Alarme, n.º 16, abril-mayo-junio de 1982 (págs. 14-16). PDF del número completo · Texto original en francés
Le Monde publicó (24 de abril) un artículo sobre el control de la natalidad en China. Un sociólogo chino se expresaba así: «Cada habitante consume unas 2.000 calorías diarias y una proporción muy baja de proteínas, lo cual es una alimentación insuficiente. Para que el pueblo chino lleve una vida normal dentro de cien años...»; sigue un breve proyecto de plan de producción para una alimentación normal dentro de un siglo. Dentro de cien años, pues: he ahí un proyecto de planificación pretendidamente socialista, a largo plazo, que prevé la satisfacción de las necesidades vitales del hombre en cuanto fuerza productiva, y únicamente en cuanto tal, ¡dentro de cien años! Que esa planificación es a largo plazo, es seguro; pero si se le reconoce un carácter socialista (a ella y a cualquier otro plan económico chino), entonces hay que reconocer que el plan económico de los Estados Unidos es el del comunismo integral.
De la gran cantidad de productos fabricados por los proletarios chinos, una parte magra la entrega «generosamente» la burocracia china al proletariado en forma de salario, para que reproduzca su fuerza de trabajo, parte reducida al mínimo indispensable en relación con las condiciones reinantes en el mercado de trabajo. Otra parte tiene el valor que corresponde al desgaste de las máquinas; del resto, el sobretrabajo social en sistema capitalista —plusvalía, «valor añadido»—, la burocracia invierte una parte de su equivalente en valor en reponer y modernizar los medios de producción (capital constante), y la otra parte va a parar finalmente a los bolsillos de una minoría explotadora: la burocracia china.
En China, como en otras partes, los ciclos económicos están determinados por la plusvalía. En período de paz social, los salarios solo crecen si hay crecimiento de las fuerzas productivas, y esos medios de producción solo crecen si la plusvalía aumenta en una proporción superior; por tanto, los salarios solo aumentan si la plusvalía y la explotación aumentan todavía más. Detrás de la plusvalía está la burocracia china; el proletariado chino, en cambio, solo dispone de los salarios, situación doblemente miserable, porque:
- el salario implica la prostitución del trabajador;
- en el caso particular de China, ni siquiera basta —o apenas basta— para las necesidades vitales del hombre.
En China, el hambre causa estragos en el seno del proletariado (¡no en el de la burocracia, evidentemente!). Sin embargo, el aparato productivo chino puede asegurar la supervivencia de sus esclavos. Internacionalmente, el aparato productivo puede asegurar no solo la supervivencia del hombre, sino también una vida humana. Para ello bastaría con que las fábricas se utilizaran para la producción de bienes de consumo o de medios de producción necesarios para la ampliación del consumo; con que todos los parásitos sociales (militares, burócratas, torturadores, policías, etc.) fueran puestos a trabajar; con que las fábricas no pertenecieran al Estado sino al proletariado, que orientaría la producción únicamente en función de sus necesidades y ya no en función de la ganancia. Para ello es preciso que el proletariado se subleve para orientar la sociedad hacia una organización comunista.
Así desaparecerá la plusvalía. En su lugar, el plustrabajo social, que la humanidad repartirá entre medios de consumo inmediato y medios de producción, y cuyo crecimiento determinará únicamente en función de sus necesidades.
El hambre y la superpoblación actuales no son absolutas; son relativas al modo de producción: el modo de producción capitalista. Este necesita en China cierta cantidad de mano de obra, y la mano de obra no utilizada está condenada al hambre. Bajo el comunismo, el trabajo de todos reducirá el tiempo de trabajo de cada uno; el esclavo asalariado o sin empleo desaparecerá, y con él el hambre, a corto plazo, dadas las capacidades de producción.
Si dentro de cien años sobreviviera todavía el capitalismo, y nosotros luchamos para que desaparezca ahora mismo, los chinos comerían, al parecer, normalmente (quedaría todavía por definir ese «normalmente», que de todos modos se basa en la explotación del proletariado, cada vez más desposeído del producto social del que es origen). El único progreso social es la destrucción del capitalismo; la única manera de llegar a ella es organizarse para no cambiar el «derecho» a comer por nuestra rebeldía. Cien años más de decadencia capitalista para este mundo, y las posibilidades de revolución social quedarán casi reducidas a la nada.