Alarme, n.º 19, enero-febrero-marzo de 1983 (págs. 13-14). PDF del número completo · Texto original en francés

Y he aquí una nueva «conquista de los trabajadores». Desde el gobierno hasta los sindicatos, todos son unánimes: es un progreso social, la clase obrera ha conquistado nuevos derechos. Ahora bien, para conquistar lo que sea hay que librar batalla. ¿Puede decirse que hoy la clase obrera libra batalla? No, desde luego que no. Cuando ocupa un terreno, es, en la inmensa mayoría de los casos, un terreno sindical, es decir, un terreno antiobrero (cf. Los sindicatos contra la revolución).

Para obtener esa jubilación a los 60 años hay que haber sudado plusvalía durante 37 años y medio; miserable sociedad que, tras habernos explotado durante los años en que nuestra vitalidad era mayor, nos coloca en la antecámara de la muerte y nos sustituye por una fuerza de trabajo más enérgica. Desde el punto de vista capitalista, dado que se nos considera fundamentalmente como fuerza de trabajo, en cuanto nos jubilamos se nos considera muertos. Y entrar en la antecámara de la muerte a los 60 años en lugar de a los 65 no constituye, a nuestros ojos, un progreso social. Es en realidad una exigencia capitalista rejuvenecer y revivificar las fuerzas de trabajo compradas. Prueba de esta última afirmación es que el capitalismo acaba de conceder la jubilación a los 60 años en plena paz social, sin presión proletaria alguna, bajo la sola presión del capital. Dado el aumento de la productividad, el capitalismo necesita reducir en cierta medida la mano de obra empleada. Se trata, pues, de sacar del «mundo del trabajo» una mano de obra menos viva y menos productiva, la de los proletarios de más edad. La mayoría de esos proletarios se hunden entonces en una angustia, un tedio y a veces incluso una vergüenza bastante fuertes. Angustia de esa vida que se va sin haber empezado nunca de verdad. Tedio, porque, acostumbrados durante 30 o 40 años a hacer un trabajo a menudo embrutecedor y a repetir gestos por lo general maquinales, acostumbrados a crear plusvalía, podemos llegar, cuando ya no se nos explota directamente, a sentir un gran «vacío interior», a tener dificultades para encontrar una nueva ocupación. De modo que algunos esperarán a los 65 años en vez de a los 60 para jubilarse (motivos directamente pecuniarios llevan a menudo a retrasar la fecha). Vergüenza, en fin, porque la imagen del hombre que se nos presenta a nosotros, proletarios, es la de un hombre que trabaja juiciosamente, que se deja explotar, que solo se realiza como hombre, que solo se siente orgulloso, cuando está sometido y rebajado a la condición de mercancía. De ahí que, cuando no se nos explota directamente, conforme a la imagen que da el capitalismo, falte el orgullo y no quede más que la vergüenza.

Es más, el aumento de la productividad acarrea para nosotros un empobrecimiento cada vez mayor en relación con lo que producimos. Seamos futuros proletarios, proletarios, parados o jubilados, pertenecemos a la misma clase. Tenemos el mismo interés fundamental: acabar con el capitalismo y sus relaciones de producción, que nos devoran.

Lo que el capitalismo pretende «darnos» a cambio de nuestros buenos y leales servicios, ya sea por medio de la paga de aprendiz, de los salarios, del subsidio de paro o de la pensión de jubilación, se debilita cada vez más en relación con todas las riquezas que producimos o hemos contribuido a producir. Todos esos pretendidos progresos que son el aumento de la productividad, la automatización, la robotización, no conducen, pues, sino a una miseria relativa cada vez mayor. Así, en lo que toca a la jubilación a los 60 años, el capitalismo no ha cedido absolutamente nada. Es, al contrario, el proletariado el que, con su pasividad, cede día tras día su lugar de sujeto de la historia a la clase capitalista.

Opongamos a todas esas conquistas del capitalismo verdaderas conquistas obreras. Solo serán conquistas en la medida en que ataquen al capital, en que se inserten en el movimiento comunista que, mediante la dictadura del proletariado, conducirá a la desaparición de la sociedad dividida en clases y, por tanto, a la desaparición del proletariado. Atacar al capitalismo significa atacar su centro nervioso: la plusvalía, la acumulación, y por tanto nuestra explotación. Para ello debemos organizarnos en nuestros lugares de trabajo y fuera de ellos, al margen y en contra del trío Estado-sindicatos-patronos, sin tener en cuenta la economía de la empresa, del cártel o de la nación, que sacan su fuerza de nuestra capacidad productiva. Todas esas «conquistas obreras», y demás jubilación a los 60 años, respetan la economía explotadora, y por eso mismo son derrotas obreras.