Alarme, n.º 21, julio-agosto-septiembre de 1983 (pág. 4). PDF del número completo · Texto original en francés

Dreux1: el 13 de septiembre, la derecha gana una elección municipal con la extrema derecha, que se embolsa el 17 % de los votos y dos escaños en el concejo municipal. ¡El Drama! Los fascistas, los racistas y xenófobos se imponen. Los demócratas, los de verdad, han perdido. Sin embargo, los perdedores podrían haber ganado: el P.S. se jacta regularmente de haber reducido drásticamente la inmigración, y sus medidas contra los «clandestinos», pasadas y venideras, son mucho más duras que todo lo que se hizo bajo Giscard, con Chirac y luego con Barre. ¿Entonces? ¿Le Pen como secretario de Estado de inmigración lo haría peor que Marchais, que también supo usar argumentos contundentes tan poderosos como las excavadoras de Vitry, las calumnias de Montigny2 o declaraciones del estilo de «No queremos un Hong Kong a orillas del Sena»? Bah... Si la Francia democrática y republicana vuelve a necesitar mano de obra precaria y no cualificada, la sacará del ejército de reserva actual y luego hará venir a nuevos inmigrados, esté Le Pen en el poder o no; no está ahí la cuestión.

De todos modos, si se examina un poco el programa de la extrema derecha, sus grandes rasgos difieren poco, desde luego, de los de la derecha, pero tienen bastantes coincidencias con los de los partidos de izquierda: muy en particular sobre la inmigración, pero también sobre el ejército y la policía, la educación y la industria. A grandes rasgos, se trata de aumentar los medios de represión, de educar más en función de la movilidad del empleo y de invertir en Francia... como era de suponer.

La cuestión no es, pues, saber con qué salsa se condimentan los programas políticos para atraer a tal o cual franja del electorado y desempeñar un papel social, sino cuál es su contenido. Sobre eso no hay equívoco: se trata de proseguir la presión del Capital sobre los proletarios (gestionada en este momento por la izquierda), designando a la vez un chivo expiatorio para los rencores acumulados.

Lo que está en juego en Dreux es, pues, claro: ¿quién puede pegar mejor a los proletarios, quién puede dividirlos y asustarlos mejor? Incontestablemente, unos y otros han mostrado sus capacidades respectivas; el voto —es decir, la estupidez ambiente— decide. El «asunto» permite nuevas campañas de miedocracia (las guerras parecen tan lejanas...) y de cobardía, y da que hacer a las gacetas. Elegibles y electos han luchado bien; se han hecho dignos de la Patria, esa ramera que ahogaremos en el abrevadero sangriento de sus surcos3.

  1. El juego de palabras del título, l'extrême Dreux, remeda l'extrême droite, «la extrema derecha». ↩

  2. En diciembre de 1980 el alcalde comunista de Vitry-sur-Seine hizo derribar con excavadoras un hogar de trabajadores malienses; en febrero de 1981 el de Montigny-lès-Cormeilles denunció públicamente como traficante de droga a una familia marroquí. ↩

  3. Alusión al estribillo de La Marsellesa: «qu'un sang impur abreuve nos sillons» («que una sangre impura abreve nuestros surcos»). ↩