Alarme, n.º 20, abril-junio de 1983 (págs. 9-10). PDF del número completo · Texto original en francés
«No debe tenerse en cuenta ninguna reivindicación sectorial si va en detrimento del país». Dixit Mitterrand, gran jefe francés, en este año de 1983.
Mitterrand, como buen gestor de la vida económica y social de SU PAÍS, no acepta que las aspiraciones de los miembros de la sociedad que tiene a su cargo puedan ir en contra del país en que viven. Tanto más, añade, cuanto que una gran cantidad de dificultades reclama la solidaridad de todos para el bienestar de todos. Hemos tenido derecho, de su parte y de la de los políticos en general, a una comparación que puede permitir a los pobres incultos que somos comprender plenamente las justas y equitativas palabras que nos destinan, como homo sapiens responsables y demócratas que son. Gracias a su humilde amabilidad, sabemos ahora que, en una tempestad, en medio de arrecifes, la tripulación entera debe estar unida detrás del comandante de a bordo para luchar con todas sus fuerzas contra el peligro supremo: la muerte.
La digna y recta declaración sobre las reivindicaciones se nos aparece desde ese momento clara y límpida. Queda excluido, por egoísta, que el marinero reclame toallas limpias en el momento en que, si no obedece, corre el riesgo de no volver a necesitarlas nunca.
Ya que nuestros comandantes y capitanes se dignan tomarnos ahora por seres dotados de inteligencia, no les haremos la afrenta de contrariarlos. Seamos más sutiles todavía.
Hasta ahora, si no nos equivocamos, una tempestad se define como un violento temporal atmosférico en tierra o en el mar; fenómeno que no produce el hombre mismo y sobre el que, por el momento, no tiene ningún dominio directo. Si tuviera esa posibilidad, la tempestad ya no representaría peligro alguno. ¿Ocurre lo mismo con la sociedad en general y, más modestamente, con ese querido país del mismo nombre que un célebre barco que ya no le pertenece1? ¡No, desde luego que no! La sociedad es producto histórico del hombre mismo y no una fatalidad impuesta por la cólera de los dioses o por fuerzas diabólicas. A diferencia de la tempestad, contra la que no podemos sino intentar resistir lo mejor posible, la sociedad sí puede transformarse.
De los tres términos de vuestra impropia comparación, queridos y estimados dirigentes, solo la palabra barco puede tomarse en consideración, siempre que el término designe el conjunto de la sociedad terrestre y no solamente Francia. Eso nos llevará luego a reconsiderar las reivindicaciones desde un ángulo muy distinto. Es dentro mismo de ese barco, queridos filisteos, donde se plantea el problema, ¡casi nada! ¿Por qué diablos no simplificáis el problema? ¡Sin duda queríais elevarnos por fin a las altas esferas del noble espíritu que os anima! Estamos convencidos de ello. Así pues, momentáneamente sin animosidad, proseguimos nuestra demostración.
Puesto que las dificultades que se supone que han de unirnos para superarlas provienen del propio barco, o más exactamente de nuestra organización en él, nos permitiréis poner en duda la necesidad práctica y funcional de la unidad que reclamabais con ayuda de vuestro elegante sofisma ilustrado.
El susodicho barco no es en realidad más que una galera dirigida por varios comandantes de mayor o menor importancia, que dirigen las mismas palabras intempestivas a los remeros que tienen a sus órdenes. Cada uno desea, porque en el fondo es rival del otro, que sus galeotes respeten por encima de todo la bandera izada en «su» mástil. Las dificultades, lo que llamáis tempestad, provienen de vuestros intereses divergentes. Cuantos menos problemas tenéis con vuestros galeotes, más creéis en la posibilidad de imponeros a vuestros competidores. Solo que, mirad por dónde, es porque los galeotes reman, y no siempre en la misma dirección, por cierto, según el comandante que los dirige, lo que es tanto más agotador y extenuante, por lo que existen esas famosas reivindicaciones sectoriales. Precisamente cuando dejen de ser sectoriales, cuando se extiendan al barco entero, ya no seréis nada.
Habiendo terminado de manera demasiado realista y no lo bastante ilustrada, no podemos resistir el placer de volver sobre uno de los términos de vuestra comparación, ya inservible. W. Shakespeare decía: «un cielo tan negro no se despeja sin tempestad»2. Para los galeotes es para quienes está negro; son ellos vuestra tempestad. Y no podéis contar con la tempestad para aniquilar la tempestad. A buen entendedor...