Alarme, n.º 22, octubre-noviembre-diciembre de 1983 (págs. 3-4). PDF del número completo · Texto original en francés

Después de la Madre Teresa y del pastor Martin Luther King, Lech Wałęsa, representante del cristianismo militante por la Democracia, ha recibido la alta distinción occidental: el premio Nobel de la Paz. Se une así, junto con sus colegas antes nombrados, al panteón de los pacifistas, en compañía de Le Duc Tho, Kissinger, Sadat, Begin, Churchill...1

Semejante gesto no es gratuito y representa una voluntad política cuyo significado depende a la vez de la naturaleza de la distinción, de la personalidad a la que se otorga y de las circunstancias a las que va unida. El premio Nobel es el reconocimiento de una obra particularmente benéfica y enriquecedora para la sociedad en un campo determinado, en este caso la paz. Pero no se trata de la paz con respecto a la guerra militar o, al menos, no solo de ella. Se trata de la paz social entre las clases, que puede obtenerse al precio de una paz militar que contraríe otros intereses, como por ejemplo en el caso de Begin y Sadat. Este último, en efecto, ya no estaba en condiciones de proseguir la guerra, dada la agitación obrera en Egipto en aquella época. En otro registro, Martin Luther King representó el desvío de la lucha de los proletarios norteamericanos —y sobre todo de los proletarios negros— hacia un terreno democrático antirracista, vaciando de todo contenido proletario el descontento general en los Estados Unidos en los años sesenta y canalizándolo en manifestaciones y en una marcha sobre Washington pacifistas, blancos y negros unidos contra el racismo, burgueses y proletarios todos de acuerdo en una explotación democrática.

Wałęsa es en efecto un hombre de paz, un hombre de paz social, un «bombero volante» apagahuelgas, respetuoso de la Nación y del Estado, enamorado de su Patria y sumiso a su Dios. Es el Héroe demócrata, el campeón de Occidente. Aunque Wałęsa no lleve de esa manera su enfrentamiento con el Estado polaco, se ve abocado a aceptar ese padrinazgo político porque no hay otro para ese combate, salvo el proletariado internacional, ¡del que desde luego no se ha hecho campeón! El electricista bigotudo de Gdańsk sustituye al carpintero barbudo de Nazaret en las banderas de la cruzada antirrusa y anticomunista; lo importante es hacer creer que se trata de una misma y única cruzada, cuando ahí hay dos combates distintos.

Las circunstancias en que se ha otorgado el premio también pueden revelarlo. En efecto, si realmente se hubiera tratado únicamente de enfrentarse al bloque ruso, el mejor momento para manifestar el apoyo a Solidaridad habría sido sin duda aquel en que la actividad antiestatal era más fuerte, o sea, entre agosto del 80 y diciembre del 81. Bien mirado, un Nobel estrepitoso de reprobación habría sido incluso un excelente apoyo. Pero resulta que se trataba de distinguir bien la agitación obrera que hizo temblar a los banqueros y a todos los canallas de Occidente de Wałęsa y del aparato sindical de Solidaridad, cuyas intenciones eran abiertamente diferentes y opuestas al proyecto obrero subyacente, todavía enredado en numerosas contradicciones. Probablemente por eso no se hablaba de Nobel mientras el proletariado tenía el viento a favor o resistía ferozmente al ejército y a la milicia. Hoy, cuando esos canallas esperan que, tras el reflujo, un resurgir de las luchas solo pueda darse en el marco de Solidarność, pueden conceder el premio de la derrota obrera (¡por esta vez!...) a uno de sus artífices más destacados, molestando de paso a los partidos-Estado polaco y ruso en este problema particular, mientras que la llegada de Jaruzelski solo fue saludada, con alivio, por algunas lágrimas de cocodrilo.

  1. La Madre Teresa recibió el premio en 1979, Martin Luther King en 1964, Le Duc Tho y Henry Kissinger en 1973 (Le Duc Tho lo rechazó), Anuar el Sadat y Menájem Begin en 1978. Churchill no recibió el de la Paz, sino el de Literatura (1953). ↩