Alarme, n.º 22, octubre-noviembre-diciembre de 1983 (págs. 14-16 y 7). PDF del número completo · Texto original en francés

El V Congreso de la Corriente Comunista Internacional (CCI) (*) ha publicado un «llamamiento a los grupos políticos proletarios» en todos sus periódicos territoriales. Como este texto nos concierne directamente, nuestra organización contesta públicamente en sus periódicos para expresar lo más claramente posible su posición, replicando a ese llamamiento.

Para la CCI, el medio revolucionario (la izquierda y la extrema izquierda no forman parte de él, naturalmente) ha sufrido una crisis considerable a principios de los años decisivos, los 80.1 «Años decisivos que tocan a toda la sociedad sin excluir a los grupos comunistas».

A pesar de haber perdido militantes durante estos años, en España principalmente, en Francia también, y de habernos visto llevados a separarnos del grupo simpatizante FOCUS de los Estados Unidos, no consideramos que exista una crisis particular del «medio revolucionario» o del FOR en especial. Nuestro análisis de la situación, por ser histórico, pretende ser más amplio y estar mucho más ligado a la actividad misma de la clase proletaria. Los años 80 no son puntualmente más «decisivos» que los años 70 (o que los 90, si es que entretanto no ocurre nada definitivo o realmente palpable). En realidad, con su cientifismo histórico mal digerido, a nuestro entender, la CCI, como muchos otros por lo demás, llega a reducir el materialismo práctico, o histórico, como se le llamó más tarde, a unas simples ecuaciones matemáticas donde todo cae por su propio peso una vez admitida la hipótesis de trabajo y conocido el método de resolución. Así ocurre que para la CCI las mismas causas producen los mismos efectos; que la guerra tiene lugar únicamente para destruir fuerzas productivas, y que la revolución es tan solo una respuesta a una crisis económica irremediable (¡viva la crisis!) que tiene como causa y objetivo hacer crecer las fuerzas productivas que el anterior modo de producción era incapaz de desarrollar. Los años 80 serían entonces particularmente decisivos, puesto que la crisis económica mundial llegaría al término de su resolución: o la guerra o la revolución. La ecuación de dos incógnitas, x, y, debe necesariamente quedar resuelta en estos años. En caso contrario, tendríamos derecho a preguntarnos en qué son años decisivos.

La CCI deduce lógicamente de esta ecuación matemática el problema de los cursos: curso a la guerra o curso a la revolución. Dicho claramente, ¿quién va a resolver la ecuación en el momento (años 80) en que por fuerza ha de quedar resuelta? ¿La clase capitalista con la guerra o la clase proletaria con la revolución? Para la CCI, siempre lógica consigo misma y con su hipótesis de partida, la respuesta es clara. Hay curso hacia la revolución en la medida en que la clase capitalista necesita una clase proletaria derrotada para resolver su problema con la guerra. Puesto que no hay guerra mundial, mientras que la condición sine qua non, la crisis económica, está presente, es que la clase obrera impide que la clase capitalista resuelva el problema a su manera. El proletariado estaría, pues, en plenos años decisivos, siempre en movimiento, independientemente de su actividad real, ya que la guerra no estalla.

Es cierto que hemos caricaturizado la posición de la CCI. Pero la caricatura no deforma nada: agranda lo preponderante. De todos modos, los escritos públicos de la CCI están a disposición de quien quiera leerlos.

Sin entrar en detalles, en el marco de un simple artículo, nuestra organización niega la existencia actualmente de una crisis económica mundial y sobre todo su necesidad para hacer posible o una guerra o una revolución mundial. Desde que el sistema capitalista es el modo de producción determinante en el mundo entero, es su propio crecimiento lo que es nefasto y criminal para el género humano. A partir de entonces, aunque el problema del comunismo se hubiera planteado antes, solo él está a la orden del día para liberar al hombre del reino de la necesidad. El mantenimiento del capitalismo, desde el fracaso de la oleada revolucionaria de 1917-37, no solo hace pesar sobre la humanidad su peso cotidiano de barbarie (hambre en el mundo, guerras incesantes desde el 39...), sino que suspende además sobre nuestras cabezas la espada de Damocles: la guerra mundial. La posibilidad de este tercer conflicto generalizado no es atributo exclusivo de estos «malditos o magníficos» años 80. Son numerosos los conflictos interimperialistas que han hecho temblar el mundo anteriormente (Corea, Cuba, guerra chino-vietnamita...). Estos conflictos son el fruto de la guerra económica (guerra que existe incluso cuando hay crecimiento) que siempre se han librado los diversos capitales en competencia. Y estos conflictos son tanto más importantes y peligrosos cuanto mayor es el potencial económico y militar desarrollado por la sociedad decadente. Es esto lo que en última instancia puede provocar, a falta de revolución, un tercer conflicto mundial. Pero otros factores, ligados irremediablemente a este, harán que la guerra estalle en tal o cual momento. Por otra parte, la primera guerra mundial no fue producto de la exacerbación de una crisis económica, sino la consecuencia de una competencia sin piedad por el dominio de los mercados en el mundo. La crisis económica no se manifestaría hasta 1929-34 en el planeta tierra. La concatenación automática crisis-guerra-reconstrucción no la verifican en absoluto los propios hechos históricos. Y, sin embargo, es en los hechos en lo que se basa el materialismo práctico dialéctico. Pero no tenemos sitio para explicar cosas que ya hemos expuesto en otros lugares.

La guerra jamás ha sido ni será el resultado de una acción concertada entre los diversos protagonistas que administran la explotación de nuestra fuerza de trabajo: las fuerzas productivas ya no pueden crecer, hay que destruir buena parte de ellas, ¡nos declaramos la guerra pasado mañana! Asunto resuelto, con tal de que el proletariado esté encuadrado. Claro, neto... pero las cosas no suceden así. ¡Lástima! La guerra no estalla únicamente cuando la situación objetiva —incapacidad de realizar la plusvalía, saturación de los mercados— lleva irremediablemente al capital a autodestruirse en parte. La guerra es también, sencillamente, el fruto de la competencia que existe entre los diversos capitales, que solo viven si pueden crecer, concentrarse, acumularse. Es el capital mismo el que lleva en su seno la guerra, y no solo el capital cuando ya no puede funcionar como tal, globalmente hablando, en el conjunto de la tierra.

Por eso decimos que hoy la guerra está suspendida permanentemente sobre nuestras cabezas, y que la «burguesía», el capitalismo, la prepara sin interrupción desde que es el sistema antihumano dominante en la tierra. Por eso decimos también que hoy no es la acción decidida del proletariado lo que impide que estalle la guerra mundial. Son los propios administradores del capital los que hasta ahora evitan que se generalice mundialmente, teniendo en cuenta los nuevos datos de este fin del siglo XX: la bomba de neutrones, la bomba atómica... Porque, en fin, ¿es el derrotismo revolucionario del proletariado lo que impide, a pesar de las deserciones en Irak, la guerra entre este país e Irán? ¿Es este mismo derrotismo el que entorpece los demás conflictos de Oriente Medio y del resto del mundo? ¿Es el internacionalismo proletario el que ha impedido la intervención de los Super-Étendard franceses en el Líbano?2 ¡No, y tres veces no, DESGRACIADAMENTE!

Dicho esto, queremos subrayar que, cuando el proletariado asoma de verdad la nariz, como en Polonia, a pesar de las enormes carencias de ese movimiento, el capitalismo internacional forma bloque (olvidando momentáneamente sus diferencias) contra su enemigo hereditario, el proletariado portador del comunismo.

Pero volvamos ahora a esa famosa crisis del medio. Esos «años decisivos» no habrían perdonado a los grupos comunistas. Estos habrían sufrido una crisis provocada directamente por la agudización de la crisis económica, situación «decisiva».

Suponiendo que se pueda hablar de medio revolucionario (en realidad hay grupos revolucionarios que actúan por separado), es obligado reconocer que es casi inoperante como medio y que no tiene prácticamente impacto alguno sobre la realidad social en general y sobre la lucha de clases en particular desde el fracaso de la oleada revolucionaria ya mencionada. Este hecho incontestable, salvo para quienes quieren confundir sus deseos con la realidad, tampoco caracteriza esos famosos años decisivos. Ahí interviene uno de los factores determinantes que todos los materialistas mecanicistas olvidan, aunque lo mencionen en otros momentos, en su razonamiento pomposamente matemático: el impacto desastroso del fracaso de la revolución internacional iniciada en Rusia. El capitalismo debe su supervivencia como sistema antihumano (¡aunque muchos habían previsto ya su muerte económica!) no al crecimiento de las fuerzas productivas después de la segunda guerra mundial, sino al fracaso de la revolución y al triunfo del stalinismo, que ha pervertido sistemáticamente la idea misma del comunismo, aniquilando varias generaciones de revolucionarios y debilitando a la clase misma hasta nuestros días. Desde entonces, «la constitución del proletariado en clase y, por tanto, en partido político»3 no se ha realizado tan naturalmente como habían previsto los autores de esa frase. En efecto, no podían imaginar una derrota proletaria de tan funesta envergadura, procedente del campo que pretendía realizar la sociedad sin clases. Desde entonces, solo minorías insignificantes han mantenido posiciones revolucionarias, y por tanto internacionalistas, minorías que sufren todavía el peso de ese marasmo a todos los niveles.

Hoy, el desmoronamiento, las escisiones, los abandonos son en general consecuencia, globalmente hablando, de la inactividad revolucionaria de la clase de la que formamos parte integrante. Sea porque se piensa que la situación es irremediablemente desesperada, sea porque se exagera su realidad a la menor escaramuza o lucha que tienda a la reapropiación de la lucha y de la consciencia de clase. Esto tampoco es característico de los años 80. Y de ahí provienen los diversos problemas que han podido tener los grupos que la CCI clasifica en el medio proletario. Por otra parte, si asistimos a un auge real de la lucha revolucionaria, no entendemos que haya podido producirse «la catástrofe en el medio proletario» que nos pinta esa organización. ¿No son acaso los revolucionarios producto de esa lucha? Pero para paliar las dificultades, la CCI plantea otro problema: «Hay que reconocer que ningún grupo posee él solo las posiciones de clase; de ahí la necesidad de una confrontación amistosa entre los diversos grupos que forman parte del campo proletario». Si esa es la buena solución, y no nos extraña de la CCI, hay de qué sonreírse. Pero volveremos sobre ello. ¿Quién, aparte de los que han tenido y tienen todavía la pretensión megalómana de autoproclamarse Partido Histórico de la Clase, puede en teoría no reconocer que hay que confrontar las propias posiciones y no creerse el ombligo del mundo? Nadie. El problema no es ese. A falta, en general, de una actividad revolucionaria de la clase de la que formamos parte, los debates se repiten incansablemente, los argumentos son archiconocidos de antemano por el público de «enterados», y a falta del entusiasmo que provocaría un auge innegable de la lucha de clases, cada cual constata la esclerosis de este tipo de reuniones, sin que nadie sea directamente responsable de ello. Por otra parte, como veinte no pueden hacer lo mismo que doscientos, cada organización se fija tareas prioritarias. Nos parece que intervenir en la lucha de clases es una actividad indispensable para los revolucionarios; es ahí también, y sobre todo, donde cada uno está en condiciones de confrontar sus posiciones con la realidad social. Es sobre el terreno donde los revolucionarios deben confrontar principalmente las suyas. En último extremo, las discusiones de salón no deberían ser más que accesorias, y no la actividad principal de un grupo que se reclama del comunismo. Por eso hemos esbozado una sonrisa al principio de este párrafo.

A este respecto, aprovechamos este artículo para señalar a Battaglia Comunista (Italia) que seguimos existiendo a través de las actividades que nos tomamos el trabajo de asignarnos nosotros mismos. En efecto, la actividad de un grupo no se demuestra por el número de horas pasadas polemizando, a menudo sin conclusión teórica y práctica, con los demás grupos. Dicho esto, estamos dispuestos a defender nuestras posiciones ante quien sea.

(*) Courant Communiste International - R.I. BP 581 75027 Paris cedex 01


Nota. Texto español según el FOR, «Respuesta al "llamamiento" del CCI», Alarma, tercera serie, n.º 17, diciembre de 1983, págs. 1-3, cotejado con el francés de Alarme y ajustado a él (párrafos, frases que faltan en Alarma y algunos pasajes mal vertidos). Además de lo señalado en las notas, la versión española no tiene la frase «Pero volveremos sobre ello» y dice «reagrupación de la consciencia de clase» donde el francés dice «reapropiación de la lucha y de la consciencia de clase»; añade a la dirección de la CCI un apartado de correos en Valencia y la indicación de que el artículo se publicó en todos los periódicos y revistas del FOR.

  1. El francés dice aquí, y en casi todo el artículo, «années de vérité» («años de verdad», la fórmula de la CCI en su prensa francesa); solo una vez, «années décisives». Seguimos la versión española del FOR, que dice siempre «años decisivos». ↩

  2. Cazabombarderos de la aviación naval francesa, que actuaron en el Líbano en el otoño de 1983. Alarma dice «tropas especiales francesas». ↩

  3. Cita libre del Manifiesto del Partido Comunista, cap. I: «Esta organización de los proletarios en clase, y con ello en partido político...». Conservamos la forma de Alarma. ↩