Alarme, n.º 15, enero-febrero-marzo de 1982 (págs. 1-4). PDF del número completo · Texto original en francés

La «izquierda», que el 10 de mayo obtuvo la mayoría en el gran circo electoral, nos ha hecho la ofrenda de una hora de trabajo menos por semana. Las 39 horas semanales son desde ahora «el pan de cada día» de los explotados, que sin duda alguna constatan, gratamente sorprendidos, que su vida ha cambiado por fin. Una hora menos por semana representa, a pesar de todo —¡y cómo!—, 12 minutos de siesta suplementaria por día laborable. ¡Fantástico! Al mes, eso supone por término medio 4 h 30 ganadas. ¡Como suele decirse, el progreso no se detiene!

El problema real del mundo de la esclavitud asalariada, en cambio, nunca se plantea concretamente, al menos en interés de los propios esclavos y, con mayor razón, por los propios esclavos modernos.

Ya se considere que una hora de trabajo semanal menos es demasiado atrevido, ya se considere, al contrario, que es una buena cosa en una perspectiva prudente de cambio, o que no es suficiente y que la nación habría podido soportar una reducción semanal de 5 horas, SE ESTÁ SITUADO EN UN TERRENO DE REFLEXIÓN Y DE PRÁCTICA CAPITALISTAS. Para los proletarios, eso es aceptar el terreno y la legitimidad de su enemigo, es aceptar su situación de clase explotada.

Para comprender la evidencia de lo que acabamos de escribir hay que definir lo que significa ser explotado por el capitalismo, pues la explotación no es el simple hecho (¡oh, cuán bárbaro!) de estar detrás de una máquina cobrando un salario de miseria. De esta definición voluntariamente incompleta, entre otras cosas, se aprovechan todas las llamadas organizaciones obreras (P«C», P«S», extrema izquierda, sindicatos) para darnos gato por liebre, hacernos pasar derrotas por victorias, nuestra no organización por una organización de clase.

La explotación, y todos esos cómitres del capital lo saben, consiste fundamentalmente, y ello hoy en todo el planeta, en lo siguiente: cualquiera que sea la cantidad de horas de trabajo, las condiciones de trabajo y el salario percibido, el capitalista privado o colectivo (cárteles, trusts, Estados) se apropia del sobretrabajo o plusvalía realizado por el trabajador, que no percibe como salario sino la parte que le permite reconstituir su fuerza de trabajo. Dicho claramente: no por tener, en términos absolutos, un salario relativamente elevado y trabajar comparativamente menos horas que en otros sectores se es menos explotado; al contrario. Mientras el capital se acumula, el capitalista sale ganando a costa de quien está socialmente obligado a servirle para sobrevivir. Y precisamente sobre la mejor manera de salir ganando se enfrentan diversas fracciones capitalistas, desde el nivel más bajo hasta las altas esferas del poder político y económico. Pues subrayemos desde ahora que, cuando se plantea el problema de los aumentos de salario y de la reducción de las horas de trabajo, todos los explotadores lo vinculan irremediablemente al de la economía nacional, por sectores industriales interpuestos.

¿Puede o no puede la economía nacional soportar tal o cual medida? That is the question, capitalista, evidentemente.

Ahora bien, ¿sobre qué descansa la economía capitalista? Descansa por entero en nuestra explotación. En definitiva, aceptando su lógica, y principalmente la del sindicalismo, que se hace pasar por nuestro defensor, aceptamos sencillamente nuestra propia explotación, a pesar de toda la buena voluntad combativa, aniquilada y desorientada precisamente por todas las organizaciones antes citadas.

Añadamos a esto que los patronos y el Estado, con la complicidad no disimulada de los sindicatos y de todas las fuerzas políticas, que se consideran mutuamente interlocutores sociales responsables, no paran de asustarnos con las eternas frases del tipo: «sed o seamos responsables; pedir demasiado provocaría la ruina de la empresa y, por consiguiente, vuestro despido y el paro». Ante tales argumentos, cabe preguntarse por qué no pediríamos nosotros mismos, en un arrebato de clase humanitario, una reducción masiva de nuestro salario y un aumento considerable de las horas de trabajo. Al fin y al cabo, ¿no depende la salvaguarda de nuestros intereses de la buena marcha de la economía que tan complaciente nos hace vivir? Al fin y al cabo, ella es la que nos da trabajo; ¡gracias a ella acudimos cada día al lugar de trabajo que nos permite sobrevivir!

¡Y si todos pusiéramos de nuestra parte, animados de un noble espíritu fraternal, podríamos sanear un poco más esa economía, permitiendo así a quienes todavía no se benefician de ella reunirse con nosotros en la gran comunidad del TRABAJO!

Eso es lo que de hecho se nos propone continuamente, y eso es lo que consiguen hacernos aceptar o imponernos a través de sus palabras pestilentes sobre la sociedad y el mundo del trabajo. No solo tienen por el momento todos los triunfos en la mano, sino que además reparten las cartas como les parece, y el juego se complica todavía más porque aquellos que de oficio se nos asignan como compañeros de partida (sindicatos, etc.) juegan en realidad contra nosotros. TENER EN CUENTA EL INTERÉS DE LA ECONOMÍA CAPITALISTA es ACEPTAR PERDER, es ACEPTAR SU JUEGO Y TODAS SUS MANOS, es ESTAR VENCIDO ANTES INCLUSO DE HABER LIBRADO BATALLA.

La única posibilidad de acción real, de unidad, de victoria, pasa por la lucha por nuestros intereses sin tener en cuenta el interés de la economía nacional. Es luchar y reivindicar para no tener que hacerlo más; es, sencillamente, aspirar a suprimir la explotación misma y, por tanto, la sociedad dividida en clases. El problema de las 39 horas, de las 35 horas, es un falso problema tal como se plantea, precisamente porque lo plantean nuestros enemigos de clase y porque la clase obrera ha desaprendido a organizarse por sí misma y para sí misma.

Insurrectos porque somos enemigos de la injusticia social, nos rebelamos contra una situación inicua, contra quienes nos necesitan para que su sociedad se mantenga a nuestra costa. Y si se mantiene es porque, victoriosa gracias ante todo a la contrarrevolución stalinista en la oleada revolucionaria del 17 al 37, nos ha hecho desaprender a detestarla y a odiarla de manera consciente y organizada. Todas las fuerzas de la izquierda y de su extremo, que pretenden representarnos, quieren que seamos responsables. Pero ser responsable tal como ellas lo entienden es ser sumiso, es aceptar que una banda de carroñeros pueda devorarnos a su antojo. Es aceptar, a través de todas sus curvas y estadísticas, lo que, con poca diferencia, se nos permite reivindicar. Más allá del umbral de esa consciencia de adulto responsable, umbral que varía según las tendencias, una lluvia de invectivas cae sobre los pobres desgraciados que han tenido la audacia de luchar. Además, esas invectivas se materializan las más de las veces —¡la relación de fuerzas obliga!— en la violencia de clase, que por el momento está de su lado.

Es esa relación de fuerzas la que hay que contribuir a invertir. Y no podremos hacerlo sino mediante nuestra unidad de clase frente al Capital, unidad que solo puede obtenerse con nuestra lucha y no con nuestra delegación de poder en toda la chusma sindical. Esa unidad de clase depende del rechazo, por sectores cada vez más numerosos del proletariado, de los contratos firmados entre patronos, Estado y sindicatos. Esa unidad depende de la capacidad organizativa independiente del proletariado frente al capitalismo, así como de la capacidad de los elementos más conscientes que en su seno trabajan en ese sentido.

«... Uno de los objetivos más urgentes para los revolucionarios y las organizaciones comunistas es romper la unidad que preconizan e imponen los sindicatos, el stalinismo y las organizaciones que hacen de ojeadores a su servicio.

Marx decía que lo más importante en las luchas reivindicativas no era tanto el éxito de las reivindicaciones como la unión creciente del proletariado en la lucha. Por desgracia, desde entonces todas las organizaciones que hemos citado, y principalmente la fuerza sindical, hacen que la lucha sea una no lucha y hacen de las reivindicaciones un reajuste para una mejor acumulación capitalista y, por tanto, para una mejor explotación.

Esas llamadas huelgas y esas llamadas luchas impiden la unidad real de clase, tanto más cuanto que, incluso en un terreno verdaderamente reivindicativo, el proletariado sigue siendo un juguete fácil en manos del capital. En efecto, cualesquiera que sean las concesiones económicas y políticas que obtenga, no por ello deja de ser una clase explotada...» (Alarme, n.º 8, editorial).

Sus 39 horas, en «buenas» o en «malas» condiciones según el estado de ánimo de los dirigentes de la empresa que enriquecemos, se las pueden meter donde pensamos. Su orquestación de los conflictos sociales, inevitables dada la existencia de clases antagónicas, va en contra de la armonía contenida en las posibilidades sociales, que reclaman sin cesar una transformación real y radical del mundo de la explotación del hombre por el hombre. Es esa transformación la que el proletariado debe dirigir magistralmente. Y no podrá hacerlo sino imponiendo desde ahora y en todas partes su medida.