Alarme, n.º 23, enero-febrero-marzo de 1984 (pág. 15). PDF del número completo · Texto original en francés
Arribismo, cobardía, pedantería, sumisión, nulidad, bajeza definen bastante bien lo que son tanto los intelectuales stalinistas como los intelectuales antistalinistas reaccionarios. Todos tienen al menos una cosa en común: su anticomunismo, con el que avalan de un modo u otro el sistema de explotación que somete al género humano al capitalismo y a la barbarie, que se acentúa de día en día.
Hicieron falta años para que los representantes del capitalismo armaran un alboroto atronador en torno a las enormidades que ocurrían en los países hipócritamente llamados socialistas o comunistas. Occidente se guardó mucho de poner en primer plano la denuncia, por los revolucionarios, del capitalismo de Estado ruso, de sus campos de trabajo, de su sistema policíaco, que reprimía ante todo a los militantes comunistas. Hubo que esperar al informe Jruschov y sobre todo a las «obras» del reaccionario Solzhenitsyn, en los años sesenta, para que el común de los mortales que vive en el mundo llamado libre pudiera convencerse de lo que ocurre al otro lado del telón de acero.
Los «nuevos filósofos», Lévy, Glucksmann y compañía, desde lo alto de su inteligencia de camaleón, pudieron vender su mercancía averiada cuando la denuncia de los países del Este estaba de moda en la antecámara de la intelligentsia, siempre sometida al imperialismo que se supone más fuerte. En efecto, estos exfrailes del stalinismo1 obtuvieron sus cartas de nobleza en parte gracias a este. No los nombraremos aquí: la lista sería demasiado larga y no quisiéramos olvidar a ninguno. Para ayudar al lector: empiecen por Sartre, den una vuelta por Garaudy, y el resto vendrá solo.
Norteamérica está dirigida por un actor de serie B. Francia tiene un actor de serie A (¡no podía ser menos el país precursor de la libertad burguesa!) para ensañarse con el gran enemigo de los derechos humanos. Hecho significativo, Montand es un exstalinista.2 Y como todo ex de la alta sociedad, cuando se opone patéticamente a los países del Este, es al comunismo al que pretende apuntar, hasta tal punto que lo que él, con otros, llama capitalismo aparece de repente como la tierra prometida de la libre iniciativa individual, en la que el efecto apocalíptico de lo que con demasiada frecuencia se designa con el término de crisis económica mundial podría resultar el catalizador de una era futura de bienestar y felicidad. Ya que tenemos la suerte de vivir en un país libre, apretémonos el cinturón voluntariamente, contribuyamos al saneamiento de la economía nacional, no seamos egoístas, ¡¡¡y entonces!!!
ENTONCES, BASTA DE TODAS ESAS PATRAÑAS.
En todas las latitudes somos una clase explotada por el capitalismo. En Rusia, en China como en Francia, sufrimos la dictadura del capital sobre el trabajo. Es el sistema capitalista en su totalidad el responsable de todo lo que ocurre en el mundo, poco importa la forma política que adopte su dominación. Además, la supervivencia de este sistema mundial, señores Montand, Glucksmann y demás, la deben ustedes principalmente a Rusia, a la que no combaten más que desde un punto de vista capitalista, aunque solo sea por etiquetarla de comunista. En efecto, esta aplastó todos los movimientos subversivos revolucionarios en su casa y fuera de ella antes de ocuparse de sus disidentes demócrata-burgueses de la calaña de ustedes, que desde luego no necesita para mantener su sistema policíaco.
En cuanto a nosotros, proletarios revolucionarios, no solo no queremos apretarnos el cinturón, sino que además les libraremos un combate sin tregua. Aquello a lo que aspiramos, a través de la lucha de clases que de todos modos ustedes no pueden impedir, es al comunismo, sociedad sin clases y sin intercambios mercantiles, sociedad en la que sus caras ya no aparecerán en las pantallas para defender una sociedad relegada al museo de los horrores.
«Défroqués»: los que han colgado los hábitos; el título, «Les défroques du stalinisme», juega con «défroque», los despojos o la ropa vieja que deja quien abandona el hábito. ↩
El cantante y actor Yves Montand, compañero de viaje del PCF hasta 1968, protagonizó en 1984 el programa de televisión «Vive la crise!», apología de la austeridad y de la iniciativa privada. ↩