vacuo librito de Debray Révolution dans la révolution, y hasta en el tono de la carta de Guevara dada a conocer por su jefe seis meses después de desaparecido él. Aunque dicha carta fuera una falsificación, cosa probable, la manera de escribirla delata la arquitectura mental de sus autores. Cuando los trabajadores en revolución toman las armas y combaten establecen entre sí relaciones de militante a militante, no de subordinado a jefe. Así ocurrió en las milicias obreras españolas de 1936 y en toda tropa revolucionaria, desde los «cabezas rapadas» ingleses.
El reclutamiento de nuevos soldados es capítulo particularmente infame en esa clase de guerra. Guerra en realidad impuesta, los mandos recurren a la violencia y hasta al terror para aumentar sus efectivos. Incluso allí donde han disfrutado de un cierto número de alistamientos voluntarios, tal Argelia ayer y Vietnam hoy, completan sus exigencias de carne humana fusil en mano.6 En Argelia y en Vietnam no han retrocedido ante atrocidades de tipo nazi —o stalinista que allá se andan— tomando represalias contra los recalcitrantes y sus familias, contra pueblos y aldeas en conjunto. En territorio francés mismo, el partido de la «liberación» torturó y asesinó a argelinos de otros partidos y hasta a los neutros que se negaban a darle cotización.7 El número de argelinos así mandados al cementerio sobrepasa probablemente el de las víctimas de la represión francesa. En Vietnam los métodos de reclutamiento son los mismos.
Por su parte, la llamada guerrilla urbana es un chillón contrasentido adrede inventado para engatusar. Trátase, sencillamente, del conocido terrorismo tan practicado contra el zarismo y otras tiranías, y en la propia España, en el siglo XIX y principios del XX. La similitud es, sin embargo, de forma, no de fondo. El terrorismo de antaño era practicado por gente de buena fe, intachable, que asestaban sus golpes a los responsables más empingorotados de una tiranía; no pretendía imponer su dominio ni se daba aires mesiánicos como el terrorismo urbano actual. Es que, circunscrito éste en todo el esquema de la guerra de guerrillas «anti-imperialista», etc., contribuye con plena intención a exacerbar la represión gubernamental y comporta designios arteros, en lo nacional no menos que en lo internacional. Sus golpes de mano, raptos, asaltos, atentados a la bomba, sin nada que ver con problemas del devenir histórico, no causan en la clase obrera movimiento político alguno. En cambio, en sus medios hacen carrera los trepadores.
Como meta guerrilleril, he aquí lo que nos dice el tan ensalzado Guevara: «La posibilidad del triunfo de las masas populares en América Latina aparece claramente bajo la forma de guerra de guerrilla hecha por un ejército de campesinos, que destruye totalmente la estructura del antiguo mundo colonial». Tras el absurdo «guerra de guerrilla hecha por un ejército», lo que se nos ofrece, «el cerco de las ciudades por el campo», de «los países ricos por los pobres», es el «pensamiento de Mao Tse-tung», balbuceo mediúmnico del de Stalin. A partir de semejante vaciedad, la emancipación del proletariado ya no será obra del proletariado mismo, sino... de los campesinos. Los esclavos del salario, redimidos por el minifundio capitalista. Tal es el descubrimiento teórico de los señores anti-imperialistas.
En realidad no se trata de teoría o principio alguno, reafirmémoslo, sino de una estrategia militar enderezada a trasplantar el eje imperialista del mundo de Occidente a Oriente. Los guerrilleantes no prometen el descuartizamiento de los latifundios en minifundios sino para convertirlos luego en propiedad capitalista estatal, igual que las industrias, transformando por consecuencia en asalariados a todos los habitantes del agro. Las estructuras capitalistas, lejos de ser rotas, resultan por tal modo reorganizadas y vigorizadas al máximo. Si, dando suelta a la imaginación, tras los cuatro o cinco Vietnam que Guevara pedía presenciásemos el derrumbe del imperialismo americano, veríamos también la plusvalía mundial que hoy fluye hacia él, cambiar de vertiente rumbo a Rusia... o a China si las vicisitudes entre estos dos se saldasen en ventaja de la segunda.
Acepción revolucionaria
No existe en nuestra época. Cuando la ha tenido en el pasado, fue revolucionaria burguesa. Hoy, en el caso de que el ejército de un país sea desbaratado por el ejército de otro país, instalándose éste como ocupante, la defensa nacional ya no puede hacerse sino adoptando la forma de guerrilla o resistencia nacional. Éstas no son pues sino un aspecto irregular y provisional de aquella otra. Ahora bien, la aceptación de la defensa nacional ha sido conceptuada siempre por los revolucionarios como una traición, como una deserción al enemigo de clase. No porque «su» país haya sido vencido y ocupado van a aceptarla en su forma irregular. Junto a una partida en el «maquis», en la selva o en la montaña, se practica la misma defensa nacional que alistándose voluntario en el ejército nacional. Extremando el rigor teórico, entre la más incipiente guerrilla y la guerra clásica o termonuclear, la diferencia, por enorme que parezca, es cuantitativa, en modo alguno cualitativa. Y lo cuantitativo se achica hasta desaparecer, teniendo en cuenta que la una puede originar la otra y que le ha servido de avanzadilla en el pasado. Tales fueron la resistencia nacional yugoslava, francesa, italiana, polaca, etc. y el nuevo entendimiento de Mao Tse-tung y Chiang Kai-chek para luchar «contra el invasor» japonés, y al mismo paso contra la revolución. Mediante esa clase de defensa nacional irregular se llegó a la defensa regular y a la conservación de un capitalismo que ya no tenía derecho a la vida. De ahí viene el atascadero en que se halla metido el proletariado.
Las guerrillas son un método de lucha burgués, compatible con el desarrollo del capitalismo, la independencia nacional y la revolución democrático-burguesa. Ese ha sido su cometido en el pasado, lográsenlo o no y sin tomar en consideración casos particulares como los chuanes siervos contra la revolución francesa. El caso más típico es el de las guerrillas españolas a partir de 1808, que dieron su nombre al método. Eran al principio (véase lo dicho por Marx en La revolución española) grupos de hombres voluntariamente unidos para acometer acciones sorpresa contra las tropas francesas, y se desbandaban después de ellas, volviendo cada hombre a su trabajo cotidiano. En cuanto fueron permanentes y aceptaron subordinación a los ejércitos aliados anglo-españoles, mitigaron su cariz revolucionario. Las llamadas hoy guerrillas no tienen ninguna semejanza con aquellas. No existiendo en nuestra época, en ningún lugar, posibilidad siquiera remota de revolución democrático-burguesa, ni tampoco de independencia nacional, las pseudo-guerrillas hechas ejército si encuentran las facilidades logísticas indispensables, aparecen ante el proletariado, simple y trágicamente, como un aparato bélico conquistador que se le echa encima, y por lo tanto como una fuerza de policía. En tal calidad, y por sus objetivos nacionales e internacionales, los tiranuelos de la «guerra popular» no tienen otra perspectiva que servir de peones en la reaccionaria contienda entre los bloques imperialistas. Los revolucionarios no deben prestarse, en ningún caso, a tan turbios manejos. Saben que vía Moscú o vía Pekín se entra también en el juego del imperialismo americano, de igual modo que vía Washington se entra en el juego de Moscú y de Pekín. Porque la primera preocupación de unos y otros consiste en impedir que la revolución proletaria levante cabeza, condición clave para que ellos puedan disputarse entre sí el dominio económico y policíaco del mundo. El palabreo anti-imperialista conviértese pues en un actuar pro-imperialismo en general, y la demagogia sobre la guerra revolucionaria en un hacer guerra imperialista local.
Concepto muy diferente merecen guerrillas como las que se formaron en España a raíz de la victoria del ejército franquista. No obedecían a designio alevoso alguno ni exhibían pretensiones libertadoras. Fueron, sencillamente, resultado del instinto de conservación. Sus componentes no podían salvar la vida de otro modo. Y cuando, ya finalizando la matanza de 1939-45, el stalinismo trató de utilizarlas para sus finalidades, según el padrón de la resistencia, ya recompuesta en defensa nacional, hizo cuanto pudo para agrandarlas artificialmente y mantenerlas, en lugar de preocuparse de salvar a sus hombres. Introdujo en ellas el veneno de su propia falsía y agravó la ferocidad de la represión franquista. Fue ese uno de los episodios más abominables del stalinismo español, nada parco en ellos.
En fin e independientemente de toda consideración política, las guerrillas no tienen aplicación duradera en las condiciones marciales del mundo. A mayor abundancia tratándose de las pseudo-guerrillas manipuladas por Moscú, Pekín o sus secuaces. La revolución comunista es un proceso de aprendizaje combativo e ideológico de los explotados, que ha de hacerse obligatoriamente en los lugares de trabajo y en relación directa con la supresión del carácter capitalista de los instrumentos de producción, sin nada que ver con la nacionalización de los mismos, cual se ha visto en páginas anteriores. Uno de los primeros aprendizajes en tal dirección, es que Moscú y Pekín representan la faz oriental del enemigo de clase, a combatir con tanta saña como su faz occidental. Las medidas que tomaría una revolución comunista en Rusia o en China no se distinguirían en nada importante, y digámoslo alto, sobre todo en nada económico, de las que tomaría en Estados Unidos u otro país cualquiera. Y frente a esa tara, las plegarias sobre una revolución meramente política en Rusia e hijuelas con que nos hace bostezar un trotzkismo sin nervio y de cerebro lavado, son huero bisbiseo reformista.
Socialismo de faz humana
Acepción truhanesca
Última de las cantaletas puestas en circulación por la truhanería política de nuestros días. No puede decirse con certidumbre si procede de sesera stalinista o de alguna de las de sus asociados «progresistas» occidentales. Es indiferente. Importa destacar, en cambio, que se trata de un reconocimiento explícito de que los regímenes referidos son bestiales. Conoció gran boga durante el corto tiempo en que Dubcek ejerció el poder en Checoslovaquia, tiene partidarios en todo stalinismo gobernante, hasta en Rusia y China, y recoge casi la unanimidad del stalinismo no gobernante. Para aquel es un quite político a poner en juego frente a una acometida del proletariado, y para el segundo un excipiente con el que hacer tragar su droga a los trabajadores que desconfían de él, y sobre todo a las organizaciones burguesas que piensan utilizar como peldaños antes de asimilarlas, pues la clase obrera creen poder dominarla, cualquier cosa hagan o digan, por la fuerza del encuadre sindical y policíaco. Ejemplo: con su careta humana, Santiago Carrillo ha alcanzado la «altura» (Carrillo dixit) de un «Pacto por la libertad» con colaboradores cercanos y ex-ministros del asesino mayor, entre los cuales no es el peor el beatón Ruiz Jiménez. Con su cara real habría tenido que conformarse con algunos buitres desplumados.
Al stalinismo no puede juzgársele por lo que diga, sino por lo que hace estando en el poder. En ningún país por él regido existe la menor libertad, ni para los trabajadores, ni para nadie. La huelga es mucho más difícil y acarrea consecuencias más graves que bajo Franco (caso reciente: Polonia). En la propia Checoslovaquia de Dubcek no existió un solo día libertad para la clase obrera y los revolucionarios no pudieron salir de la clandestinidad. «La primavera» tan celebrada no dejó brotar nada contrario al capitalismo existente. Los mismos social-demócratas, que tan sólo buscaban poder servir al Estado sin miedo a represiones futuras, se vieron contenidos. Y si bien trabajadores y revolucionarios en general se tomaron ciertas libertades, éstas no fueron legales un solo día. La libertad que se consentía era para reforzar el dominio tambaleante del Partido. Dubcek y los suyos lo repitieron casi a diario. Lejos de eso, de lo que se trata para la libertad revolucionaria del proletariado, de quienquiera no sea un reaccionario stalinista o clásico, es de derrocar ese partido, su Estado, su capitalismo. Para cortar un desenvolvimiento político que podría haber llegado hasta ahí, invadieron Checoslovaquia las divisiones blindadas rusas.
Acepción revolucionaria
Inexistente. No sólo hay redundancia en decir socialismo de faz humana, o bien socialismo libertario, sino que la redundancia encierra cebo y cepo en boca de cuantos pretenden que el sistema de propiedad en los países del Este sea socialista. Si cualquier día uno de ellos decretase y respetase las libertades llamadas derechos del hombre, no pasaría de ser un sistema capitalista democrático, basado, como todos los otros, en la libertad de explotar el trabajo asalariado. La propiedad socialista, por el contrario, empieza en la supresión de ésta última libertad, cuya existencia confiere a los instrumentos de producción su naturaleza capitalista, cualquier rótulo ostente el poder. Todos los amigos del stalinismo esperan dicho día como el de su propia redención, no cierto del yugo de una explotación que no sufren, pero sí de los atropellos, traiciones, crímenes que con aquel han cometido o que han encubierto. De ahí sus éxtasis ante el «socialismo de faz humana».
Está excluido que dicho caso se presente. El período histórico que vivimos y la naturaleza estatal del capitalismo oriental vedan allí la existencia estable de democracia capitalista. Podría aparecer, en cambio, como un momento de indecisión entre el embate revolucionario del proletariado, que se halla indudablemente en gestación, y la contrarrevolución gobernante. Desaparecería para recaer en ésta última o cediendo el paso a la revolución comunista. La odiosa casta dictatorial no ignora lo dicho; deja por ello subsistir en su seno a los maquillados de humanos, aunque apartándolos, porque mañana, cuando la asedien las masas en rebelión, serán el postrer recurso contra ellas.
El socialismo no tiene por qué justificarse diciéndose de faz humana o humanista. Eso se queda para los jerarcas que están en situación de ejercer sobre los hombres, en el trabajo, en la vida privada y política, un poder coactivo más o menos limitado en derecho o discrecional. El socialismo es muchísimo más que eso; es el hombre desembarazado de todas las trabas sociales y mentales impuestas por otros hombres, es la libertad a partir del primer resuello en la existencia por la igualdad completa de posibilidades, es la imposibilidad de tener que vender la propia fuerza de trabajo y creación para vivir, es el florecimiento de cada individuo por su participación en el o los trabajos de su querer, es la libertad y la democracia convertidas en exigencia funcional de la civilización, es la humanidad en posesión de sus facultades recónditas y alienadas. Como la energía del astro diurno o la aparición de la vida sobre la Tierra, no tiene necesidad de justificarse, ni reconoce Hacedor alguno. Fraude todo lo demás.
Fin
Abril de 1971. Publicado en «Alarma» n.º 17, antigua serie
Texto español según el original de G. Munis, «Léxico de la truhanería política contemporánea comparado con el léxico revolucionario», publicado por entregas en Alarma: «Anti-imperialismo» en la cuarta entrega, nueva serie, n.º 16, enero de 1971, y «Guerra de guerrillas» y «Socialismo de faz humana» en la quinta, n.º 17, abril de 1971; ambas entregas van firmadas por G. Munis. Véase también el texto completo en el Archivo. Se ha cotejado con la versión francesa de Alarme, que es su traducción, y se ha modernizado la ortografía y corregido erratas evidentes. La versión francesa, sin firma, reparte algunos párrafos de otra manera y abrevia o glosa a veces; las diferencias de alcance van en nota.
La versión francesa omite la comparación con China («alors en position d'aspirant»); al final del párrafo dice «los fieros árabes» por «los líderes árabes», y en la acepción revolucionaria omite «cualquier uniforme los aliste». ↩
La versión francesa invierte el sentido: «et pas seulement celles dues aux émasculations anti-impérialistes» («y no sólo los debidos a las emasculaciones anti-imperialistas»). ↩
La «antigua serie» de la nota francesa es la que Alarma llamó entonces «nueva serie» (1962-1976), anterior a la tercera serie, iniciada en 1977. ↩
La versión francesa dice «problemas internacionales». ↩
La versión francesa dice, por errata, «Subarte en Indochine». ↩
La versión francesa omite esta frase y enlaza los alistamientos voluntarios con las atrocidades de la frase siguiente. ↩
La versión francesa dice «y a los de su propio partido que se negaban a cotizar». ↩