Alarme, n.º 19, enero-febrero-marzo de 1983 (págs. 12-13). PDF del número completo · Texto original en francés

El 2 de febrero la CGT convocaba a manifestarse ante la sede social de Citroën. Los manifestantes que atravesaban la fábrica para acudir a esa manifestación se enfrentan a los partidarios de la CSL1, o supuestos tales. Más allá de la veintena de heridos, el golpe asestado por el capitalismo es mucho más fuerte. A nadie se le escapa que se trata de un enfrentamiento entre la CGT y la CSL. No se trata de lloriquear por las consecuencias del uso de la violencia, sino de mostrar que se trata de una violencia obrera desnaturalizada en provecho del capital y de sus defensores: los sindicatos.

En efecto, existe en el automóvil, y en particular en Citroën-Aulnay, un clima de revuelta que emana en gran parte de obreros inmigrados que no identifican sus intereses con los de la economía nacional. Muy a menudo, antes de los incidentes, estallaban diversos paros y diversas revueltas violentas contra la jerarquía sin consulta con los dirigentes sindicales. Pero la CGT nunca condenó esos movimientos, e incluso tendía a controlarlos por medio de los delegados de cadena que ella misma instituyó. Cabría preguntarse por qué la CGT, cuando su aliado directo, el P«C»F, está en el gobierno, no se opone frontalmente a la autodefensa natural de los obreros. No es, por supuesto, una cuestión de oportunismo en el sentido tradicionalmente revolucionario, sino una cuestión de oportunidad para el campo stalinista y sus pretensiones a la gestión del Capitalismo de Estado.

Es necesario recordar que Citroën está nacionalizada2, porque eso explica también que la CGT no pueda tolerar frente a ella ninguna fracción capitalista que, como la CSL, se oponga a la concentración máxima del Capital en manos del Estado (la CSL es un sindicato de la casa creado por Citroën antes de la nacionalización).

Hoy la CGT intenta imponer por todos los medios su presencia indiscutida, en lugar de la CSL, en las esferas hediondas de la dirección de Citroën, eliminando si hace falta a ciertos administradores demasiado conciliadores con el antiguo sindicato de la casa. En efecto, Krasucki3 declaraba el 5 de marzo de 1983: «la CGT desea que se juzgue el conjunto de las prácticas de Citroën de estos tres últimos años...». Asociemos a esa declaración la de Akka Ghazi, secretario de la CGT de Aulnay, del 16 de febrero de 1983: «Queremos que Citroën venda todos los coches que hay en el parque...», y el conjunto huelga de comentarios, salvo el de que esta táctica se emparenta, a pequeña escala, es cierto, con la de la burocracia china y sus frecuentes purgas de administradores llamados «corruptos».

Asumir la violencia desnaturalizándola es una táctica de los stalinistas, y todas las parrafadas seudoextremistas sobre el desbordamiento y sus virtudes en sí no pueden sino desarmar a los proletarios y acrecentar el proceso de concentración del capital. Y los proletarios de Aulnay, en contra de su práctica inmediata, se insertan en ese proceso atacando a la CSL detrás de la CGT y de su bandera. Se inscriben como mercenarios en las listas que les tienden los cabos del capitalismo de Estado. Como buenos soldados que se han saltado el reglamento, deben hoy someterse a su sistema represivo y «confiar en la Justicia francesa», como les dice el líder de la CGT Akka Ghazi. De todos modos, solo se han saltado el reglamento democrático, pero no las leyes del capital y de su concentración. Y es precisamente por eso por lo que sus líderes obtienen hoy circunstancias atenuantes, pero sobre todo por haber sabido canalizar la revuelta obrera desde el principio (los despedidos se beneficiarán de un cursillo de formación y de una contratación ulterior).

Lo que muestran estos acontecimientos es que ni la violencia ni el pretendido desbordamiento tienen valor en sí. Lo que hay que hacer es oponerse a todas las fracciones capitalistas, y en particular a los sindicatos.

11-3-1983.

  1. Confédération des syndicats libres, sindicato patronal heredero de la antigua CFT, implantado en Citroën y Talbot. ↩

  2. Citroën, en realidad, pertenecía al grupo privado Peugeot (PSA) desde 1976; el artículo la tiene por nacionalizada, quizá por confusión con Renault. ↩

  3. Henri Krasucki, secretario general de la CGT desde 1982 y miembro del buró político del P«C»F. ↩