Alarme, n.º 18, octubre-noviembre-diciembre de 1982 (págs. 12-13). PDF del número completo · Texto original en francés
El señor Delors1 acaba de declarar «que no se puede repartir más de lo que se produce». De esta frase, que a primera vista puede parecer justa, concluía, al parecer lógicamente, que había que moderar las reivindicaciones salariales… y que hay que producir más para repartir más.
En realidad, que no se pueda repartir más de lo que se produce es innegable, pero la deducción que de ello se saca es completamente falsa. Dicho de otro modo, no tenemos por qué limitar nuestras reivindicaciones, no tenemos por qué producir más y mejor, con el pretexto de que patronos y Estado no tienen nada más que darnos, nada más que cedernos, con el pretexto de que ya no hay nada que repartir. Porque:
- Esos pretextos son falsos.
- El problema no está ahí.
Si el señor Delors, en vez de enunciar esa evidencia, hubiera explicado y definido los términos de esa evidencia, a saber:
- La producción, el modo de producción actual;
- El reparto de la producción,
habría podido entonces, lógicamente, enunciar conclusiones totalmente diferentes y opuestas a las anteriores; conclusiones que reclamaran la destrucción de esta sociedad, donde la producción se hace en función de los beneficios de una capa de explotadores y contra las necesidades humanas históricas y sociales de la humanidad, hoy representada por el proletariado; de una sociedad donde el reparto de la producción descansa en el expolio de los productores.
Pero el señor Delors no está ahí para explicarnos ese problema fundamental: su perspectiva no es destruir este mundo podrido sino vivir de él; el señor Delors no es un revolucionario, es miembro de un gobierno «obrero». No es un caso particular en el seno de la burocracia de los partidos y sindicatos «obreros»; todos esos líderes («obreros») tienen, pese a una palabrería de otro matiz, los mismos intereses fundamentales: que produzcamos juiciosamente mercancías que no nos pertenecen. Esa frase del señor Delors habría podido oírse en boca del señor Maire o del señor Krasucki,2 que por lo demás han dicho otras semejantes, igual que sus compadres de la llamada derecha.
La realidad es, sin embargo, fácil de entender: nosotros, la clase obrera, producimos (con una contribución física o intelectual, directa o indirecta) todas las riquezas existentes, desde las hermosas casas del distrito 16 de París hasta los lúgubres pisos de protección oficial de las afueras lejanas, desde los coches lujosos hasta los modelos más sencillos, desde los cohetes americanos hasta los rusos, desde las máquinas más sofisticadas hasta las que utilizamos a diario. Una parte importante de nuestra producción es completamente nociva para la humanidad: producción masiva de armas cada vez más potentes (100 millones de hombres trabajan para la guerra), símbolo de una sociedad en plena decadencia que tiene la posibilidad no sólo de destruirse a sí misma, y con ello todas las condiciones objetivas que hacen posible el comunismo, sino también de destruir para siempre el género humano. Hagamos aquí una precisión: el capitalismo ideal (sin producción de guerra…) no ha existido nunca, no existe y no existirá jamás. Las relaciones de producción capitalistas engendran por sí mismas, naturalmente, la guerra y, por tanto, la producción correspondiente. Son esas relaciones mismas las que hay que destruir para construir una sociedad sin clases (y, por tanto, sin producción de guerra).
Ahora bien, ¿cuáles son los imperativos de esa producción? ¿Nuestro consumo? ¿Decidimos la producción en función de nuestras necesidades? Desde luego que no, porque, en lo que atañe a nuestra producción, no decidimos nada: estamos ahí para producir, para producir mercancías. Nosotros mismos poseemos una mercancía, nuestra fuerza de trabajo, que tiene la particularidad de crear valor, y que intercambiamos por término medio por su justo valor, mediante el salario, por la posibilidad de obtener ciertas mercancías. El valor de nuestra fuerza de trabajo está determinado por el valor de las mercancías (alimentos, vivienda, etc.) necesarias para su producción y su reproducción diaria, dadas las condiciones del mercado. El valor de toda mercancía se mide por el tiempo de trabajo socialmente necesario para su producción. El valor de nuestra fuerza de trabajo —y su precio, el salario— a lo largo de un mes es netamente inferior al valor añadido por nuestro trabajo a lo largo de ese mismo mes. El valor de esa diferencia constituye la plusvalía que los capitalistas nos arrancan a lo largo de un mes. El objetivo de quienes dirigen la producción, es decir, de las burocracias estatal, sindicales y patronales, es aumentar siempre más esa plusvalía que extorsionan a nuestra costa. La producción no se hace, pues, en función de nuestras necesidades, sino para una explotación cada vez mayor de nuestra fuerza de trabajo, lo cual es completamente nocivo. Los ejemplos a este respecto son numerosos: así, este sistema tiene la capacidad de construir un número muy grande de centros sanitarios en las innumerables regiones del mundo donde su falta se hace sentir cruelmente, pero en lugar de producir en función de las necesidades vitales más urgentes, se producen reservas inmensas de armas ultrasofisticadas que corresponden a las necesidades del capital.
En cuanto al reparto, no es independiente de la producción; al contrario, es inducido por ella. Si la producción se hace en función de las necesidades del capitalismo, lo mismo sucede con la distribución. Se produce en función del beneficio y, por tanto, se reparte en función del beneficio. Es decir, nuestra paga, como hemos dicho más arriba, sirve únicamente para recrear nuestra fuerza de trabajo. Es más o menos importante según el valor de nuestra fuerza de trabajo: la de un peón especializado se estima menor que la de un obrero cualificado, que a su vez se estima menor que la de un ingeniero, etc. Así, nuestra paga sirve ante todo para poder alquilar un piso donde descansar después del trabajo, para la jornada de trabajo siguiente; sirve para comprar de qué comer, para recobrar fuerzas cuatro o cinco semanas al año (las vacaciones) y para adquirir más o menos aparatos de los disponibles en el mercado. El reparto social reproduce así la miseria engendrada por las relaciones de producción.
Por ejemplo, si el capitalismo pudiera repartir como pretende —es decir, en función de las necesidades humanas [ilegible] y no en función de los beneficios—, el hambre en el mundo no tardaría en desaparecer, aunque sólo fuese a la vista de las reservas de alimentos existentes.
Dicho esto rápidamente, está claro que mientras sigamos siendo proletarios, mientras sólo existamos como fuerza de trabajo, como mercancías, el reparto se hará fundamentalmente a costa nuestra. En esta sociedad no estamos ahí ni siquiera para consumir, sino para sudar plusvalía. No se trata de producir más para repartir más, sino de producir de manera completamente diferente y opuesta, para repartir de manera completamente diferente y opuesta. Pero eso sólo es posible mediante una revolución social que haga desaparecer la división de la sociedad en clases. No se trata ya de que una clase posea todos los medios de producción —la tierra, las fábricas…— y explote a los proletarios, que no tienen nada más que su fuerza de trabajo. No: el proletariado debe tender a recuperar en sus luchas toda la producción y todos los medios de producción; se trata de expropiar el capital para destruirlo como capital, para producir y distribuir por fin en función de nuestras necesidades. Para ello hay que atacar y destruir el poder capitalista. El Estado capitalista y la clase/casta decadente a la que sirve de organismo de coerción deben desaparecer.