Alarme, n.º 23, enero-febrero-marzo de 1984 (págs. 1-4). PDF del número completo · Texto original en francés

¡Afirmemos nuestra fuerza de clase!

El capitalismo francés, administrado políticamente hoy por un gobierno de izquierda, acaba de despedir, no sin problemas, a dos millares de trabajadores en Talbot-Poissy.

Ese mismo capitalismo francés se prepara para hacer lo mismo en otras empresas del automóvil, en la siderurgia, las minas de carbón y los astilleros.

En nombre del futuro bienestar de la sociedad francesa, todos los interlocutores sociales (gobierno, oposición, patronal, Estado, sindicatos) se ponen de acuerdo, si no sobre las modalidades y la cantidad, al menos sobre la necesidad de despedir para permitir que el aparato industrial de FRANCIA se modernice, para que sea competitiva en el mercado capitalista mundial y esté en condiciones, según dicen, de crear nuevos empleos*, puesto que gran parte de la inmigración habrá sido graciosamente despedida por sus buenos y leales servicios.

* franceses, estos

En efecto, la gran reivindicación es «invertir en francés», tanto en capital fijo como en variable, es decir, invertir en la industria en Francia, con material francés, y hacer trabajar a franceses. Se trata, pues, de hacer despedir o de impedir la contratación en el extranjero y de despedir aquí a los chivos expiatorios inmigrantes. Las industrias que han envejecido mal, que emplean demasiada mano de obra, ya no proporcionan más que productos cuyo tiempo de trabajo es muy superior al tiempo medio necesario de producción en la sociedad capitalista (es decir, al tiempo medio socialmente necesario). En consecuencia, buen número de productos «franceses» —un producto francés se distingue de uno extranjero en que hace quiquiriquí cuando se vende— tienen que venderse por debajo de su valor real. Se lanzan a un mercado que les impone un valor inferior (definido para el conjunto de la sociedad, y por tanto para el mundo entero) y un precio que oscila en torno a ese valor en función de la oferta y la demanda. Dondequiera que se reproduce esta situación, hay «reestructuración» y, por tanto, despidos.

El problema es el mismo en todas partes para el Capital: acumularse y valorizar cada vez más valor; para los capitalistas se trata, en consecuencia, de devorarse cada vez más entre sí y de hacer que los proletarios acepten las consecuencias a fuerza de lavado de cerebro y de golpes.

Dicho claramente, lo que toda esa chusma diplomada en Francia pide a los trabajadores es que se comporten como buenos franceses y no como clase social; que defiendan las necesidades del capitalismo y no las suyas como clase internacional.

¡Trabaja, ponte en paro y aplástate, que el dios Capital vela por ti!

Así es como buena parte de los trabajadores, principalmente franceses (porque no eran solo tipos de los mandos intermedios), aplicó en Talbot, sencillamente y en los hechos, a golpe de tornillo, lo que todos los administradores del capitalismo aplauden con júbilo en su fuero interno: la división del proletariado y la falta de consciencia de clase.1

En el futuro, y es preciso que lo sepan, serán los proletas que no quieren someterse quienes se impondrán sobre los que se agachan ante los jefes patronales, estatales y sindicales, los que se complacen en la preservación de su puesto de trabajo (su esclavitud) y en su miseria de hombres-mercancías.

El discurso capitalista pretende que se trata de invertir en francés en capital fijo y variable. De hecho, se trata, al menos como paso previo, de destruir capital fijo y variable. Los trabajadores que aceptan ser despedidos y los que lo aceptan para los demás, con su pasividad indiferente o su actividad cómplice, no son más que capital variable, inconsciente de serlo y que actúa por eso mismo en favor del Capital. La revuelta contra esta situación no hace desaparecer la situación de proletario-capital variable (y eso puede manifestarse en la reivindicación del derecho al trabajo...), pero, al contrario, participa de la comprensión, aunque sea confusa, de esa situación intolerable: ser proletario, capital variable, mercancía, es decir, estar desposeído de la propia vida.

Una cosa debe estar clara para nosotros: en el trabajo, en trámite de despido, en el paro, somos una clase social que alimenta el sistema que nos oprime y nos explota. Sin nuestra sumisión, ellos no son nada. Cuando actuamos, tiemblan. Cuando nos organizamos por nosotros mismos fuera de los sindicatos y contra ellos (apóstoles del consenso, de la negociación, en una palabra, de la paz social), pese a su «respetabilidad democrática», emplean la fuerza de su Estado, prueba, si hiciera falta, del temor y del odio que tienen a los de abajo.

Las disensiones que existen entre las diferentes tendencias capitalistas son muy reales. Así, las distintas capas de la patronal «privada» están unidas entre sí contra los partidarios de la estatización o de la nacionalización. En el seno de esas dos ramas, las luchas son igual de vivas entre «pequeños» y «grandes» patronos, entre capitalistas de Estado y partidarios de una fuerte intervención del Estado, etc., hasta llegar a los enfrentamientos (casi) individuales. Todas esas luchas proceden de la competencia entre capitalistas, y sus agrupaciones reúnen, en el seno de los partidos y sindicatos, a quienes tienen menos motivos de competencia en común. Sin embargo, esas luchas cesan rápidamente en cuanto se trata de enfrentarse al proletariado, porque lo que está en juego en tal enfrentamiento2 es la supresión o el mantenimiento de la explotación. La clase capitalista se ve entonces obligada a unirse para defender el denominador común de todos los explotadores: la explotación.

Y cuanto más unida está, más se revela como lo que es, y más se une el proletariado frente a ella, porque los contornos de su enemigo se vuelven cada vez más precisos a medida que se disipan las ilusiones que lo rodeaban.

Hay que reanudar la lucha de clases, que no admite camisa de fuerza. Hay que mostrarles que existimos de otro modo que como una suma de individuos que compiten en el mercado de trabajo. Hay que practicar la solidaridad de clase. Son nuestros intereses los que hay que defender, y no los de una entidad explotadora cualquiera, sea nacional o internacional...

Para el Capital, la competencia es vital: es la manifestación más visible de la lucha encarnizada por la valorización del valor, de la desorganización de la producción, de la acumulación insensata de capital, independientemente de toda referencia humana. Por eso la manifestación más evidente del enfrentamiento con el Capital es la solidaridad. En el seno de cada clase antagonista, se cierran filas para el enfrentamiento; y cuanto mayor es el enfrentamiento, mayor debe ser la solidaridad, y ello a escala necesariamente mundial. La fuerza del Capital está sencillamente en que domina todos los aspectos de la vida social, y esa dominación totalitaria excluye todo «enclave socialista». La solidaridad obrera es, pues, sinónimo de organización para el enfrentamiento con el Capital. Es la crítica en acto de todos los compartimentos estancos que el Capital nos impone, la lucha contra todas las separaciones engendradas por la separación del hombre respecto de sí mismo, por la pérdida de su humanidad.

Por tanto, la organización de toda lucha no puede tener otra orientación que el debilitamiento del Capital en su fuente misma. Es decir, sea cual sea el aspecto particular a partir del cual se desarrolle la lucha (despidos, subida de precios, cuestión de la vivienda, militarización de la sociedad, consecuencias de una catástrofe «natural», etc.), no puede sino fracasar si los proletarios no imponen su organización de la producción y de la distribución en función de las necesidades que ellos definen y redefinen permanentemente.

  • Hay que rechazar las sempiternas charlas sobre las imposibilidades «momentáneas» que tendría la economía para satisfacer nuestras reivindicaciones.
  • Hay que rechazar todo despido, no porque nos complazcamos en la esclavitud, sino porque somos solidarios de nuestros hermanos de clase, mientras las clases no sean abolidas por nuestra fuerza.
  • Independientemente de la coyuntura económica, real o ficticia, debemos reclamar menos trabajo y más salario real.
  • Cuando estalla una huelga, hay que negarse a encerrarse en el lugar de trabajo. La solidaridad de nuestros hermanos de clase se gana con la lucha y en la calle.

La consciencia revolucionaria de clase no cae del cielo: se adquiere en el combate sin tregua contra el enemigo, que no nos considera más que una masa informe y maleable. Estamos hartos de las no-huelgas orquestadas por los aparatos sindicales. Estamos hartos de las huelgas espontáneas que esos mismos aparatos, a base de chanchullos, consiguen parar y vaciar de su contenido.

Reivindicar, sí, pero para no tener que volver a hacerlo. Todos debemos contribuir a la unión creciente del proletariado. ¡Debemos crear la relación de fuerzas que nos permita acabar internacionalmente con el trabajo asalariado, las clases sociales y las fronteras!

¡¡¡A la lucha!!!

  1. En enero de 1984 los huelguistas de Talbot-Poissy que ocupaban la fábrica contra los despidos, en su mayoría inmigrantes, fueron atacados por grupos de no huelguistas. ↩

  2. En el original falta el sustantivo («l'enjeu d'une telle est»); lo suplimos por el sentido. ↩