Alarme, n.º 16, abril-mayo-junio de 1982 (págs. 6-7). PDF del número completo · Texto original en francés
A principios de junio, Le Monde publicó una nota informativa sobre el congreso, celebrado del 2 al 6 de junio, de la juventud «comunista» —joven probablemente, pero comunista desde luego que no—, reunida para una «jornada de solidaridad internacional por la paz».
El señor Zarka, secretario general de esas juventudes llamadas comunistas, declaró: «Poca gente es capaz de hacer lo que nosotros hacemos en la juventud».
De eso, señores stalinistas, no dudábamos ni por un instante, visto lo que sois capaces de hacer en nuestras filas potencialmente revolucionarias, en el seno del proletariado. Vuestros rivales y compadres más serios en este terreno son aquí los católicos, que también organizan a la juventud. Una gran cantidad de jóvenes proletarios organizados para la defensa de la patria, de la nación, de la economía nacional («fabriquemos francés»), de las luchas de liberación nacional, y que además a veces hablan de la solidaridad internacional del proletariado o se reclaman falsamente de ella: es una proeza mayor, que hoy solo los stalinistas son capaces de realizar.
En realidad, para unos jóvenes proletarios, pertenecer al M.J.C.F. se opone directamente a sus intereses de clase, e interesa directamente a la fuerza contrarrevolucionaria más consciente, la más apta para destruir un movimiento revolucionario (como ya lo ha hecho un gran número de veces —guerra civil de España, China en 1927...— masacrando y torturando a nuestros hermanos proletarios en movimiento); queremos decir, el capitalismo de Estado ruso.
La paz de que nos hablan, con la que nos abrevan en su «jornada de solidaridad internacional por la paz», es la paz de los esclavos o la paz de los muertos. Es la paz social, que debe reinar al precio, si es necesario, de matanzas sangrientas contra nosotros, proletarios. Es la paz social, que debe reinar de Varsovia a Moscú, de Barcelona a Pekín. A esa paz opongamos la lucha de clases.