Alarme, n.º 19, enero-febrero-marzo de 1983 (págs. 1-3). PDF del número completo · Texto original en francés
Izquierda, derecha; derecha, izquierda: el proletariado paga
¡Votar es elegir a su opresor!
¡Y hala!, vuelta a empezar, otra ronda por las urnas (o por los urinarios)1. Todos iguales ante la ley, unánimemente invitados a aislarnos para elegir a los representantes de las colectividades locales. Paradoja de la democracia moderna, suspiran los nuevos filósofos, nuevos como el último detergente, que destiñe más deprisa. Esta operación es tanto más importante cuanto que se trata de una verdadera manifestación de la Democracia.
En efecto, las presidenciales o las legislativas son elecciones totalmente «políticas», y además son forzosamente los gordos, los que tienen dinero, quienes pueden expresarse en ellas. Es un marco restringido: izquierda-derecha por los intereses de la Nación, entidad que nos supera a nosotros, desdichados ciudadanos.
En cambio, cuando uno elige a su alcalde, elige a alguien cercano, ¿verdad?, que forma parte de nuestra colectividad más cálida, más íntima. Él conoce bien nuestros verdaderos problemas, él, a quien los de la Nación no arrancan de nuestras preocupaciones. Él sabe cómo garantizar la seguridad de la gente honrada, y chanchullea tan bien con la propiedad del suelo que es una vergüenza que no le hayan dado todavía la Legión de Horror.
Pero hete aquí que la «política», que todo lo corroe, destruye el orden de las cosas y construye los «buenos viejos tiempos», se ha apoderado de estas elecciones que tan bien olían a terruño y a estiércol. Ya entran en liza los izquierdistas con los politicastros-seguidistas de choque del P«C»I2, que besan los pies de los diputados de la izquierdita para que cumplan su mandato. Constituyen quizá la fracción más resuelta de la represión antiproletaria (después del P«C», como es natural). En efecto, lo que nos han hecho tragar en estos dos años no les basta: quieren hacernos sudar más todavía y acusan de blandura y de cobardía a los diputados de la mayoría.
Está también la Liga del lamentable Krivine3, que llama a votar a la izquierda en la segunda vuelta, y LO, que acusa gravemente a Mitterrand de ser como Giscard, cosa que se sabía desde hace mucho, e incluso a título personal, puesto que ya había estado en el poder (entre otras andanzas, dio plenos poderes a la policía en Argelia, en 1956). LO intenta disimular sus forúnculos pequeñoburgueses y sus pústulas nacionalizadoras-triunfalistas preconizando una abstención sin riesgo en la segunda vuelta. ¡Qué ingratitud, después de haber ayudado a la izquierda a ganar las elecciones anteriores! Este vuelco, típico del stalinismo, puede inscribirse en el libro de los récords, en la sección «cinismo». Del otro lado (¡la derecha, vamos!) se gañe, se grazna y se chilla que Francia está perdida, que sus empresas ya no emprenden y que los trabajadores (¡rediós!) ya no están defendidos, pero que ellos nunca les habrían hecho «eso» (¡como si esos fantoches hinchados se hubieran privado de hacerlo!) a los asalariados, de quienes son ardientes defensores (¡otra vez!).
Están de acuerdo: la izquierda gestiona mal el país y no defiende bastante a los trabajadores. ¡He aquí la ocasión de cambiar de gestión! Votad y tendréis nuevos gerentes y nuevos defensores. Nos defenderán... prohibiéndonos luchar por y para nosotros mismos4, usando una represión violenta, y eso en nombre de la democracia: el resultado de las elecciones populares, que todo elector reconoce válido, al menos implícitamente.
La izquierda, por su parte, pierde algunas plumas en estas elecciones, pero sigue alegremente su caminito: Seguridad Social, paro, vivienda, vigilancia policial, mentiras y violencia, llamamientos a los viejos mitos (Barbie) y reformas podridas (jubilación a los 60 años) que no son sino nuevos ataques disfrazados de migajas regiamente otorgadas. Nos dan la tabarra con el antiguo régimen y su herencia de pieles de plátano. La izquierda muestra claramente que sabe, igual que sus predecesores, practicar el «rigor», la austeridad, sobre todo en lo que toca al presupuesto de la policía y del ejército. Se sirve de la confianza que los trabajadores todavía le tienen, apoyada a fondo por los sindicatos. A este respecto, si los sindicatos pueden manejar o amenazar al gobierno, este también los amenaza con represalias (reducir las jugosas ventajas otorgadas desde el 10 de mayo para vigilar el grano y atar corto a los proletarios que se rebelaran) si no son capaces de dominar la cólera de los proletarios cuando surge. ¡Son cómplices, ni más ni menos!
Hasta ahora la izquierda ha tenido éxito en su papel de gestora directa del Capital, invalidando prácticamente la tesis según la cual no puede gestionar el Capital, sino solo acceder al poder para reprimir la lucha del proletariado. La izquierda es una facción del capital como otra cualquiera; es decir, que tiene sus rasgos específicos —una tendencia más marcada a la estatización—, pero no pone en tela de juicio, ni siquiera formalmente, el funcionamiento del capitalismo: no es una fracción reformista del capital. Fueron, al contrario, los empujes proletarios los que impidieron a la izquierda gestionar correctamente la economía nacional, y es con su gestión implacable como doma hoy las reacciones obreras. Quienes sostuvieron a capa y espada la tesis de la izquierda mala gestora, que solo puede tomar el poder para detener un movimiento de clase, quedaron por lo demás reducidos a farfullar sobre los «accidentes de la historia» (que ya no reembolsa la Seguridad Social: ¡cuidado con el próximo!).
El resultado de las elecciones no cambia en nada la naturaleza de las fuerzas en presencia, defensoras todas ellas de la gestión democrática del capital. No hay (ni habrá) más o menos reforma o reacción. El Capital es una relación social y no puede ser reaccionario respecto de sí mismo, en sí; solo es reaccionario respecto de otra relación social: el Comunismo. Así, las municipales son, como cualquier elección, una afirmación democrática de la dictadura del Capital. Es la renovación sin gran importancia de cierto número de gestores de la colectividad del capital en el plano local.
Es la vigilancia policial en la base y a la carta (¡magnética!). Y gracias a la izquierda, es la «reinserción por el Trabajo»; a eso también se le llama presidio o campo de concentración: «Arbeit macht frei»5. A esta escala se opera la localización —la delación— de los «inadaptados», de los irrecuperables para este sistema podrido, su rastrillado y su neutralización. Elegir «responsables» (locales o no) es elegir a su kapo; porra claveteada o de inyección electrónica, no tenemos por qué conceder el menor valor a una elección que no existe. Votar es elegir a su opresor, reconocer su explotación-alienación.
La abstención representa sin duda la indiferencia, el asco, incluso la hostilidad hacia todo este circo y lo que lo sostiene, pero sigue engastada en la alternativa «buen o mal ciudadano», «activo/pasivo». No somos ciudadanos, sino proletarios, y como tales sabemos que no tendremos más que lo que sepamos ganar luchando por y para nosotros mismos, contra todos los polis, salvadores, electos y demás chusma investida democráticamente de un poder aberrante sobre nuestra vida. No tenemos que «abstenernos» de la democracia y de sus manifestaciones más espectaculares, sino combatir la dictadura del capital, para no dejarnos aplastar por ella mientras nosotros (el movimiento comunista) seguimos siendo tan débiles, para reforzar nuestra consciencia, cobrar consciencia de nuestra fuerza y destruir por fin esa dictadura, hacer tabla rasa de este viejo mundo decadente.
El original juega con urnes (urnas) y urinoirs (urinarios): «urnes (y-noires)». ↩
Partido Comunista Internacionalista, organización trotskista «lambertista». ↩
Alain Krivine, dirigente de la Liga Comunista Revolucionaria (LCR), sección francesa del Secretariado Unificado de la IV Internacional. LO: Lutte Ouvrière, otra organización trotskista. ↩
Juego de palabras con el doble sentido del francés défendre: «defender» y «prohibir». ↩
«El trabajo libera», inscripción que figuraba a la entrada de los campos de concentración nazis. ↩