Alarme, n.º 21, julio-agosto-septiembre de 1983 (pág. 8). PDF del número completo · Texto original en francés
Mientras Edmond Maire vierte su infame dialéctica en los comederos proletarios clamando que «el rigor sirve a los más desfavorecidos», su máquina de guerra antiobrera, la CFDT, tiene a su cargo concretar sus visiones extralúcidas.
Así, en el supermercado de Saint-Pol-de-Léon (Finisterre), la delegada sindical de la CFDT, con la mayoría de los empleados, hizo despedir a una obrera. Hoy, gracias al minucioso trabajo de la poli sindical, ha muerto: suicidada.
Si el ridículo no mata a E. Maire, este asesina a «los más desfavorecidos», de quienes la CFDT se hace portavoz evangélica. No hay por qué indignarse hipócritamente por la actitud de la CFDT, porque confirma la función represiva del sindicalismo, que, incluso en período de paz social, no vacila en eliminar a los obreros rebeldes y a los más desesperados. En cambio, ¿qué pensar de esos empleados honrados que, a llamada de la jefa de exploradoras de la CFDT, votaron el despido, y de los que se abstuvieron sin expresar por ello la menor solidaridad de clase?
Inspiran el mismo asco que la CFDT. Si hubieran sido solidarios, habrían debido impedir por la fuerza la votación sindical, reivindicando el acto de su compañera, no como un robo, sino como una reapropiación legítima del producto social creado por el proletariado.
Habrían reafirmado así, por encima de la miseria específica de cada cual, la comunidad de intereses indivisible del proletariado contra el capital y su defensor: el sindicalismo.