Alarme, n.º 23, enero-febrero-marzo de 1984 (pág. 4). PDF del número completo · Texto original en francés
«Ya no hay Pirineos», decía Luis XIV, expresando así la supresión de la frontera entre España y Francia. Tres siglos después, la marina francesa nos recuerda que no hay tal y que las fronteras, a semejanza de Jesús, caminan sobre las aguas.1
Hace poco, el stalinismo, en toda su fealdad, nos había demostrado sobre 163 capitales variables (o, en este caso, asimilados como tales) que las fronteras vuelan por los aires, a semejanza de Gagarin y del arcángel Miguel.
Santificadas así en los elementos líquido y gaseoso, ya solo esperaban una nueva santificación, por el elemento sólido: las fronteras ruedan por tierra, a semejanza de un peregrino a Santiago de Compostela, y los camiones arden ad majorem gloriam limitis.2
A golpe de misiles, de obuses o de cócteles molotov, sobre aviones, barcos o camiones, pero siempre sobre hombres, las fronteras, líneas físicamente inmateriales y socialmente tan espesas como el muro de Berlín o la Muralla China, nos encarcelan y nos asesinan.
¡Basta de asesinatos! ¡Rompamos esos barrotes! ¡Viva la Comunidad Humana!