Alarme, n.º 22, octubre-noviembre-diciembre de 1983 (págs. 8-9). PDF del número completo · Texto original en francés

Hace ya mucho tiempo que la guerra capitalista hace estragos en el Líbano y en la región, con su cortejo de matanzas de niños y de civiles, sean palestinos, judíos u otros. El Líbano vuelve a ocupar los grandes titulares de la actualidad desde la llegada y las intervenciones de la «fuerza multinacional de paz», desde los incidentes con Siria que de ello se derivaron, la guerra entre tendencias palestinas y el cerco de Arafat en Trípoli. Los intereses en presencia, por opuestos que parezcan, tienen en común que son nacionalistas: se mata y se matan unos a otros por la existencia del Estado palestino, por la supervivencia del gran Israel, por la gran Siria, por la reconstrucción del Líbano, por Occidente, por Oriente en nombre del Islam, por la paz en Oriente Próximo, etc. Y en todo ello el proletariado local sirve de carne de cañón, cuando no tiene ningún interés en construir un Estado nacional (palestino) ni en defender uno (israelí o libanés). El Estado capitalista es un organismo de coerción en manos de la clase capitalista. Hoy más que nunca no tiene ni puede tener progresividad alguna que asumir, sea cual sea el color nacional que pretenda representar. La nación es una unidad de explotación y debe, por tanto, desaparecer para permitir el libre desarrollo de cada cual.

De Tel Aviv a Damasco, pasando por Beirut, el proletariado se deja explotar por los capitalistas locales (palestinos, israelíes, sirios...), que le arrancan plusvalía. Los intereses nacionales son capitalistas; son la expresión de una competencia entre capas capitalistas (nacionales e internacionales) para sacar provecho de la explotación del proletariado local. En Oriente Medio, la OLP representa una tendencia que aspira a la construcción del Estado y que quiere, por consiguiente, explotar directamente a su proletariado nacional, para impedir así que esa santa faena sea obra de los israelíes o de los árabes no palestinos. Sin embargo, actualmente es de buen tono declararse propalestino. Pero que la OLP esté hoy muy aislada en el plano diplomático y militar no cambia en nada su naturaleza. Un ejército y una policía, palestinos o israelíes, tienen la misma función ante un movimiento social clasista: REPRIMIRLO. Esto vale igualmente para la lucha por un Líbano soberano y autodeterminado.

En este siglo XX no se trata de ayudar a las fuerzas capitalistas más débiles a construir o consolidar Estados nacionales frente a las fuerzas capitalistas más fuertes, que además sacan provecho de esos combates. Se trata de acabar con todos los Estados, con todas las naciones, y por tanto con el capitalismo mundial. En Oriente Próximo (como en otras partes), la situación es inextricable si no se ataca el nudo gordiano. De lo contrario, el proletariado seguirá pagando con su sangre y con su vida no la defensa de sus intereses de clase, sino la supervivencia de este sistema nauseabundo. Actualmente, aparte de eventuales minorías, el proletariado parece o pasivo o subyugado por las consignas nacionales o religiosas, particularmente en esta zona del mundo. De ese modo, la revuelta frente a una situación realmente inicua es canalizada y desviada. Los trabajadores, en lugar de combatir a su enemigo común, se enfrentan a los proletarios de enfrente y perpetúan así un odio «nacional» incompatible con el devenir humano y con su propio interés.

Pero alguno podría replicar que no hacemos más que alinear bellos principios que no tienen en cuenta la situación específica y las particularidades de Oriente Próximo.

Desgraciadamente, es en nombre de esas particularidades como no se coge el toro por los cuernos, y estos se hunden alegremente en las «especificidades» del cuerpo proletario de esa región del mundo. Y esa región del mundo, pese a todos los particularismos que se le quieran encontrar, está ligada al capitalismo mundial que reina en la tierra, y no al «paraíso celestial» prometido por el Islam. Incluso la «Yihad Islámica», organización de la guerra santa islámica que se reclama del islamismo iraní, conocida tras los atentados de Beirut, Tiro y Kuwait, pese a su sacrosanto destino suicida, no hace más que servir objetivamente los intereses capitalistas del clan que defiende, en este caso Irán contra Irak y, en última instancia, los intereses rusos frente a Occidente, por Siria interpuesta. Y ello aunque esta última se enfrente en su propio territorio a una oposición islámica a la que la CIA echa una buena mano. Sin entrar aquí en más detalles, haciendo intervenir a los disidentes de la OLP, a los drusos, a los chiíes, etc., cada vez hay que preguntarse «a quién beneficia el crimen». En este siniestro asunto, o laberinto de la criminalidad, ya es hora de subrayar que, de una situación absurda, no necesariamente provocada por ellas, son al fin y al cabo las dos superpotencias las que intentan sacar tajada. «Los libaneses han perdido el derecho mismo a la existencia nacional, y no es más que justicia», murmuran los norteamericanos más cínicos y a la vez realistas. Según ellos, ya no quedaría más que «repartir ese territorio según las líneas de la relación de fuerzas internacional». Pero por ahora nadie cede, y la guerra continúa. Nacionalismo, islamismo, judaísmo, cristianismo son las fuerzas que parecen enfrentarse. Pero tras ese biombo ideológico se enfrentan intereses capitalistas, porque, se quiera o no, tampoco allí viven en el siglo VIII. Visto de esta manera, ya no se pierde uno en los meandros de una situación compleja. Y se le puede responder claramente con el internacionalismo proletario.

Para comprender lo que ocurre en Oriente Próximo hay que comprender el mundo como una totalidad, y no como una cantidad de sectores con sus propios problemas que resolver y una evolución propia que asumir. Los vestigios tan bárbaros como anacrónicos que hemos nombrado más arriba prueban la decadencia del sistema capitalista. Prueban la necesidad urgente de acabar con él. Acabar con él es plantear, allí como en todas partes, los problemas en términos de clase, única manera de poner término a las guerras sectoriales, al hambre en el mundo, a la destrucción de la fauna y de la flora, a la explotación asalariada y al paro que va unido a ella. Es preciso que los proletarios de todos los países se unan por encima de las fronteras, que no son suyas, luchando prácticamente contra el enemigo que tienen al alcance de la mano, el que se encuentra «en su casa». Si no, la barbarie que todos padecemos crecerá cada día más, y las guerras sectoriales desembocarán en una guerra mundial generalizada. Por eso también nosotros, en Francia, debemos librar una guerra de clase incesante contra nuestro propio capital nacional. Debemos impedirle intervenir a su antojo allí donde interviene para preservar sus propios intereses o los del imperialismo que lo domina. Pero debemos mostrar igualmente nuestra fuerza de clase al imperialismo de enfrente, el ruso, que mata, domina, aplasta, y de qué manera, a nuestros hermanos de clase que se encuentran bajo su dominio. Es la lucha de clases lo que temen todos los administradores o futuros administradores del capital arrancado a nuestra fuerza de trabajo. Hagámosla cada día más dura y eficaz. Entonces desaparecerán todas las barreras que conducen a la muerte de la humanidad.

VIVA LA UNIDAD DEL PROLETARIADO

ABAJO LAS FRONTERAS. ABAJO LAS CLASES SOCIALES.