Alarme, n.º 23, enero-febrero-marzo de 1984 (pág. 16). PDF del número completo · Texto original en francés
Los transportistas franceses de carretera impusieron un bloqueo de las carreteras durante unos diez días, bloqueo que se levantó después de que el gobierno de izquierda satisficiera algunas de las reivindicaciones de esta categoría profesional de la clase capitalista francesa.
Este movimiento de los transportistas fue bastante duro, impulsado sobre todo por los más miserables de ellos, los pequeños, que aprovecharon los problemas de aduana en el Mont Blanc (los aduaneros en huelga ya no dejaban pasar camiones) para poner en primer plano sus propias reivindicaciones: desgravación del carburante, derecho a circular en ciertos departamentos el fin de semana, paso facilitado en las fronteras en caso de huelga de los aduaneros, etc.
Esta «huelga» es para la clase obrera a la vez un ejemplo y una tremenda bofetada en la cara. La pequeña burguesía reivindica tanto para aumentar algunos de sus privilegios como para evitar la quiebra y no ir a parar a la clase del proletariado. Por su determinación, su amplitud nacional y su organización (en particular mediante la banda ciudadana), y por el rechazo de toda consideración sobre el estado de la economía nacional, el movimiento de la pequeña burguesía ha mostrado lo que debe ser para la clase obrera la lucha de una clase por sus propios intereses, al margen de consideraciones jurídico-económicas.
Pero si esta lucha de los transportistas da un ejemplo al proletariado, es también la expresión de su debilidad actual: el abandono del terreno de clase a una fracción de la clase capitalista. La lucha de clases es hoy la lucha mortalmente contradictoria de la clase obrera contra la clase capitalista, de los explotados contra los explotadores que sacan provecho de la explotación directamente o indirectamente, ¡como es el caso de todo tendero que se precie! Todo aumento de la riqueza de esa clase supone una disminución de la de la clase obrera. La victoria, aunque sea parcial, de los transportistas ha sido un ataque no contra el capitalismo francés, ¡sino contra el proletariado francés! Todo lo que le cuesta más al Estado para hacer malabarismos con las reivindicaciones de las diferentes capas capitalistas les cuesta todavía más caro a los proletarios, que se verán llevados a apretarse un poco más el cinturón de un modo u otro: impuestos, inflación, etc.
Los camioneros asalariados, que también sufren, y sobre todo ellos, los daños de la explotación, estuvieron ausentes, aceptando el conflicto entre el gobierno y sus patronos sin intentar colarse por la brecha abierta para poner en primer plano sus propias reivindicaciones de proletarios del volante, ni apoyarse en la movilización ya existente para denunciar su propia explotación, explotación que no apareció en el conflicto, puesto que se hizo cierto consenso en torno a la profesión. ¡Asalariados, patronos, mismo combate!
Lo chocante de este conflicto es precisamente la no afirmación de la clase obrera, no solo contra el Estado y su gobierno, sino también contra sus explotadores directos en la empresa. Sus reivindicaciones (las de los grandes y los pequeños patronos) no pueden coincidir en modo alguno con las nuestras. Son sus problemas, no los nuestros. Antes que camioneros, siderúrgicos o fresadores, los miembros de la clase mundialmente explotada por el capitalismo son capital variable y, por tanto, mercancía que crea valor. Y punto. ¡Ya es hora de que tome por fin la ofensiva para superar sus propias debilidades y plantee como su fin la destrucción del sistema que la oprime!