Alarme, n.º 8, abril-mayo-junio de 1980 (págs. 7-13). PDF del número completo · Texto original en francés
Todo el revuelo que arman los dirigentes del P«C»F sobre el contenido «revolucionario» de su organización es, por lo menos, repugnante. Desde hacía bastante tiempo no habíamos oído ese término en boca de esos burócratas hipócritas y cínicos. Habíamos oído muchos otros, desde luego. «Socialismo» y «comunismo» siguen empleándose, aunque con preferencia por el primero. Pero la voluntad de mostrarse conciliadores con la burguesía y la pequeña burguesía francesas los había empujado a borrar de su vocabulario la palabra «revolucionario». De repente, tras la invasión de Afganistán por las tropas rusas (cf. Alarme n.º 7: panorama internacional), todos los Marchais y demás hediondos contrarrevolucionarios cogieron y recogieron la palabra «revolucionario». ¿Sorprende que empleemos un término tan tajante y tan radicalmente opuesto a comunista y revolucionario para designar a hombres que se pretenden tales? ¿Sorprende que afirmemos con vehemencia, y a contracorriente de las «ideas» comúnmente admitidas, que la política y la acción del Partido anticomunista, lejos de ser siquiera relativamente benéficas para la clase obrera, son entera, profunda e irreversiblemente antiobreras, destinadas a desorientar al proletariado, amordazarlo, aplastarlo si es necesario, y reforzar el capitalismo con una explotación cada vez más fuerte? ¿Sorprende? No, no para quien no tenga la memoria demasiado corta. Recordemos, pues, los principales hechos históricos que nos permiten tales afirmaciones y aplicar tales epítetos a los Marchais, Berlinguer y Carrillo, entre tantos otros burócratas, todos ellos redomados canallas.
Contra estos mentirosos, tenemos que trazar a grandes rasgos los acontecimientos más destacados del nacimiento y la evolución de los partidos pretendidamente «comunistas», hechos totalmente ocultados y maquillados por los dirigentes de esos partidos de la contrarrevolución.
Revolución y contrarrevolución en Rusia
En octubre de 1917, los bolcheviques llevan a su conclusión lógica, es decir, a la toma del poder por el proletariado, el movimiento revolucionario que sacudía el país desde hacía muchos meses. Por primera vez en la historia, un país entero pasaba a estar bajo un gobierno proletario. Pero, mientras que toda la estrategia bolchevique se basaba en la rápida intervención de la revolución socialista en Europa, y más particularmente en Alemania, la revolución rusa quedó aislada. Un poderoso movimiento revolucionario sacudió el capitalismo en Europa, pero fracasó en todas partes. Ese fracaso de la extensión espacial de la revolución —la única que habría podido permitir, precisémoslo, su transformación en Rusia de revolución permanente, es decir, proletaria pero solo política en un primer momento, en revolución socialista— dejaba hundirse progresivamente a la revolución rusa en una situación inextricable desde el punto de vista del avance revolucionario. Rosa Luxemburg1 subrayó perfectamente ese callejón sin salida: «La situación fatal en que se encuentran hoy los bolcheviques, así como la mayoría de sus errores, son ellos mismos consecuencia del carácter fundamentalmente insoluble de los problemas ante los que los ha puesto el proletariado internacional, y sobre todo el proletariado alemán. Establecer una dictadura proletaria y llevar a cabo una subversión socialista en un solo país, cercado por la hegemonía anquilosada de la reacción imperialista y asaltado por una guerra mundial, la más sangrienta de la historia humana, es la cuadratura del círculo. Todo partido socialista estaba condenado a fracasar ante esa tarea y a perecer, tanto si su política se guiaba por la voluntad de vencer y la fe en el socialismo internacional como por la renuncia a sí mismo» (1).
Encerrada dentro de las fronteras de Rusia, la revolución de Octubre estaba condenada a hundirse. En 1920, tras seis años de guerra, Rusia se encuentra en un estado de hundimiento económico sin precedentes en la historia de la humanidad. El fin de la revolución está cerca. El año 1921 marcará su fecha. La crisis de 1920 tenía que encontrar solución y los bolcheviques no tenían elección. Dos hechos de importancia capital se producirán simultáneamente: la celebración del X Congreso del Partido Comunista ruso y el aplastamiento de la Comuna de Kronstadt. El Partido Comunista de Rusia no podía abandonar el poder sin dejar el campo libre a la contrarrevolución blanca, y las medidas que tomó para conservar el poder en sus manos iban a ser los primeros vagidos de una contrarrevolución de la que él iba a ser el instrumento ejecutor y que iba a revelarse mucho más sangrienta para el movimiento revolucionario internacional, y también ruso, y mucho más peligrosa para el porvenir socialista de la humanidad de lo que lo habría sido una contrarrevolución blanca. En el X Congreso del PC ruso se proclaman suprimidos el derecho de tendencia dentro del partido y el «comunismo de guerra», intento de establecer, a un nivel muy bajo, una distribución socialista. La Nueva Política Económica, que iba a reanimar una economía capitalista que nunca había desaparecido de Rusia, sustituye al «comunismo de guerra», mientras que la supresión del derecho de tendencia prepara el terreno a los arribistas ambiciosos que se abrirán paso a codazos para hacerse con la dirección —¿acaso no será elegido Stalin secretario general del partido en 1922?—.
Con la NEP, la plusvalía pasó de nuevo al primer plano, mientras que hasta entonces lo que había dominado el proceso de producción había sido el capital variable, la masa salarial, es decir, la satisfacción de las necesidades de los obreros hasta el máximo de las posibilidades reales.
El aplastamiento de la Comuna de Kronstadt, por su parte, sirve más bien de revelador del extremo agotamiento de la revolución. Kronstadt es una base naval frente a Petrogrado y, en 1917, los marinos habían sido, como había dicho el propio Trotski, «el orgullo de la revolución». A comienzos de marzo de 1921 se sublevan con consignas bastante confusas, que en las reivindicaciones económicas correspondían de hecho a los objetivos de la NEP, pero también con aspiraciones de democracia obrera dentro de los sóviets y en la vida política en general. Los bolcheviques reprimen salvajemente la insurrección. Una de las cabezas de la revolución devora a otra: la revolución agoniza; la contrarrevolución ya no tiene frente a sí más que una clase obrera agotada y desangrada por años de guerra imperialista, y luego de guerra civil y de hambre. Y esa contrarrevolución va a desarrollarse al amparo de dos elementos que habían sido instaurados por los propios bolcheviques y que el fracaso de la revolución permanente transformará en rasgos básicos de la contrarrevolución y en armas terribles contra el movimiento obrero: la propiedad estatal de los medios de producción, que nunca habían perdido su carácter de capital, y un aparato de Estado extremadamente centralizado con el que se identifica el partido. Muy pronto esa contrarrevolución va a encontrar un promotor asiduo: Stalin, que con su búsqueda ambiciosa del poder absoluto edificará empíricamente el capitalismo de Estado que todavía hoy conocemos en Rusia. Ningún individuo, ninguna tendencia será capaz de oponerse victoriosamente al ascenso de la contrarrevolución, porque solo la revolución socialista habría sido capaz de ello. La contrarrevolución que crece a partir de 1921 va a adquirir un carácter mundial y una brutalidad inaudita, respondiendo así al peligro que el proletariado mundial hacía pesar sobre el sistema capitalista.
La Internacional Comunista
La «Internacional Comunista», o III Internacional, se fundó en 1919 en la perspectiva de una revolución mundial inminente. Con esa perspectiva, no buscó tanto la intransigencia y la calidad de los partidos y de los dirigentes que se le unían como una audiencia lo más amplia posible, sin abandonar el objetivo revolucionario. Los partidos comunistas adheridos a la III Internacional eran las más de las veces confusos y en muchos casos sus dirigentes tenían un pasado más que dudoso desde el punto de vista revolucionario. Principalmente por esa razón, cuando la contrarrevolución se alce en Rusia, las oposiciones a la degeneración de la III Internacional en arma de la contrarrevolución mundial en manos del Kremlin no serán más que muy minoritarias y, en conjunto, la Internacional «Comunista» seguirá con un solo impulso la evolución que se había iniciado en Rusia. Pronto se convertirá en un instrumento de defensa, no ya de los intereses de la revolución comunista mundial, sino de los intereses de Rusia, directamente opuestos por naturaleza a los primeros. Muy pronto no fue más que un instrumento dócil en manos del Kremlin contrarrevolucionario, bajo una palabrería más o menos «revolucionaria». Hasta 1924, fecha de la muerte de Lenin, la contrarrevolución no se distinguió mucho de lo que habían sido los últimos momentos de la revolución agonizante, tanto en Rusia como en la Internacional, salvo una intervención de esta última en Alemania en 1923 en nombre del interés de Rusia, que sin embargo no tuvo consecuencias particularmente desastrosas para el proletariado alemán. Pero después de 1924 el carácter contrarrevolucionario del Estado ruso y de sus tentáculos en el mundo va a afirmarse gradualmente.
La revolución china de 1925-27
En 1925 estalla en China un vasto movimiento popular anticolonialista. Pero muy pronto la clase obrera va a mostrar una cierta autonomía respecto de la burguesía del Kuomintang (Partido del Pueblo). Esa autonomía obrera está a dos dedos de transformarse en independencia del proletariado en el momento de la vasta insurrección y de la conquista por las masas obreras de la ciudad de Shanghái, el centro industrial más importante del país. Solo la intervención del Partido «Comunista» chino hizo que la clase obrera se quedara confinada en su autonomía y, a fin de cuentas, como consecuencia lógica, fuera aplastada por Chiang Kai-shek, jefe del Kuomintang y de la «expedición del Norte», expedición militar salida de Cantón para unificar el país, dividido entonces no solo por los colonialistas europeos sino también por diversos gobiernos locales constantemente en guerra. La empresa burguesa de unificación de China no se mostró, pues, como una revolución burguesa, sino como una contrarrevolución alzada frente al proletariado, que probaba, si todavía hubiera hecho falta probarlo, la imposibilidad de una revolución burguesa en el momento en que las condiciones objetivas están maduras para la revolución proletaria mundial. Chiang Kai-shek, matarife del proletariado de Shanghái y, a lo largo de la ruta de la expedición del Norte, de los pequeños campesinos que ocupaban las tierras de los grandes latifundios, había sido bautizado hasta entonces por el P«C»Ch con el nombre que le había atribuido Stalin: «El mejor amigo del proletariado». En el momento del aplastamiento del proletariado de Shanghái, Stalin anunció que su genial espíritu siempre había previsto la traición de Chiang Kai-shek y que el proletariado chino tenía que hacer la experiencia. En consecuencia, el «Kuomintang de izquierda», oposición pequeñoburguesa timorata establecida como gobierno en Nankín2, es bautizado desde entonces «el mejor amigo del proletariado»..., hasta que los ministros de Nankín huyen a hurtadillas ante el avance conjugado de los ejércitos de los señores de la guerra y del Kuomintang de Chiang Kai-shek, después de haber dejado cometer en el territorio de su administración terribles atropellos contra el proletariado y las masas campesinas. En Rusia, Stalin consigue librarse de lo que, aunque ya no podía ser peligroso, le estorbaba todavía en sus movimientos, a saber, la oposición «trotskista». Una vez exiliado Trotski, Stalin, para reforzar su posición, adopta la táctica misma que Trotski preconizaba para China, pero demasiado tarde, y lo sabe bien, porque ya no tenía que temer el triunfo de una revolución en ese enorme depósito humano lindante con las fronteras de Rusia, triunfo que, de haberse producido, habría podido amenazar con sus repercusiones su poder autocrático sobre su imperio. El Partido «Comunista» chino da, pues, bruscamente un giro a la izquierda, lanzando como consigna la creación de sóviets que antes impedía y provocando insurrecciones por encargo en algunas zonas del campo y en Cantón. Los últimos elementos revolucionarios del partido serán asesinados o lo abandonarán, como hizo su secretario general3. El Partido «Comunista» chino queda vaciado del débil potencial revolucionario que era el suyo al nacer. El stalinismo y el nacionalismo lo tienen desde entonces totalmente en sus manos. El camino está libre para lo que no será sino el triunfo del stalinismo en China: la toma del poder de 1949, golpe de Estado contra un Kuomintang incapaz de mantener el orden, traspaso de poderes tras algunas escaramuzas, con el apoyo tácito de los Estados Unidos y, por supuesto, el júbilo de la Rusia stalinista.
El ascenso del nazismo, 1932-33
En Alemania, la acción de la Internacional (anti)comunista será simple pero eficaz. Stalin decretará que el proletariado tiene que hacer la experiencia de la barbarie nazi; que el triunfo del nazismo es una etapa obligatoria antes del triunfo del comunismo. Por consiguiente, la Internacional «Comunista» paralizará al proletariado dividiéndolo y proponiendo la alianza con el Partido Nacional-«Socialista», que por cierto, dicho sea de paso, copia ya del stalinismo sus métodos. El poderoso proletariado alemán, que confiaba en masa en el Partido pretendidamente «Comunista», será entregado atado de pies y manos al capital alemán, que por el momento lleva la máscara nazi.
La revolución española, 1936-37
Es en España donde el stalinismo mostrará sin disimulo su horrible rostro. Desde muchos años antes de 1936, el proletariado español se ha radicalizado muy fuertemente, llegando incluso a sublevarse en 1934 en Madrid y Barcelona, y en una revolución limitada geográficamente a Asturias.
En julio de 1936, todo el poder, las armas y la economía caen en sus manos. Trabado por la timidez constitutiva del anarquismo, que tiene una fuerte influencia en su seno, y del Partido Obrero de Unificación Marxista, el proletariado español no sabe reforzar su poder. Dejando que se establezca la República, aunque en los primeros meses el gobierno republicano no tiene absolutamente ningún poder, deja que se consolide poco a poco, a sus espaldas, la fuerza que apoyará al gobierno republicano contra el proletariado y su poder, y que los aplastará en sangre: el Partido «Comunista» de España. Stalin, por supuesto, no quiere una revolución en España. La radicalidad de que da muestras la revolución que ha estallado en España y la situación internacional todavía inestable —la oleada revolucionaria engendrada por Octubre del 17 aún no se había quebrado— empujan a Stalin a intervenir en España para restablecer allí el orden..., capitalista, se entiende. Pero tampoco quiere el triunfo de la insurrección militar dirigida por Franco. Prepara la guerra que se anuncia y, con esa perspectiva, lo que quiere es la conservación del statu quo imperialista internacional, y por tanto el triunfo de la República española con el proletariado metido en cintura. La ayuda militar que proporciona a España tiene, pues, como moneda de cambio... el oro del Banco de España, desde luego, pero también y sobre todo la posibilidad de infiltrar a sus agentes por todas partes: la policía política stalinista rusa abre sucursales españolas. El gobierno republicano cae progresivamente bajo la influencia del P«C»E. A comienzos de 1937, la contrarrevolución stalinista se siente lo bastante implantada y fuerte para eliminar la revolución. Hasta ese momento no ha hecho más que combatir legalmente, con asesinatos y montajes, palmo a palmo con el proletariado. En mayo del 37 quiere acabar con el proletariado revolucionario español. Para aplastarlo en toda España, lo provoca en el mayor centro industrial del país: Barcelona. Durante toda una semana, bautizada «semana sangrienta», el proletariado de Barcelona en armas se enfrenta a los stalinistas. Traicionado por el POUM y por las organizaciones anarquistas, cuando tenía en sus manos la mayor parte de la ciudad, se resigna a abandonar las barricadas llevándose consigo sus armas. Vencedor en el terreno militar, es derrotado políticamente. A partir de junio, la GPU (antigua Checa, policía política rusa) reprime duramente a los proletarios revolucionarios en todo el territorio de la República. Cámaras de tortura, campos de concentración y de exterminio funcionarán a pleno rendimiento. Exterminada la revolución, la República ve las filas de sus soldados desertadas, sin entusiasmo alguno. Franco ya no tendrá ante sí combatientes galvanizados por la transformación social a la vista, sino únicamente soldados requisados que, por añadidura, se baten con armas técnicamente inferiores a las suyas, con resignación, por intereses que no son los suyos y sabiéndolo. En 1939 Franco entra en Valencia; la guerra de España ha terminado, pero la revolución española lo está desde hace dos años, aplastada por la represión stalinista. Para Stalin, la victoria de Franco es un mal menor, puesto que ante todo temía un triunfo de la revolución y su extensión geográfica a otros países.
Los procesos de Moscú
Mientras el stalinismo aplastaba la revolución en España, Stalin se deshacía en Rusia de los viejos compañeros de Lenin, que, aunque alguna vez se hubieran asociado con él, no eran lacayos en los que Stalin pudiera tener plena confianza. Representaban todavía el aliento revolucionario que había sacudido el país en 1917 y, preparando la guerra, Stalin no podía permitirse dejar con vida a hombres que pudieran oponérsele o representar un eventual equipo de recambio a los ojos de la burocracia del partido-Estado.
La invasión de Finlandia, 1938
Al invadir militarmente Finlandia, Rusia mostraba por primera vez su carácter imperialista, que reafirmará muy a menudo después, hasta Afganistán en 19804.
Pacto Hitler-Stalin, 1939
Con el pacto Hitler-Stalin, el amo todopoderoso de Rusia inauguraba el comienzo de un juego de alianzas en el terreno militar con los imperialismos dominantes, primero Alemania, luego Francia e Inglaterra y por último los Estados Unidos. Con ese juego de alianzas, Stalin pretendía abrirse paso hasta la primera fila para aprovechar el reparto del mundo que lógicamente debía cerrar la guerra imperialista. Ya en 1939, el reparto de Polonia se efectúa por acuerdo mutuo entre Stalin y Hitler.
Invasión de los países del Este
Combatiendo contra su antiguo aliado, el Ejército Rojo conquista lo que al final de la guerra será respetado por los acuerdos de Yalta como coto de caza de Rusia.
Por todas partes donde penetra, arrasa, saquea, se reparte el botín, aplastando todo movimiento popular. Donde cometerá más horrores será sin duda en Alemania, donde la población civil sufrirá torturas, violaciones, vejaciones y asesinatos.
Nos detendremos en este episodio histórico. En efecto, es inútil continuar nuestra descripción de la contrarrevolución stalinista, porque con la invasión de los países del Este se cierra su evolución. Después de ese episodio no hay ningún hecho particular nuevo. Toda su acción se inscribe todavía en la continuidad de las etapas que acabamos de trazar, incluida la pretendida «desestalinización», declarada en 1956 poco antes del aplastamiento de la revolución húngara.
El P«C»F
El P«C»F ha seguido la evolución del Estado ruso, a la zaga de todos los virajes iniciados por el Kremlin. Es el ejemplo típico de un partido miembro de la Internacional «Comunista», de un partido stalinista. Supo perfectamente dar caza a los elementos revolucionarios, a los trotskistas en particular, que en aquella época se llamaban «bolcheviques-leninistas» —«trotskistas» era el nombre que les daban los stalinistas, asimilándolos además sin escrúpulos a «agentes de la Gestapo», «fascistas», etc.—. Supo también contener el movimiento obrero de 1936, que potencialmente representaba una amenaza de revolución. «Hay que saber terminar una huelga» no es una frase de un jefe de empresa ni de un ministro burgués, sino de Thorez, secretario general del P«C»F. Luego, en 1939, el P«C» ordena a sus militantes negarse a combatir a Alemania, provocar huelgas y paralizar la producción y los transportes. No por derrotismo revolucionario, por supuesto, sino en razón del pacto Hitler-Stalin. Luego, en 1941, vuelta completa: «nuestros buenos amigos los nazis» se transforman en «nuestros enemigos de siempre», el P«C»F se lanza a la «Resistencia nacional», defendiendo el capital francés contra el capital alemán y llamando a sus hombres a tener «cada uno su boche». En 1945, el P«C»F presenta la invasión de los países del Este como una liberación que alivia a los pueblos oprimidos, labor en la que lo ayudan por cierto los «trotskistas», que veían en la sumisión de los países del Este a la contrarrevolución stalinista un gran salto adelante hacia el socialismo. En Francia, el P«C» no se queda de brazos cruzados ante la labor de reconstrucción capitalista. En el gobierno o en la oposición, se distingue particularmente por su empeño en descuidar los intereses inmediatos de los obreros para favorecer el aumento de la productividad, denunciando a los «alborotadores» y a los huelguistas como «enemigo fascista», «agentes de la burguesía» y «seguramente antiguos colaboracionistas no desenmascarados».
Como puede verse, el P«C»F ha seguido más o menos todos los virajes que la política del Kremlin requería, incluso cuando no parecía que así fuera.
Las oposiciones de algunos partidos «comunistas»
Algunos partidos «comunistas» se han opuesto al Kremlin, como el P«C» chino (cf. Alarme n.º 4) y el P«C» yugoslavo. ¿Debería eso empujarnos a creer que no forman parte de la contrarrevolución stalinista? En absoluto. Su oposición se produjo por razones de puro interés nacional, es decir, capitalista. Aunque sus dirigentes hayan intentado después justificar ideológicamente su ruptura, esta no se produjo nunca sino en relación con bajos intereses tocantes al camino que seguía la plusvalía que extraen del trabajo del proletariado de sus países, de la que Rusia absorbía una porción extremadamente elevada. Encontrando escandaloso semejante «desvío» de lo que les parece corresponderles por derecho, han cambiado de chaqueta hacia el imperialismo norteamericano, más poderoso económicamente que Rusia y, por tanto, más llevadero para los explotadores de los países de su bloque.
Las disidencias dentro del P«C»F
Muchos presentan las disidencias dentro del P«C»F como la expresión de una voluntad de «llevar hasta el final» la «desestalinización» del P«C», al que se critica por estar «todavía demasiado marcado por el stalinismo». Antoine Spire5 nos da la clave para comprender esta disidencia de gente que ocupa altos puestos en la jerarquía del partido o que los ocupaba hasta hace poco: «No quiero contradecir el conjunto de la política del partido, aunque critique algunos aspectos. Solo deseo que cada militante conquiste su libertad de expresión, su madurez política. El partido la necesita, aunque todavía no sea capaz de aceptarlo. En definitiva, es su enriquecimiento lo que corre el riesgo de rechazar». Se trata, pues, de aportar el mínimo de contradicción necesario para el fortalecimiento del P«C»F, de ese organismo de la contrarrevolución. Ni más ni menos.
Conclusión
Seremos breves:
Una organización como el P«C» forma a sus militantes para responder a lo que se espere de ellos. De la masa de los militantes de base no se espera más que una aceptación global de las políticas adoptadas por la dirección. Para llegar a la dirección hay que haber demostrado que se está totalmente impregnado del espíritu de la organización, es decir, en el caso del P«C», del espíritu que se ha transmitido de generación en generación desde la caída de la revolución y el triunfo de la contrarrevolución en Rusia. Solo los que han llegado a altos puestos en la burocracia de la organización han podido ser formados «teóricamente»; los demás no son considerados más que como tropa de maniobra y ganado electoral. Son, pues, esos hombres, y solo ellos, los que están totalmente llenos del espíritu contrarrevolucionario y antiobrero de su organización, los que ya han demostrado que sabían mentir con aplomo al proletariado, rebajarse y lamer las botas de sus superiores, obedecer todas las órdenes, aun las más estúpidas y las más criminales; son, pues, esos hombres, máquinas programadas para el stalinismo, los que dirigen el Partido «Comunista» francés o los que animan una disidencia benéfica por el soplo contradictorio que da al P«C» la imagen que él quiere lo más dinámica y democrática posible. El P«C» u otros organismos de ese género no pueden cambiar de vía. Están lanzados irrevocablemente sobre unos raíles en los que solo hay curvas, pero ninguna aguja. Si no son destruidas, esas máquinas terribles destruirán todas las posibilidades de emancipación de la humanidad, preparando desde ahora el suicidio colectivo del género humano. Hay que ver, pues, las cosas con claridad: el presente y el pasado del partido más profundamente anticomunista que exista forman una sola cosa, tanto como forman una sola cosa su dirección y sus disidencias. Esa unidad está enteramente alzada en el camino de la emancipación de la humanidad de toda división en clases, naciones, etc., y hoy mismo empuja a una explotación cada vez más infernal de la clase que lo produce todo y no tiene nada, salvo una ilusión de comodidad que le dan los bienes materiales que el capital le ha concedido para, activando su circulación, aumentar cada vez más deprisa su beneficio a costa del proletariado.
(1) Mal que les pese a todos los que, a veces incluso «reivindicando» a Rosa Luxemburg, denuncian a Lenin y a los bolcheviques como contrarrevolucionarios para pretender mejor ellos mismos la infalibilidad, basan su juicio en la falta de arte adivinatorio de los bolcheviques: estos habrían tenido que saber de antemano que iban a ser los instrumentos de la contrarrevolución al intentar hacer triunfar mundialmente la revolución proletaria. Siguiendo el hilo de sus afirmaciones falsamente radicales, llegan a condenar la revolución de Octubre. ¡Ah, si esos detractores infalibles (según su propio razonamiento, ya que, juzgando contrarrevolucionarios a los bolcheviques por las consecuencias de los errores que cometieron, es evidente que ellos no se equivocarán nunca, porque si no, adivinos como no pueden dejar de ser a sus ojos todos los verdaderos revolucionarios, es seguro que se denunciarían desde hoy como contrarrevolucionarios) hubieran podido estar en el lugar de los bolcheviques, no lo dudemos, la revolución mundial habría triunfado sin duda alguna!
Rosa Luxemburg, La revolución rusa (escrita en 1918, publicada póstumamente en 1922), traducida aquí de la versión francesa que cita Alarme. La nota (1) es del original. ↩
En realidad, el gobierno del «Kuomintang de izquierda» de Wang Jingwei tenía su sede en Wuhan; Nankín era la capital de Chiang Kai-shek. Traducimos como dice el original. ↩
Chen Duxiu, fundador y secretario general del Partido Comunista de China, destituido en 1927 y expulsado en 1929, se acercó después a la Oposición de Izquierda. ↩
La guerra de invierno contra Finlandia empezó en realidad en noviembre de 1939, después del pacto Hitler-Stalin. ↩
Antoine Spire, periodista, miembro del P«C»F, fue uno de los intelectuales críticos con la dirección de Marchais tras la ruptura de la Unión de la Izquierda en 1977-78. ↩