Alarme, n.º 16, abril-mayo-junio de 1982 (págs. 5-6). PDF del número completo · Texto original en francés

«¡Quiero seguir verde!». El señor Brice Lalonde, cabeza de fila de la escuela ecológica francesa, ex candidato a la presidencia of the república francesa,1 nos revela una de las facetas de su bella personalidad: es también defensor de la flor... en el fusil y de la ecologística.

Partidarios de las pequeñas bombitas, Brice-la-clorofila y su corte de amables ecolos pacifistoides nos tranquilizan: Briceíto es también un ecologista de tipo nacionalista, no francamente gilipollas, pero verdaderamente reaccionario. Lo positivo, a pesar de todo, es que sabemos que en Francia numerosos ecologistas (¡antinucleares!) están dispuestos mañana a defender su país contra los malvados ecolos del bloque capitalista del Este. Menos mal que Briceíto se ha pronunciado por la salvaguarda de sus intereses de buen ecologista-humanista del bloque occidental, porque, ¿verdad?, más vale seguir verde que... solitario2 (con los malvados totalitarios stalinistas del Este no es ecologista quien quiere; la moda es más bien el pacifismo...). En fin, en resumidas cuentas, entre la amable democracia del Oeste (y su ejército) y la dictadura bárbara del Este hay que elegir, ¿eh, señora baronesa?

El movimiento ecologista, apéndice ideológico de una sociedad en total putrefacción, revela cada vez más su naturaleza real, a saber, la negación de los antagonismos sociales y de los conflictos de clases que engendran la inhumanidad (bajo todas sus formas) del planeta. El movimiento ecolo responde a una necesidad del orden capitalista, del Este y del Oeste: la necesidad de recuperar las necesidades de humanidad que la historia de la especie humana no ha hecho sino acentuar y que el sistema de explotación bestial que padecemos no hace sino aniquilar. La ilusión pequeñoburguesa de un posible acondicionamiento de la sociedad capitalista mediante el borrado de sus efectos más [ilegible] y espectaculares —contaminación, miseria «negra», armas nucleares, etc.— no hace sino servir a la dominación social de una clase sobre otra; dominación que el proletariado padece para mayor bienestar de su enemigo hereditario, el capital, del que se aprovechan algunos bonzos ecolos glorificados por una propaganda ideológica cínica.

El ecologismo se quiere un movimiento humanista, cuando en realidad evacua toda humanidad: el único ecologismo posible no puede encontrar su fuente real sino en la armonía, no ya del hombre con la naturaleza en primer lugar, sino en la armonía, más fundamental, del hombre con el hombre, parte de esa misma naturaleza. Las relaciones sociales actuales no tienen nada de humano y nunca tendrán nada de humano mientras no sea destruido el sistema de explotación del hombre por el hombre: ¡armonía social y rentabilidad capitalista no pueden coexistir! Solo la reapropiación directa de los medios naturales y culturales por la especie humana, para el pleno desarrollo de cada uno, podrá engendrar la armonía hoy posible entre el hombre y la naturaleza, entre el hombre y la cultura. El ecologismo, de todas las tendencias, es reaccionario; no puede oponer a la anarquía alienante del crecimiento económico de este mundo enfermo más que la palabrería jesuítica de la resignación.

Para la humanidad de hoy, si quiere escapar a la muerte por deshumanización o por holocausto nuclear, la única alternativa sigue siendo el cuestionamiento completo del modo de funcionamiento de la sociedad: ¿hay que vivir para el pleno desarrollo afectivo, material, cultural y espiritual de cada uno, o resignarse a producir, siempre producir, a pesar de la humanidad misma y contra ella, para la sola ganancia del dios ECONOMÍA?

Decíamos hace un momento que Lalonde, ese buen cura, no era realmente gilipollas; en realidad es un canalla, porque Brice-la-verdura prefiere «seguir verde» pese al rojo de la sangre que corrió mucho antes de la generación de las armas nucleares y sigue corriendo un poco por todas partes. Lo repetimos una vez más: la única actitud realmente ecológica no está en los lloriqueos ni en la elección entre la destrucción por explosión nuclear o por fusil con bayoneta; reside en el rechazo global de esta civilización caduca. Cada vida humana, perezca en un campo de batalla, por la enfermedad de Minamata o por cualquier accidente de trabajo, ¡es una muerte de más! Si los ecologistas o los antinucleares memos siguen sin comprender que la contaminación, tanto de la «naturaleza» como de las relaciones sociales, empieza en el inmenso campo de trabajo de la sociedad capitalista, entonces, llegado el «Gran Día» de la revolución socialista, habrá que darles también a ellos patadas en el vientre.

La única crítica constructiva de esta sociedad es la que plantea su destrucción como indispensable e inmediata. El proletariado, última clase de la historia, puede destruir conscientemente la sociedad capitalista porque es la única fuerza capaz de hacerlo en tanto que contradicción del Capital. Padece la barbarie de la explotación, que lo priva de las potencialidades técnicas que deben liberarlo —así como al resto de la humanidad— de la lucha embrutecedora contra la necesidad. Todo existe hoy para permitir el pleno desarrollo de todos; hay que reapropiárselo para acabar con «la ecología», «el pacifismo», «el feminismo», otros tantos falsos problemas nacidos de las contradicciones de la sociedad dividida en clases.

  1. Brice Lalonde fue el candidato ecologista en la elección presidencial francesa de 1981. ↩

  2. En francés, rester vert que... solitaire: juego de palabras con ver solitaire, «tenia». ↩