Alarme, n.º 18, octubre-noviembre-diciembre de 1982 (págs. 4-5). PDF del número completo · Texto original en francés
El apoyo al pueblo palestino, en oposición al «imperialismo sionista», se nutre de cierto número de deformaciones o abandonos de la teoría y la práctica de nuestra clase.
En primer lugar, el tema de la lucha antiimperialista —que, sin embargo, se quedó en agua de borrajas con el fin de la guerra de Vietnam1— adquiere aquí un colorido particular, puesto que la cuestión de la destrucción de dicho imperialismo sigue al orden del día. Eso quiere decir, por una parte, que la creación de un Estado-nación palestino sería un hecho progresista y, por otra, que en ningún caso se pueden desarrollar relaciones solidarias con el proletariado israelí, «integrado» en el Estado imperialista por sus privilegios, sino que, al contrario, hay que oponerle los palestinos que trabajan bajo dominación israelí. Ésa es la visión propalestina de Israel: fortaleza americana poblada de hebreos-espartanos vengativos que oprimen a los ilotas palestinos.
El Estado israelí ya no es, pues, opresor del proletariado israelí, puesto que… no hay proletarios israelíes, sólo «privilegiados». Esta concepción complementa y «justifica» entonces la idea del carácter progresista de la creación de un Estado palestino. En efecto, esa creación engendraría un proletariado homogéneo, liberado de la situación reaccionaria presente, que impide su aparición. Los trotskistas y los stalinistas se devanan menos los sesos para justificar su apoyo: se creará un Estado, sea «obrero degenerado», sea «socialista real», y con eso les basta. Ambas concepciones complementarias descansan en el «borrado» de la historicidad y de la socialización del capital y, por tanto, del salariado; ahora bien, aunque no hubiese proletariado en Israel, la cuestión no sería crear allí uno, sino que el que ya existe en otras partes se emancipe y emancipe a la humanidad. El capital ha conquistado todo el planeta y todas las relaciones sociales. El capitalismo es el modo de producción dominante y todo vestigio (como el «Estado pied-noir» israelí)2 le está sometido. Al capital le bastan unos pocos años, incluso unos pocos meses, para disolver las antiguas relaciones sociales en una tribu australiana, indonesia, africana o amazónica llamada primitiva, y para imponer sin transición los transistores, las gafas polaroid, las armas de fuego, el matarratas y el papel moneda.
Es decir, desde el momento en que el capitalismo es la potencia social dominante en el planeta, ya no cabe considerar tal o cual sector «atrasado» cuya conquista por el capital sería progresista. De todos modos, la tarea de los comunistas nunca ha sido «crear proletarios», fenómeno intrínseco al capital, sino que:
«El objetivo inmediato de los comunistas es el mismo que el de todos los demás partidos proletarios: constitución del proletariado en clase, derrocamiento de la dominación burguesa, conquista del poder político por el proletariado».
(K. Marx, Manifiesto Comunista)3
¡En vano, pues, se buscarían los «demás partidos proletarios» entre quienes aspiran a constituir el proletariado en fracción… de un pueblo que afirma su soberanía nacional! Ésa es justamente la consecuencia de la duplicidad (o, en algunos, de la imbecilidad) de la práctica y de las tesis de los stalinistas y de los filisteos palestinoides. Decretar que los proletarios israelíes quedan «fuera del proletariado» es obrar contra la constitución del proletariado en clase, negar su carácter anacional e internacionalista.
Por eso es interesante considerar brevemente la lucha que libraron los asalariados de EL AL en octubre del 82. El conflicto es bastante comparable al de Longwy en 1979 en Francia. Como la compañía aérea «no andaba bien», decidió despedir a trabajadores. Éstos (4.900) respondieron con una huelga general (controlada al principio por el sindicato, la Histadrut). Una fuerte minoría (unos 1.000, más sus familias) ocupó entonces el aeropuerto y lo bloqueó por completo, contra la opinión del sindicato; tuvieron que enfrentarse duramente con la policía, que quería despejar las pistas. Finalmente, la compañía aérea consiguió quebrar la resistencia obrera gracias a la labor sistemática de desmoralización del sindicato y a la violencia policial. Los polizontes intervinieron «con particular violencia» (dixit la televisión israelí citada en Le Monde del 29/10/82): ¡sin duda eso formaba parte de los «privilegios» concedidos a los israelíes respecto de los palestinos!
No se trata de ver la revolución en Israel para mañana, sino de procurar solidarizarse con proletarios que tratan de combatir el capital y que chocan con su trinidad Estado-patrón-sindicato. En ningún caso se podría animar a esos proletarios a unirse a las filas del movimiento palestino, puesto que éste no puede reconocerlos como proletarios derrotistas, sino sólo como ciudadanos desertores o traidores a su patria. Ahora bien, la única perspectiva comunista pasa hoy por el derrotismo revolucionario:
«El derrotismo revolucionario4 no ha caducado cual pretenden, convencidos de progresar, algunos cangrejos innovadores; muy al contrario, su necesidad está presente en plena paz y rebasa hasta el dominio económico. El principal enemigo sigue estando en el propio país, pero se ha de herir también, en cada uno, a los oficiantes del bloque adverso».
(Pro Segundo Manifiesto Comunista)5
(Nota de Alarme.) Sobre la lucha antiimperialista remitimos al lector a Alarme n.º 17, págs. 7 a 13. [Es el «Léxico de la truhanería política contemporánea» (IV).] ↩
Pied-noir: nombre que se daba en Francia a los colonos europeos de Argelia. ↩
Citamos por la traducción de la Escuela, cap. II. ↩
(Nota de Alarme.) Sobre este punto, véase Alarme n.º 15 (¡entre otros!), pág. 17. ↩
Citamos el texto español original del Pro Segundo Manifiesto Comunista, cap. «Revolución o guerra imperialista». La versión francesa que cita Alarme termina de otro modo: «pero en casi todos se puede y se debe golpear a los agentes del imperialismo exterior». ↩