Alarme, n.º 21, julio-agosto-septiembre de 1983 (pág. 16). PDF del número completo · Texto original en francés
El proletariado local no permanece inactivo; en efecto, los barrios proletarios, las minas... están más o menos en ebullición. Los «profesionales de la información, de la política» nos enseñan que se trata de democratizar Chile. El pueblo chileno, todas las clases confundidas, estaría harto de la camarilla militarista actual y parecería formar una unidad con un mismo interés histórico: la democracia. Esta es la interpretación capitalista, que busca silenciar los antagonismos de clase.
En cuanto a la nuestra, no es periodística, sino que se basa en la existencia de clases antagónicas y en nuestra voluntad de imponer la dictadura del proletariado. En efecto, los intereses históricos (e inmediatos) del proletariado se oponen a los de los capitalistas, sean estos de «izquierda», de derecha... Es más, en Chile el proletariado no tiene tareas históricas distintas de las del proletariado mundial: acabar con la explotación del hombre por el hombre, de Rusia a Chile pasando por Francia. Por eso el proletariado de Chile debe velar por no ser utilizado como carne de cañón en la lucha actual y venidera. Debe deslindarse claramente de las fuerzas democráticas de la alianza popular, así como de las fuerzas pretendidamente comunistas, M.I.R. incluido; y no solo deslindarse, sino también luchar contra ellas. Si no, servirá de estribo a esas fuerzas y seguirá dejándose explotar en nombre de... la democracia, del «socialismo»... La experiencia democrática no queda tan lejos: recordemos a aquellos mineros que, según Allende y compañía, no debían hacer huelga con el pretexto de que estaban mejor pagados que otras capas del proletariado y de que la dirección era chilena (entiéndase: no era americana).
Las democracias y las dictaduras son las dos caras de una misma moneda: el Capital. Los Allende y los Pinochet no representan fuerzas inconciliables, sino que, al contrario, forman parte de una misma casta internacional, de un mismo sector social decadente, el que recoge la plusvalía: los capitalistas. En cuanto al stalinismo, aunque en Chile tenga actualmente una influencia más bien débil, el proletariado deberá reservarle la misma suerte que a los amos actuales de este país, es decir, derrotarlo, y ello so pena de descalabros y de nuevas matanzas. No olvidemos, por ejemplo, el papel del stalinismo durante la guerra civil en España, y las jornadas de mayo de 1937 en Barcelona, en las que el proletariado se enfrentó directamente a él. El hecho de que el P«C» esté en la clandestinidad y sufra una parte de la represión no debe engañar al proletariado. Ese partido busca derribar el régimen actual... para poder, por ejemplo, infiltrarse claramente en un gobierno de unión nacional a fin de explotar directamente al proletariado chileno y hacerle el juego a Moscú.
En Chile, como en otras partes, las relaciones entre los distintos sectores proletarios, más o menos alejados geográficamente, no deben dejarse en manos de las fuerzas democráticas, o de las fuerzas de izquierda o de extrema izquierda, como ocurre hoy, sino que deben ser obra únicamente de fuerzas proletarias. El proletariado debe, en la medida de lo posible, apropiarse de todas las existencias de víveres y distribuirlas entre las capas más pobres. Se trata de apropiarse de las viviendas salubres de las ciudades, de emprender las huelgas con vistas a la producción para los intereses del proletariado.
¡Viva la lucha del proletariado chileno e internacional!
¡Acabemos con los Pinochet y con todos los que se preparan para ocupar su sitio!