Alarme, n.º 8, abril-mayo-junio de 1980 (págs. 1-4). PDF del número completo · Texto original en francés
Entre todas las organizaciones que se proclaman comunistas, socialistas, revolucionarias, hay una palabra que vuelve sin cesar: la palabra unidad. Y todas a autoproclamarse a cual más «campeona de la unidad», acusando al adversario de escisionista y de desorganizador de la unión. Inútil añadir aquí que la unidad de la que todas nos hablan no es ni más ni menos que la unidad del proletariado, del pueblo o de las masas populares.
Este año, como todos los años, ha habido un Primero de Mayo; como todos los años desde que ese día dejó de ser lo que representaba, la gente ha desfilado sin ningún entusiasmo combativo, hasta el punto de que los propios polis estaban de fiesta, abriendo alegremente la marcha y protegiendo cada cortejo unitario hasta el lugar deseado (Bastilla, República, Nación...). Este año no ha habido desfile unitario, sino varios desfiles que coreaban la necesidad de la unidad, siendo el otro desfile, evidentemente, el causante de la división. Así, la CGT y la CFDT se acusan mutuamente, el P«C» acusa al P«S» de desviacionismo derechista y este último hace cargar toda la responsabilidad de la ruptura de la unión sobre las espaldas del P«C». «Proletarios combativos» que querían dar ejemplo, un tanto indignados por la división en este Primero de Mayo, decidieron hacer una manifestación bajo el signo de la unidad sindical en la base. La extrema izquierda «revolucionaria», por supuesto, se metió en todo este circo, aunque solo fuera para meter baza.
Pese a estas pequeñas disputas intestinas en este año 80, todos se ponen de acuerdo para proclamar una cosa: es la desunión la que impide dar por fin ese primer paso hacia el socialismo, hacia el poder de los obreros, del pueblo, de las masas populares (¡la terminología depende de la tendencia!) y un largo etcétera.
Pero resulta que la unidad de la que nos habla toda esa gente (su desunión no es en realidad sino unificadora, puesto que la lucha se libra supuestamente para volver a la unión) no es en realidad más que una unidad demagógica, reaccionaria, una unidad antiobrera, la unidad del aniquilamiento del potencial subversivo del proletariado, la unidad en la sumisión, unidad para que el proletariado no actúe como clase revolucionaria contra el capitalismo mundial.
Frente a las charlatanerías en torno a la unidad debemos plantearnos la siguiente pregunta: ¿de qué tipo de unidad se trata y cuáles son las fuerzas que la preconizan? Desde 1914 no faltan los ejemplos históricos de unidades de clase y de unidades demagógicas y reaccionarias.
Pocos meses antes del estallido de la primera guerra mundial, la II Internacional, en el congreso de Basilea, se había comprometido a combatirla con la huelga general y la insurrección en Europa; pero de hecho se somete y somete a la clase obrera a los imperativos guerreros del capital de cada país. Lo que era proyecto de unidad de clase en la acción revolucionaria internacional quedó bruscamente reducido a una unidad nacional que enviaba al matadero capitalista a millones de proletarios. A los que no se sometieron, los hombres y grupos internacionalistas, se les acusó de desviacionistas. Pero fue uno de los grupos que rompieron más netamente con la unidad socialdemócrata el que logró en 1917 restablecer la unidad real de clase hasta la toma del poder: los bolcheviques. De esta socialdemocracia antiproletaria se reclama todavía hoy el Partido «Socialista», que se atreve cínicamente a invocar el socialismo y la unidad contra el capital.
En cuanto a la otra gran potencia «garante de la defensa de los obreros y de la unidad», un artículo de las páginas siguientes se esfuerza en demostrar su carácter reaccionario, sin igual en la historia de la humanidad. Recordemos, con todo, una de las célebres frases del ilustrísimo Maurice Thorez: «Hay que saber terminar una huelga en cuanto se ha obtenido satisfacción. Hay que saber consentir compromisos si no se han aceptado todas las reivindicaciones pero se ha obtenido la victoria en las más esenciales». Es el súmmum de la unidad revolucionaria de clase, convendrán ustedes, sobre todo si se sabe que esa frase histórica se pronunció durante las huelgas de 1936. En la polémica que el Partido anticomunista mantiene con el P«S», no acaba nunca de acusar a este de traidor y de desviacionismo derechista, sin mostrar jamás, por supuesto, en qué fue tratado así históricamente por los revolucionarios del pasado, es decir, en la cuestión del derrotismo revolucionario y del internacionalismo proletario, la transformación de la guerra imperialista en insurrección proletaria generalizada. ¿Acaso él mismo, en nombre del antifascismo, Y UNA VEZ QUE Rusia entró en el conflicto mundial del lado de la «democracia», no preconizó la integridad de la nación EN DETRIMENTO DE LA UNIDAD REVOLUCIONARIA DE CLASE CONTRA SU PROPIA BURGUESÍA?
Es verdad que hoy ser «comunista», y por tanto «internacionalista», es PRODUCIR FRANCÉS, CONSUMIR FRANCÉS1.
A estos campeones de la unidad viene a sumarse la extrema izquierda, representada esencialmente por los trotskistas, que, aun siendo críticos con lo que ellos llaman fuerzas degeneradas, no pueden evitar considerarlas obreras. Pero ¿representan ellos mismos una fuerza revolucionaria?
No olvidemos que los trotskistas, incapaces de revisar las posiciones de Trotski como él mismo lo había sugerido en caso de que no triunfara la revolución mundial (cf. En defensa del marxismo, pág. 116, ed. EDI), entraron en su mayoría en la resistencia nacional en detrimento del internacionalismo proletario y de la revolución mundial, es decir, de la unidad real de clase. Hoy, en caso de un tercer conflicto mundial, enviarán a los proletarios al matadero en nombre de la defensa gloriosa de un imperio degenerado, es decir, de Rusia. Por un atavismo estúpido, en el mejor de los casos, esa extrema izquierda reclama la unidad en torno a organizaciones que han dado mil veces prueba de su extrema devoción al capital, y por eso mismo también ellos defienden objetivamente el capitalismo y sus engranajes.
Por último, y para acabar con las fuerzas más importantes que se reclaman de la unidad obrera, no podíamos olvidar la que está directamente presente en los lugares de trabajo, a saber, el sindicalismo, del color que hoy se dé. Este organismo, hoy indispensable para el funcionamiento del capitalismo, encuadra, divide y debilita a la clase obrera en su lucha legítima contra el capital, no por culpa de los malos dirigentes, sino porque su papel y su vida dependen de la existencia del trabajo asalariado y, por tanto, de la explotación del hombre por el hombre. De organizaciones para la defensa inmediata de las condiciones de vida de la clase obrera, los sindicatos se han transformado en garantes del orden capitalista dentro de las empresas, y eso internacionalmente. Por lo demás, también los sindicatos optaron en 1914 por la unión sagrada, es decir, por la defensa del orden capitalista nacional.
Es evidente, pues, después de lo que acabamos de decir, que uno de los objetivos más urgentes para los revolucionarios y las organizaciones comunistas es romper la unidad que preconizan e imponen los sindicatos, el stalinismo y las organizaciones que hacen de ojeadores a su servicio. Marx decía que lo más importante de las luchas reivindicativas del proletariado no era tanto el éxito de las reivindicaciones como la unión creciente del proletariado en la lucha2. Desgraciadamente, desde entonces, todas las organizaciones que hemos citado, y principalmente la fuerza sindical, hacen que la lucha sea una no-lucha y hacen de las reivindicaciones un reajuste para una mejor acumulación capitalista y, por tanto, una mejor explotación. Esas supuestas huelgas y esas supuestas luchas impiden la unidad real de clase, tanto más cuanto que, incluso en un terreno realmente pero puramente reivindicativo, el proletariado sigue siendo un juguete fácil en manos del capital. En efecto, sean cuales sean las concesiones económicas y políticas que obtenga, no deja de ser una clase explotada. Por eso pensaba Marx que el proletariado solo se constituirá realmente en clase tomando en sus manos el destino de la sociedad, erigiéndose en clase gobernante. Inútil precisar que la unidad de clase del proletariado no es solo una necesidad de la revolución, sino también un paso decisivo hacia la desaparición de las clases y, por tanto, del proletariado. El proletariado debe forjar su propia unidad, su propia homogeneidad de clase, poniendo en cuestión la explotación y, por tanto, su papel social: para ello debe mostrar en su lucha el rechazo de una unidad castradora.
De luchas como las de Longwy, Denain o Róterdam3 puede nacer la unidad de clase, pero la consolidación de esa unidad solo puede lograrse con la intervención de individuos y núcleos revolucionarios que tengan una consciencia clara del objetivo que se ha de alcanzar, pero siempre al margen de los sindicatos y abiertamente contra ellos, rechazando toda reivindicación que no ponga en peligro la acumulación misma del capital.
La unidad solo puede hacerse rompiendo las cadenas que la traban.
En cuanto a las organizaciones que hoy están al margen de lo que hemos llamado unidad reaccionaria y que, en nombre del ascenso de las luchas, quieren reagrupar orgánicamente las fuerzas que se oponen a la unidad antiproletaria, les responderemos que la unidad de clase no puede hacerse de cualquier manera, aunque estuviera comprendida en una sola organización. No se trata de un problema orgánico ni de acuerdos prácticos de lucha entre diversas corrientes, sino de un problema de concordancia entre la acción subjetiva de la clase, o incluso de una parte de la clase, y las posibilidades revolucionarias máximas, objetivas, en cada lugar y en cada momento. Cuando todas las condiciones materiales están más que suficientemente reunidas para la realización del comunismo, la unidad de la clase solo puede darse mediante luchas orientadas sin medias tintas contra la sociedad de explotación. Por lo demás, reproduciremos una frase de Karl Liebknecht, revolucionario alemán asesinado por la socialdemocracia en 1919: «Golpeemos juntos, marchemos separados», porque de todas formas las divergencias, a veces importantes, entre estas organizaciones revolucionarias en su mayoría no se superarán sino en la práctica de la lucha de clases, hasta la transformación comunista de la sociedad.
«Produisons français» («produzcamos francés») era una consigna proteccionista del P«C»F en aquellos años. ↩
Alusión al Manifiesto del Partido Comunista: «El verdadero resultado de sus luchas no es el éxito inmediato, sino la unión cada vez más extensa de los obreros». ↩
Longwy y Denain, en la Lorena y el Norte de Francia, fueron escenario en 1979 de violentas luchas de los siderúrgicos contra los despidos; en Róterdam, los estibadores del puerto sostuvieron en agosto y septiembre de 1979 una larga huelga salvaje al margen de los sindicatos. ↩