Alarme, n.º 19, enero-febrero-marzo de 1983 (págs. 6-9). PDF del número completo · Texto original en francés
En la cumbre de Versalles, que reunió a los principales dirigentes del bloque occidental,1 el presidente francés propuso una movilización sin precedentes del capital con vistas a lograr la «tercera revolución» industrial (uso acrecentado de las ciencias y las técnicas actuales) y salir de una pretendida crisis económica. He aquí, pues, una revolución que pretende sacarnos de una crisis «económica».
Lo cual sugiere varias preguntas: ¿qué época es ésta en que las «revoluciones» se acumulan, a decir de las diferentes burocracias, y en que nunca nosotros, proletarios, hemos estado tan explotados, aplastados, embrutecidos? ¿Qué época es ésta en que cada una de esas revoluciones nos hunde, refuerza las cadenas de nuestra explotación, no acarrea progreso social histórico y roe el que existe? La revolución social, la revolución proletaria, ¿tiene por objetivo salir de una crisis económica del capitalismo? ¿Tiene por razón de ser una crisis económica? ¿Tiene por razón de ser unas condiciones que atañen al capitalismo en funcionamiento defectuoso (caso de la crisis económica), o bien que atañen directamente al capitalismo como sistema social? La segunda hipótesis es la que nos parece exacta.
Quienes hablan de quiebra de la «izquierda», ¿emplean ese término porque, según ellos, la «izquierda» no podrá sacar a la economía nacional de lo que ellos llaman crisis económica? (Es decir, que para ellos no sabría detener la inflación, reducir la tasa de paro, rebajar los horarios, no podría «ceder» nada al proletariado.) ¿O la quiebra de la izquierda no es más que uno de los aspectos de una quiebra social, de una decadencia del capitalismo, y ello independientemente de la existencia de una crisis económica irreversible?
Lo que, entre otras cosas, caracteriza al hombre entre los seres vivos es su capacidad de crear herramientas para el trabajo en su entorno. Perezoso e inteligente, se dotó poco a poco de los medios necesarios para su supervivencia, procurando realizar el menor esfuerzo para una satisfacción máxima de sus necesidades.
Aunque el hombre primitivo tenía ya necesidad de cambiar su entorno natural, o al menos de influir en él para dominarlo y no ser dominado por él, sólo podía hacerlo en muy escasa medida, pues no disponía más que de medios limitados por su grado de desarrollo social. Hoy está al orden del día una modificación radical, por la gran masa de la población, del entorno social y, en consecuencia, en cierta medida, del entorno natural, que destruyen los medios creados por el hombre y utilizados de forma bárbara. El entorno, lo que hoy llamamos los factores objetivos, era entonces completamente determinante frente a unas condiciones subjetivas tan primitivas como primitivo era el hombre. Las condiciones objetivas creaban casi por sí solas otras condiciones objetivas. Pero los medios, las herramientas, por primitivos que fuesen, ejercían sobre el hombre, sobre su evolución, una acción de retorno; permitían construir herramientas algo menos primitivas. Permitían al hombre tener una productividad mayor, intervenir cada vez un poco más en el desarrollo del entorno natural, desarrollarse como hombre, superando siempre el estado anterior.
Las nuevas condiciones objetivas creadas eran fruto de las condiciones objetivas precedentes, pero también, y cada vez más, de las condiciones subjetivas (emanación directa del ser pensante), consciencia del hombre de sus necesidades. La evolución humana va a la par con la importancia creciente de las condiciones subjetivas en la evolución de las condiciones de vida del ser humano. Y ello hasta el punto de que hoy la solución del problema del devenir humano, comunismo o decadencia acentuada, descansa ya enteramente en las condiciones subjetivas, pues las condiciones objetivas están ya reunidas. Esas condiciones están reunidas a causa de la evolución histórica que ha operado (no emitimos ningún juicio de valor, es una constatación) la sociedad dividida en clases sociales. El motor de esa evolución ha sido la lucha que éstas libraron entre sí. Hemos llegado al punto en que la barbarie y el sistema de clases, cualesquiera que sean, pueden suprimirse. La humanidad misma lo reclama, so pena de perecer antes incluso de que la naturaleza misma se encargue de ello.
«En la producción social de su vida, los hombres entran en determinadas relaciones necesarias, independientes de su voluntad, relaciones de producción que corresponden a una determinada fase de desarrollo de sus fuerzas productivas materiales. El conjunto de estas relaciones de producción forma la estructura económica de la sociedad, la base real sobre la que se levanta una superestructura jurídica y política y a la que corresponden determinadas formas sociales de conciencia. El modo de producción de la vida material condiciona el proceso de la vida social, política y espiritual en general. No es la conciencia de los hombres la que determina su ser, sino, por el contrario, su ser social es lo que determina su conciencia. Al llegar a una determinada fase de su desarrollo, las fuerzas productivas materiales de la sociedad entran en contradicción con las relaciones de producción existentes o, lo que no es más que su expresión jurídica, con las relaciones de propiedad dentro de las cuales se habían movido hasta entonces. De formas de desarrollo de las fuerzas productivas, estas relaciones se convierten en trabas suyas. Y se abre así una época de revolución social…»2
Para completar esta cita de Marx, añadamos otra de sus hermosas frases:
«La doctrina materialista según la cual los hombres son producto de las circunstancias y de la educación, y por tanto los hombres transformados son producto de otras circunstancias y de una educación distinta, olvida que son precisamente los hombres quienes transforman las circunstancias y que el propio educador tiene que ser educado…» (Tercera tesis sobre Feuerbach)3
En las condiciones en que estamos, el progreso humano depende únicamente de la realización de las condiciones subjetivas (consciencia proletaria), que decenas de años de dominación stalinista casi han aniquilado. No es, pues, un conjunto de organismos que reaccionan ante una situación de penuria lo que constituye la fuerza revolucionaria, sino una clase precisa, consciente al menos en minoría de las tareas que hay que cumplir: el proletariado, que ocupa un lugar preciso en las relaciones de producción (y no fuera de esas relaciones, como sucedería, en caso de crisis económica, con gran parte del proletariado), y que puede reaccionar contra esa situación en el seno de esas relaciones.
Los primeros han existido desde la noche de los tiempos y nunca han estado en condiciones de construir el comunismo. Ver en ellos la fuerza revolucionaria es equivocarse de conmoción social. Semejante conjunto de organismos podrá a lo sumo, canalizado por fuerzas capitalistas, ellas sí conscientes, volver a poner el capitalismo en funcionamiento no defectuoso en caso de crisis económica de éste. Nunca han sido portadores del progreso social, humano; al contrario, fueron ciertas clases, dado el lugar que ocupaban en las relaciones de producción, dado el desarrollo de las fuerzas productivas, las portadoras de cierto progreso social durante un tiempo. Es, entre otras cosas, no comprender que lo que está en la base de la conducta de los elementos que llevan a cabo la revolución de las revoluciones —posible hoy gracias a una larga evolución hecha de conmociones que obedecían a necesidades históricas—, que quieren transformar el entorno social y que actúan por eso mismo, cuantitativa y cualitativamente, de manera ampliamente superior a lo que podrían hacer simples organismos, no puede reducirse a necesidades fisiológicas.
En caso de penuria, los proletarios no influidos previamente por fuerzas revolucionarias no reaccionan como seres conscientes explotados, sino como seres biológicos hambrientos; no aspiran a construir el comunismo, sino a comer. Así pues, las condiciones objetivas de la revolución comunista, lejos de ser una situación de penuria cualquiera —situaciones que ya existieron en los siglos anteriores—, son:
- Unas herramientas (fuerzas productivas) más que suficientemente desarrolladas para una modificación radical del entorno social, para una organización comunista de la sociedad, lo cual sucede con creces desde comienzos de siglo.
- Una fuerza social que ocupe un lugar preciso en las relaciones de producción, que luche por sus intereses y que sea capaz de acabar violentamente con el capitalismo y de abrir la vía al comunismo: es el caso del proletariado, que lo ha demostrado en la oleada revolucionaria del 17 (Rusia) al 37 (España), aplastada finalmente, principalmente, por el stalinismo.
Esas condiciones existen; el capitalismo no tiene, pues, ya ninguna razón de ser, puesto que ha desarrollado las armas que pueden destruirlo revolucionariamente. A partir de ahí, su supervivencia es completamente nociva para el proletariado. El crecimiento económico puede acelerarse, las «revoluciones» industriales pueden sucederse: estaremos cada vez más explotados, más empobrecidos en relación con el producto social, más embrutecidos…
La quiebra de la «izquierda» (en realidad ya no existe izquierda, porque ya no existen fuerzas capitalistas más progresivas que otras) no se demuestra con gráficos económicos sobre inflación, paro y tiempo de trabajo: está incluida en la quiebra, en la decadencia de un sistema que, aunque resuelva en cierta medida esas cuestiones, seguirá igualmente sin razón de ser. De lo contrario, habría que admitir que, si la inflación y el paro se reabsorbieran un poco, si el tiempo de trabajo disminuyera un poco, la revolución social ya no estaría al orden del día, pues el capitalismo podría hacer que el proletariado y la sociedad se beneficiasen de sus «bondades», podría aún ceder, etc. ¡Qué bien sienta que lo exploten a uno en pleno crecimiento!
Si el funcionamiento defectuoso del capitalismo (caso de la crisis económica) constituyera las bases objetivas, y no simplemente un factor posible, de una reorganización social, esa reorganización social no podría ser el comunismo: sería sencillamente la puesta en marcha de nuevo del funcionamiento no defectuoso del capitalismo. En efecto, la única condición objetiva de la destrucción de un sistema es la existencia de ese sistema. La crisis económica no es, pues, la condición sine qua non del comunismo. Lo que constituye históricamente la base objetiva del comunismo es el capitalismo como sistema social, y no los avatares de su economía, como la crisis de sobreproducción, aunque se la quiera definitiva para probar la caducidad del capitalismo. Crisis económica en la que, además, las relaciones, en lugar de ser límpidas, quedan veladas, aunque sólo sea por la enorme masa (superior a la que hoy existe en el mundo) expulsada fuera de la producción misma y dispuesta por eso mismo a seguir cualquier solución que le permita sobrevivir en lugar de reventar pura y simplemente.
«… Según la concepción materialista de la historia, el factor que en última instancia determina la historia es la producción y la reproducción de la vida real. Ni Marx ni yo hemos afirmado nunca más que esto. Si alguien lo tergiversa diciendo que el factor económico es el único determinante, convierte aquella tesis en una frase vacua, abstracta, absurda. La situación económica es la base, pero los diversos factores de la superestructura —las formas políticas de la lucha de clases y sus resultados, las constituciones que establece la clase victoriosa tras ganar la batalla, etc., las formas jurídicas, y hasta los reflejos de todas estas luchas reales en el cerebro de los participantes, las teorías políticas, jurídicas, filosóficas, las concepciones religiosas y su desarrollo ulterior en sistemas dogmáticos— ejercen también su influencia sobre el curso de las luchas históricas y en muchos casos determinan de manera preponderante su forma. Es una acción recíproca de todos estos factores, en la que, a través de la infinita multitud de casualidades, el movimiento económico acaba por imponerse como lo necesario. De lo contrario, aplicar la teoría a un período histórico cualquiera sería más fácil que resolver una simple ecuación de primer grado». (Engels a Joseph Bloch, 21 de septiembre de 1890)4
La reestructuración económica en que han trabajado recientemente unos especialistas en Versalles no puede interesarnos a nosotros, proletarios, porque se hará a costa nuestra. Seremos sus víctimas. Nuestra acción revolucionaria no depende de la existencia de una crisis económica que, si existiera actualmente, tendría por consecuencia, dado el estado de las fuerzas revolucionarias, velar el problema fundamental y, por tanto, sumirnos en una época aún más negra desde el punto de vista revolucionario. Es la raíz misma del capital lo que hay que combatir. Ella es la nefasta.
Cumbre del G7 en Versalles, 4-6 de junio de 1982. ↩
Contribución a la crítica de la economía política, prólogo (1859); citamos por la traducción de la Escuela. ↩
Según la versión publicada por Engels en 1888; citamos por la traducción de la Escuela. ↩
Traducido por la Escuela del original alemán (MEW, t. 37, págs. 462 y ss.). Tras «casualidades», Engels precisa entre paréntesis: «(es decir, de cosas y acontecimientos cuya conexión interna es tan remota o tan imposible de probar que podemos considerarla inexistente y desatenderla)»; la versión francesa que cita Alarme omite ese paréntesis sin indicarlo y añade «ma foi» («a fe mía») en la última frase. ↩