Alarme, n.º 22, octubre-noviembre-diciembre de 1983 (pág. 10). PDF del número completo · Texto original en francés

Con ocasión de la marcha antirracista sobre París, organizada en un principio por jóvenes inmigrantes del barrio de Les Minguettes, en el extrarradio de Lyon,1 serán muchos los que acudan a la plaza de la Bastilla para gritar bien alto su antirracismo.

¡Qué ganga! Con esa consigna, toda clase de organizaciones reaccionarias, entre ellas las que están representadas en las altas instancias gubernamentales, van a rehacerse una virginidad olvidando, y tratando de hacer olvidar, el control de la inmigración, los controles policiales, cuando no los grandes golpes de excavadora. «Franceses, inmigrantes, mismos derechos», gritarán mientras dure la manifestación. Al día siguiente, como las causas del racismo no habrán sido atacadas ni habrán desaparecido, todo volverá a ser como antes, y los representantes de esas organizaciones antirracistas seguirán administrando la apisonadora capitalista que inevitablemente tiene que pasar, porque así lo exige el contexto económico nacional, por encima de los trabajadores en general y de los trabajadores inmigrantes en particular.

¿Cuáles son las causas del racismo?

El racismo no es más que una de las expresiones de las múltiples barreras que separan a los hombres unos de otros, de la inexistencia de la humanidad, es decir, de una entidad realmente viva, indivisible y solidaria. En realidad, la xenofobia y el racismo son barreras mentales, reflejos y a la vez desplazamientos de las barreras reales que están en la base de la división de la humanidad: las barreras socioeconómicas de las clases.

La xenofobia o el racismo han sido empleados, y siguen siéndolo, por los defensores del capitalismo con el fin de desviar el foco del descontento, de apartar al proletariado de su lucha, de dividirlo para reinar mejor. El racismo encuentra un terreno fértil en la vergüenza y el profundo asco de uno mismo, la vergüenza de su sumisión y de su condición miserable. El proletario, sociológicamente hablando, está muy a menudo entre los más racistas. Sencillamente, para no despreciarse demasiado a sí mismo, con su cobardía, sus vicios y su ignorancia (mientras no reaccione revolucionariamente con su clase), desprecia a otro al que se esfuerza en considerar inferior, o enemigo cuando representa un competidor en el mercado de trabajo. Ese racismo no lo harán desaparecer las charlatanerías de seudohumanistas que quieren tener la conciencia tranquila desde lo alto de sus privilegios de clase. Y son precisamente esos, en gran parte, los que utilizan la unidad ficticia del antirracismo para desviar al proletariado de su unidad de clase. El antirracismo no es más que el reverso de la misma medalla, que sirve para alienar a la clase que no posee más que su fuerza de trabajo para vender.

Cuando la tendencia a la sociedad sin clases reaparece abiertamente por la acción subversiva del proletariado, entonces, y solo entonces, desaparece el racismo en el seno del proletariado, sin que haya en absoluto lucha contra él. Y es el racismo en el seno de esa clase lo único que debe entristecernos.

Al racismo, a los Estados con sus fronteras y a las múltiples barreras que dividen a la humanidad no pondremos fin sino atacando su base socioeconómica. Derribar, pues, el capitalismo mundial, es decir, el modo de producción basado en la explotación de la fuerza de trabajo del trabajador mediante el trabajo asalariado. Ese es nuestro objetivo, nuestro único pero tan amplio y universal objetivo.

NO SOMOS NI FRANCESES NI INMIGRANTES, SOMOS PROLETARIOS QUE QUEREMOS DEJAR DE SER CLASE EXPLOTADA, Y CLASE SIN MÁS.

EL PROLETARIADO NO TIENE NI PATRIA NI NACIONALIDAD. RACISTAS O ANTIRRACISTAS, LOS EXPLOTADORES SON NUESTROS ENEMIGOS.

NUESTRA ÚNICA UNIDAD, LA UNIDAD DE CLASE.

Octavilla repartida el 2-12-83

  1. La «Marcha por la igualdad y contra el racismo», que salió de Marsella en octubre de 1983 y llegó a París el 3 de diciembre; nació en Les Minguettes (Vénissieux) tras los enfrentamientos con la policía de 1981-1983. ↩