Alarme, n.º 18, octubre-noviembre-diciembre de 1982 (pág. 11). PDF del número completo · Texto original en francés
Se han apiñado todos, todos los representantes del capitalismo mundial, ante la tumba del carnicero. Se han dado codazos por ir a inclinarse ante esa potencia tan respetada por todo este viejo mundo. Sólo los representantes de Albania habrían podido faltar; en efecto, como para ellos Stalin no ha muerto, ¿cómo podría haber fallecido su sucesor?
Así pues, uno de los hijos espirituales del «padrecito de los pueblos» acaba de morir. Radio, televisión y periódicos aluden a él como «gran hombre». Por nuestra parte, estamos en la mayor perplejidad: ¿por qué «grande»? Sin duda se ha deslizado insidiosamente un error en alguna parte, a menos que aludan a su elevada estatura (antes de morir medía ya 65 kg). Pero no queremos ni podemos entender ese «gran hombre» más que como una desdichada errata: todos querían decir «hombre gordo»; en efecto, ¿no pesaba ya el señor Brézhnev (¡¡a sus 74 años y medio!!) 1,69 m? Es, en efecto, la única interpretación posible, pues el señor Brézhnev no poseía ninguna de las cualidades que podrían dar a un hombre cierta grandeza. Al contrario: miembro de una burocracia capitalista, tiene las manos cubiertas de sangre proletaria.
Ese «hombre gordo» era, pues, campeón de medallas en todas las categorías: en efecto, los periódicos son categóricos en este punto: las tenía todas. Medalla de chocolate de primero de la clase, medalla de caramelo de la purga, medalla de filosofía, de literatura, etc.
Poseía incluso varias medallas del trabajo socialista. Consideraba, en efecto, el trabajo «socialista» como algo sumamente sagrado: por eso mismo no lo tocaba nunca (como el resto de la burocracia) y velaba por que el proletariado estuviese encadenado a él. Algunos comentaristas de televisión llegaron a afirmar que incluso hacía llover y salir el sol. Sin duda se referían a que el señor Brézhnev decretó y comunicó a los yemeníes del sur que habían sufrido un violento temporal unas semanas antes y que, en consecuencia, les enviaba manu militari sus condolencias. ¡Qué cortesía! También por cortesía, por cierto, la burocracia rusa envió su ejército a Afganistán a dar el pésame por la muerte del excamarada presidente al que había hecho asesinar por el KGB.1 Para terminar, señores burócratas: pese a todos los medios que desplegáis, vuestros entierros nos dejan helados; sólo hacen llorar a vuestros esbirros y (aunque lo dudamos) a vosotros mismos.
Hafizulá Amín, muerto en el asalto de las fuerzas especiales soviéticas a su palacio de Kabul el 27 de diciembre de 1979, al comienzo de la intervención rusa. ↩