Alarme, n.º 22, octubre-noviembre-diciembre de 1983 (págs. 12-13). PDF del número completo · Texto original en francés
«La Seguridad Social es una conquista de las luchas obreras», «la Seguridad Social es asunto nuestro (vuestro)», etc. La seguridad social, la protección social de los asalariados y de las demás «categorías profesionales», parece incontestable como estructura beneficiosa para todos y defendible con uñas y dientes contra los ataques de una patronal que no quiere financiarla en serio. Es motivo de orgullo frente a quienes, en otros países, no disfrutan de ella. Pero ¿qué es lo que financia la Seguridad Social y cuál es su papel en la sociedad? Las cotizaciones que proceden de los asalariados se descuentan de los salarios, es decir, se trata de financiar uno mismo una caja de socorro según un principio mutualista, como en muchos seguros de automóvil, por ejemplo. Por otra parte, la S. S. se financia con las cotizaciones patronales. Pero ese dinero procede de lo que se produce como «excedente» por encima de lo que produce los salarios. En efecto, el tiempo de trabajo se divide en dos partes: una, dedicada a la producción de lo que volverá al obrero en forma de salario para reproducir su fuerza de trabajo, y otra dedicada a la producción suplementaria de valor, la plusvalía, que se reparte en nuevas inversiones, en beneficios, y de la que una parte (unas migajas) se dedica... a las cotizaciones de la Seguridad Social.
Así, los trabajadores, ya paguen directamente de su bolsillo o tras un rodeo (y una detracción) por las cajas patronales, financian íntegramente, con su trabajo, los subsidios de la Seguridad Social. La «conquista obrera» consiste, pues, en pagarse un organismo de socorro a gran escala. Pero para pagárselo es preciso que, por una parte, los salarios y, por tanto, por otra, la plusvalía (de donde salen las cotizaciones patronales) se produzcan en cantidad suficiente para que una porción, aunque sea mínima, pueda desviarse a ese uso. Es decir, es preciso que la explotación sea lo bastante intensa para justificar ese desvío de la plusvalía y, por tanto, que la productividad sea alta en sectores importantes de la economía nacional.
Sin embargo, este sistema no se implanta en todas partes de la misma manera cuando aparece, y cuando no cubre al conjunto de los asalariados de una nación protege principalmente a quienes trabajan en los sectores clave donde la explotación es más intensa y donde los salarios son más altos y permiten asegurarse, como en los Estados Unidos, y donde la plusvalía extraída es gigantesca y «permite» la «protección» de la empresa, como en el Japón.
Corolario de la intensificación de la explotación, la Seguridad Social garantiza la puesta de nuevo en funcionamiento del explotado, a costa de este. En principio, los seguros sociales solo pueden funcionar si la explotación de los proletarios se desarrolla en condiciones satisfactorias para el capital. Ahora bien, salvo hundimiento total de la economía nacional, pese a todas sus dificultades, el principio del seguro social no se pone en tela de juicio. Puede perder eficacia, costar todavía más caro a los explotados, reembolsar menos, etc., pero se mantiene, porque por su propia envergadura desborda su papel inmediato y enseguida se le confiere una función de control de los trabajadores. Se trata sobre todo del control y la represión de las bajas por enfermedad, del control de la puesta en circulación de calmantes repartidos masivamente a causa de los trastornos que provoca el desequilibrio de nuestra supervivencia, del control y el fichaje progresivo de toda la población con fines que, según dicen, nunca servirán a la policía, etc.
La S. S. procede del mito: se supone que protege a los trabajadores contra la explotación, cuando en realidad la sostiene1 y, en definitiva, la mejora (aunque uno prefiera estar sano que en mal estado, es en la primera situación cuando mejor se produce). A partir de ahí adquiere, por el simple desarrollo de su mito, el valor simbólico de un organismo que hay que defender en sí, por sus virtudes obreras. ¡Este órgano de control y reparación de los productores de plusvalía, percibido como organismo protector, se convierte en organismo que hay que proteger! La falsa imagen que proyecta la Seguridad Social resulta creíble precisamente porque desempeña un papel importante en la salud, la jubilación y el paro, y porque la reducción de sus prestaciones es un ataque a nuestra supervivencia que exige una reacción. Lo mismo que debemos rechazar todo despido, tenemos que rechazar toda reducción de prestaciones, todo sacrificio en general, y organizarnos por y para nosotros mismos para ello, contra todas las instituciones capitalistas y todos sus engranajes, incluida la Seguridad Social, que pagamos y que nos protege del mismo modo que pagamos a la policía y ella nos protege; es decir, una institución encargada de regular el efecto de los males de este sistema. Por supuesto, hay que luchar también para que deje de haber control sobre las bajas por enfermedad que tomamos cuando huimos del trabajo o cuando este nos estropea, para que no tengamos que pagar nada por reparar nuestros cuerpos y nuestras mentes agotados por esta vida inhumana; pero no puede tratarse para nosotros de mejorar la S. S., sino solo de acabar con ella y con todo el sistema que la sustenta.
En el original falta el verbo («alors qu'elle celle-ci»); lo suplimos por el sentido. ↩