Alarme, n.º 19, enero-febrero-marzo de 1983 (págs. 15-16). PDF del número completo · Texto original en francés
En el mes de febrero, dos millones de trabajadores inmigrados fueron invitados a desalojar Nigeria casi de la noche a la mañana, para que el gobierno pudiera paliar los problemas económicos que atraviesa el país. Son, pues, dos millones de hombres, mujeres y niños que se encontraron en las carreteras hacia sus respectivos países —Benín, Togo, Chad, etc.—, de los que habían huido porque eran incapaces de atender a las necesidades más primarias de sus poblaciones. Las condiciones de esa trashumancia salvaje, que transformaba las carreteras hacia las fronteras en campos de concentración móviles, han sido mostradas y remostradas por la prensa, con exclusiva incluida, disputándole el primer puesto de la sección «Horrores y Matanzas» únicamente a Klaus Barbie, acusado de «crimen contra la humanidad». Ante semejante espectáculo, la población francesa se indignó, horrorizada por las imágenes de violencia y de desesperación de cientos de miles de personas bruscamente devueltas «a su casa». Pero, como en todo horror mediatizado, solo se explotó el lado espectacular y cuantitativo de esa atrocidad, haciendo de una medida económica, justificable por y para el funcionamiento social actual, «una Kolosal barbarie». Para la Prensa francesa, el conjunto de los partidos políticos y la clase capitalista en general, era necesario poner de relieve el aspecto moral jesuítico de una aberración social, inhumana pero contra la que nadie podía nada a fin de cuentas, salvo «rezar por ellos», ayudar con dinero o censurar al salvaje gobierno nigeriano.
Porque el verdadero crimen, el que se oculta y que nos hace odiar todavía más la sociedad capitalista, ese crimen intolerable, es el derecho que se niega al ser humano a vivir donde le plazca, a ejercer allí una responsabilidad más completa de hombre libre. Hoy ya nada justifica que se rechace a nadie de la vida social, pues los medios de atender a las necesidades de cada cual y de acceder a una elección más amplia de expresión de sí mismo están más que desarrollados. Ese derecho, sin embargo, no existe en ningún lugar del planeta, ni en los países oficialmente capitalistas ni en los pretendidamente «comunistas» (capitalistas de Estado, en realidad, donde los campos de trabajo sustituyen a las oficinas de empleo...). Dividida en clases sociales antagónicas, la tierra lo está también por las fronteras: el carné de identidad «hace» al ser humano, y ya no su simple pertenencia a la Tierra o al Universo. Carné de identidad y crisis de identidad no son más que las dos caras de una misma moneda, la moneda del desarraigo del individuo separado, atomizado, desculturizado y completamente desposeído de todo acceso a la producción y reproducción de la vida. Al uniformizar el planeta, el capitalismo ha impuesto la única ley que ha cobrado valor humano, la ley del beneficio extraído de la explotación de la fuerza de trabajo de una clase, el proletariado, que no engloba únicamente a los «proletas de manos sucias», sino a todos los individuos que no tienen más que a sí mismos que vender para sobrevivir. En Nigeria, las medidas contra los inmigrados tuvieron en la población local un eco más que favorable, exacerbando la xenofobia y el nacionalismo cretino del pueblo. En Alemania se tomó la misma decisión, igual que en Francia con la llegada de la izquierda al poder, pero todo ello envuelto en una jerga democrático-moralista, e igual de bien aceptado. Para nosotros, comunistas, no se trata de lloriquear por lo ocurrido en Nigeria o en otra parte, sino de actuar para que desaparezcan todas las porquerías que envilecen hoy al hombre. El fin de la explotación del hombre por el hombre debe marcar el fin de la división social y, por eso mismo, de todas las nociones que hoy se presentan como «normales, necesarias» con vistas a la salvaguardia de una economía nacional cualquiera: paro, ocio, trabajo, jubilación o inmigración. Fuera de la alternativa abolición del salariado o destrucción de la humanidad, no hay tercera vía posible. El resurgimiento de la lucha de clases, para acabar con la búsqueda del beneficio extraído del trabajo humano en provecho de una sacrosanta economía explotadora, es para nosotros la única vía por la que debe encaminarse todo individuo que se sienta dispuesto a obrar por una sociedad humana. Ya sea en Nigeria, en Francia o en cualquier otra parte.