Alarme, n.º 22, octubre-noviembre-diciembre de 1983 (págs. 4-5). PDF del número completo · Texto original en francés

En Francia, los sindicatos se han enfrentado para decidir quién sería el más poderoso y el más apto para gestionar (aunque sea de lejos) el «kolosal» presupuesto de la Seguridad Social. La magnitud del presupuesto y la naturaleza de la Seguridad Social justifican semejante agarrada: nada menos que un billón de francos para gestionar el mal funcionamiento de nuestros organismos, debido a los malos tratos de que son objeto permanente en el trabajo, en el paro y en la vida que generalmente se nos da en este sistema antihumano. Ese gigantesco organismo se encarga de velar por la reparación de los nuestros, regularmente desajustados, para que esos desajustes no engendren malos humores que pudieran actuar como disolventes de los lazos sociales. Es uno de los agentes de la seguridad del cuerpo social y del mantenimiento de nuestra alienación.

En el curso de la pelea por las [elecciones],1 sindicalistas, políticos y periodistas consideraron que había dos campos: el de los sindicatos reformistas y el de los «otros». A los otros (CGT y CFDT) se los llamaba «de clase», «sectarios», «enfeudados a un partido» o también «políticos».

«Curiosamente», todos borraron la alternativa clásica: reformistas o revolucionarios, cuando la CGT todavía se refería a ella en el momento de la separación con (CGT-)FO. Y, sin embargo, la CGT tiene, como sigla, un auténtico pasado de sindicato revolucionario; es decir, de organización que trabajaba, a partir del terreno de las luchas reivindicativas, por el derrocamiento violento del orden establecido y la supresión del trabajo asalariado, mediante la acción directa y la huelga general, y por la organización de una sociedad comunista sobre la base de las secciones sindicales y bajo su control. Por lo demás, la CGT no se privó de jugar esa baza, a la vez que se reclamaba también de la revolución de Octubre, en los años 20, cuando ya no era más que un juguete en manos de un partido cada vez menos comunista. Hoy, como engranaje de regulación del sistema, necesitada de falsa combatividad y de respetabilidad progubernamental, la CGT no puede referirse a su pasado anarquista y blanquista, y menos aún a la revolución comunista. En efecto, nada en su práctica ni en su ideología puede recordar sus orígenes y, recíprocamente, todo recuerdo de sus orígenes, incluso en un terreno sindical, la perjudica y amenaza el dominio stalinista. Pudo verse en 1968, cuando la CGT tachó de su programa el «estatuto» n.º 2, el punto 2 de la «Carta de Amiens»: la abolición del salariado, cuando desde hacía muchísimo tiempo (en realidad, poco después de la formación misma de la CGT) ese «punto» era letra muerta.

Que a la CGT y a la CFDT se las bautice sindicatos «de clase» (¿de cuál, para empezar?) no tiene nada que pueda conmovernos. Es preciso que mantengan una apariencia ideológica de oposición. Por otra parte, para la derecha son —mientras una contestación proletaria no los una— enemigos, puesto que defienden la estatización creciente a costa de la patronal privada. Son «políticos» en la medida en que todo sindicato tiene una política que representa la de un partido, o la de un compromiso o una lucha entre varios. La «acusación» que se les hace es simplemente la de representar a un partido (el P«C» o el P«S»).

En cuanto a los otros, ¿qué quieren «reformar», entonces? En ningún caso, ni de cerca ni de lejos, han contemplado sus programas, ni siquiera mentirosamente, transformar la sociedad y las relaciones de producción (*). Todo lo que tienen que proponer es una o varias posibilidades de agravación o de alivio (temporal) de la explotación. También ellos tienen una imagen de marca que defender y un papel, definido para cada uno, que desempeñar.

El conjunto de los sindicatos ofrece amplia materia de falsas alternativas políticas en las que se enfrentan superficialmente, puesto que ninguno puede poner en tela de juicio la esclavitud asalariada, el fundamento de esta sociedad pútrida. Ningún sindicato, ni siquiera «revolucionario», puede conducir a la abolición del trabajo asalariado (sea cual sea la sinceridad de sus fundadores), porque esta significa la negación de su papel de defensor de los asalariados en el sistema del salariado. No hay conquistas obreras en el sentido «económico» del término (imposible de disociar de lo «social» y de lo «político»), porque lo único que el proletariado puede conquistar es su organización y su consciencia correlativa para su emancipación. Hoy no puede haber otra tarea, y por eso el mejor de los sindicatos revolucionarios no puede sino fracasar o transformarse en organización revolucionaria, que actúe contra toda separación entre las tareas económicas y políticas de la revolución social.

En cuanto a «nuestros» sindicatos reales, son desde hace mucho tiempo, en el caso de la CGT, y desde siempre en el de los demás, agentes del Capital en el seno de la clase obrera, con sus intereses propios que defender frente a la patronal, al Estado y a los partidos, e intereses generales que defender junto con ellos. Los sindicatos de los trabajadores solo pueden perdurar si los trabajadores siguen siendo trabajadores y no se emancipan del salariado y del Capital. Todos defienden la misma clase, la clase capitalista, y una misma política, la política antiproletaria y anticomunista. No es posible organizarse en su seno, porque son enemigos de clase; ni los unos ni los otros son siquiera reformistas: son sencillamente reaccionarios y están dispuestos a todo para oponerse a una revolución.

(*) Sobre el reformismo, véase el Léxico de la truhanería política contemporánea en Alarme n.º 14.2

  1. En el original, «la bagarre pour les,», con una palabra perdida, que suplimos; se trata de las elecciones a los consejos de administración de la Seguridad Social del 19 de octubre de 1983. ↩

  2. Texto de Munis; su versión española, en el archivo de la Escuela: Léxico de la truhanería política contemporánea. ↩