Alarme, n.º 24, abril-mayo-junio de 1984 (págs. 8-10). PDF del número completo · Texto original en francés
«Lucha contra el paro», «creación de empleo», «relanzamiento por el consumo», «permisos de reconversión», «cambio industrial», «lucha contra la crisis económica», inflación, «balanza del comercio exterior», «producto nacional bruto», «déficit exterior», «relación importación-exportación», etc.
Se comprendan o no estos términos, representan toda la riqueza del vocabulario más utilizado en estos finales del siglo XX en el que, en nombre del más mezquino inmediatismo, el problema del cambio radical de las relaciones sociales es postergado hasta su último reducto: LA NADA. En nombre de las más variopintas tácticas y estrategias, en nombre de una comprensión más o menos científica de la realidad actual, se nos impone como única alternativa posible lo que se ajusta a la existencia del sistema como totalidad opresora, aunque puedan intervenir cambios ocasionales en las partes.
Ahora bien, los cambios en sí que puedan intervenir en las partes no alteran en lo más mínimo la totalidad opresora, cuya base fundamental es la dictadura del capital sobre el trabajo. El proletario es mantenido en su papel de mercancía productora de valor, independientemente de la coyuntura económica del capitalismo y de la forma política que lo administre. De ello ha dado amplia y cumplida prueba la experiencia del reformismo original (los que hoy se reivindican de él no son más que un subproducto alterado y mucho más reaccionario).
Todas estas verdades están tan sepultadas bajo el montón de porquería de las «etapas necesarias» y los «males menores» que ni aparecen ya en quienes tienen todavía la caradura de reivindicarse de la emancipación social, cuando objetivamente contribuyen a la supervivencia del sistema de explotación. En plata: la afirmación del comunismo, sociedad sin clases ni intercambios mercantiles, si aparece, no parece ser más que un pálido reflejo de un sueño conscientemente reprimido en aras de una práctica falsamente reivindicativa y etapista, circunscrita por lo que el mismo capitalismo nos impone como praxis posible y realizable. El comunismo como única alternativa a la organización social de la humanidad queda así descartado permanentemente.
La no afirmación categórica del único devenir humano posible se transforma en la negación de este mismo devenir y, por consiguiente, en otra forma reaccionaria de discurso y de práctica que alimenta la dinamo capitalista, en detrimento de las necesidades inmediatas e históricas de una clase que no puede afirmarse si no es en la perspectiva de destruirse mejor, barriendo de una vez por todas las clases sociales mismas.
Lo que se acaba de afirmar no tiene nada de ideología pura, que se cierna por definición sobre la realidad social y sus posibilidades intrínsecas. Muy al contrario, de la afirmación de la necesidad del comunismo, basada en la realidad presente, se derivan las tareas cotidianas de la lucha de clase que tiende a la realización de una sociedad humana. Olvidar esta perspectiva es caer de bruces en lo que el capitalismo por sí mismo acepta como del dominio de lo posible. Es precisamente este realismo el que él pone en práctica día tras día utilizando principalmente su engranaje indispensable, el sindicalismo, con todas las falsas luchas y negociaciones que este conlleva. Lo que el capitalismo acepta desde lo alto de la dictadura que impone a la sociedad son interlocutores sociales tan responsables como él ante el asalariado que lo alimenta. Lo que no acepta, o lo que a veces ha de soportar con el miedo en el cuerpo, es la lucha del proletariado en cuanto clase antagónica que se alza frente a sus intereses.
Ahora bien, nuestro objetivo en cuanto revolucionarios, en cuanto comunistas, lo mismo que el interés real del conjunto del proletariado, no puede en forma alguna coincidir hoy con el objetivo y el interés de quienes nos oprimen y explotan; tanto menos cuanto que las condiciones materiales que permiten aniquilar definitivamente la existencia de las clases sociales existen sobradamente a escala planetaria. En la lucha, el comunismo no puede plantearse como una utopía para mañana, sino precisamente como una urgencia y una necesidad para hoy.
Dicho esto, sería ilusorio creer que la consciencia comunista pudiera aparecer por un aprendizaje y una asimilación progresiva, por el conjunto del proletariado, de la teoría revolucionaria inyectada a pequeñas o grandes dosis por quienes pretenden encarnarla. El proletariado internacional, si realiza la única revolución totalmente emancipadora del hombre en la historia, que fue la suya, no la realizará a partir de una comprensión teorizada del mundo que lo aplasta. Porque, a fin de cuentas, no en vano es la clase desposeída de todo excepto de su fuerza de trabajo. Pero esto tampoco significa que esté irremediablemente condenado a una consciencia «tradeunionista» de la que deba aprovecharse la élite de la revolución para imponerle altruistamente la subversión total del viejo mundo. En ese caso habría tanta revolución social como judías en la luna.
Se nos podría replicar que, planteado en estos términos, el comunismo es imposible y que nos mordemos la cola para soslayar mejor los eternos problemas reales a los que nos enfrentamos en esta sociedad, a saber: lucha contra el paro, creación de empleo, relanzamiento por el consumo, permisos de reconversión, cambio industrial, inflación y el largo etcétera ya mencionado al comienzo de este artículo. Pero privilegiar y tener en cuenta tan solo el inmediatismo es morderse la cola respetando la lógica capitalista, sin resolver ni siquiera mínimamente una sola de sus contradicciones. En efecto, la contradicción primera entre capital y trabajo es tal que la única forma de resolver todas las que de ella se derivan pasa hoy por la eliminación pura y simple de la primera. Los «produzcamos francés», los «consumamos francés» y otros artilugios pérfidos para ligar el interés del trabajo al del capital no caen del cielo en un momento en que este, obligado por la lógica de la competencia, emplea medios técnicos que serían capaces, utilizados en favor de la humanidad, de liberar al hombre de la necesidad y de las horas fastidiosas dedicadas a su supervivencia. ¡Así que las reivindicaciones que tienen en cuenta la realidad capitalista y sus necesidades, no, gracias, y sin cumplidos!
De otra parte, la simple afirmación de la abolición del trabajo asalariado y de las clases sociales, opuesta a la lucha reivindicativa cotidiana, participa del mito religioso de una profesión de fe, inoperante por ser profesión de fe y no estar ligada directamente al movimiento de las clases sociales en el seno de la sociedad. Participan de este mismo mito quienes desplazan el centro de gravedad a ese otro aspecto de la cuestión que es la autoorganización del proletariado, la generalización de las luchas y la toma del poder. Poco importa, a juzgar por lo que escriben, el contenido mismo de la lucha, con tal que la intensidad de la crisis económica irremediable del capital empuje al proletariado hacia los tortuosos caminos de la consciencia de clase.
Tanto si su práctica es reaccionaria como si sus ideas generales son revolucionarias, los dos casos aquí citados tienen esto en común: la separación en diversos aspectos de lo que constituye, en la vida real y en su devenir, una unidad orgánica. Ninguno de los aspectos, ligados de todos modos entre sí, puede dejarse de lado cuando es la totalidad lo que se quiere transformar de arriba abajo. De lo contrario, de una u otra forma, es esa misma totalidad la que acaba imponiéndose.
De hecho, como ya hemos dicho en otras ocasiones, el proletariado, así como sus fracciones más conscientes y decididas, debe reaprender la lucha de clases. En efecto, la escuela de guerra del comunismo, para el proletariado en su conjunto y para sus fracciones más activas en particular, es la lucha cotidiana. La consciencia de clase es una actividad práctica. Pero entendemos por lucha no lo que corresponde a las necesidades mismas del capitalismo (las no-luchas reivindicativas sindicales), sino lo que se opone directamente a su propio funcionamiento y a la base sobre la que descansa: la extracción de plusvalía facilitada por la no organización del proletariado en clase.
«Reaprender la lucha de clases», acabamos de escribir, lo cual no significa en modo alguno reproducir como un dogma lo que esta lucha haya podido ser en el pasado, pues, por una parte, la situación objetiva es forzosamente diferente y, por otra, debemos sacar subjetivamente partido del aplastamiento, por el poder contrarrevolucionario ruso, de la inmensa oleada subversiva de 1917-1937.
Aunque se ande con rodeos mediante tergiversaciones «dialécticas», o se oculte, pese a los balbuceos del movimiento obrero desde el aplastamiento de su primera y única oleada internacional, sufrimos todavía el peso desastroso de la contrarrevolución rusa, si bien el descrédito de la «patria del socialismo» crece cada día más, lo cual es bueno e importante. El virus que ha inoculado a escala planetaria en el seno de la única clase capaz de emancipar a la humanidad perpetúa sus estragos, bajo diversos aspectos y sin hacer sistemáticamente referencia, por razones tácticas evidentes, al país que lo ha engendrado. Debemos destruir este virus, y para ello debemos oponernos a él en todas partes, sin esperar beatíficamente que sea el conjunto de la clase quien lo haga, cuando la inmensa mayoría de esta ni siquiera es consciente de su existencia mortífera. Para hacerlo, debemos contribuir a dar un contenido subversivo a las inevitables luchas que se producen cada día.
Acabamos de ver que la lucha cotidiana no puede ser separada del objetivo histórico. El movimiento de la clase y su objetivo forman un todo. Es por el movimiento como puede alcanzarse el objetivo. Todo lo que obstaculice el movimiento hacia su objetivo natural debe ser combatido como enemigo del movimiento y, en consecuencia, de su objetivo.
- Debemos responder a la organización del capitalismo con la autoorganización de la clase proletaria. No a la representatividad sindical. Elijamos nuestros propios delegados, revocables en todo momento. No a la concertación capituladora. Impongamos nuestros intereses, aunque no puedan ser plenamente satisfechos más que con la destrucción del poder capitalista y de su organización social. Mientras tanto, que sepan que nos organizamos para ser cada vez más, y que no contamos más que con nuestra propia fuerza.
- Debemos responder al poder político capitalista con el poder de nuestra solidaridad de clase. Esta no será efectiva más que si la practicamos nosotros mismos, y de forma sistemática.
- Debemos responder a la economía capitalista atacando su acumulación. Atacarla desde ahora es luchar por una disminución masiva de las horas de trabajo y por un salario real cada vez más alto. Es rechazar la jerarquía que se nos impone para dividirnos mejor. Es rechazar todo despido, así como el paro, tan envilecedor como el trabajo que se nos impone. Es, de todos modos, no tener en cuenta los intereses del capital que nos explota.
REIVINDICAR, SÍ, PERO PARA NO TENER QUE HACERLO YA MÁS. LA URGENCIA DE NUESTRO OBJETIVO: LA DICTADURA DEL PROLETARIADO, PARA LA ABOLICIÓN DEL TRABAJO ASALARIADO. PROLETARIOS DE TODOS LOS PAÍSES, UNÁMONOS.
Una nueva organización revolucionaria es indispensable al proletariado mundial. Pero su constitución resultará imposible o será muy defectuosa si no incorpora a su pensamiento las rudas experiencias ideológicas y organizativas padecidas desde 1914 hasta el presente. Las derrotas pasadas han de jalonar el camino de la victoria. Semejante organización deberá sobrepasar el tradicional conglomerado de partidos nacionales y al mismo tiempo rechazar todo centralismo orgánico que faculte a un puñado de dirigentes colocar la base ante decisiones disciplinarias consumadas. Ha de prefigurar el futuro mundo sin fronteras ni clases. Con tal finalidad adoptamos este Manifiesto y lo proponemos a todos los grupos y hombres revolucionarios del mundo. Es preciso romper tajantemente con tácticas e ideas muertas, decir a la clase obrera sin reticencias toda la verdad, rectificar sin duelo cuanto obstaculice el renacer de la revolución, proceda de Lenin, Trotzky o Marx mismo, adoptar un programa de reivindicaciones en consonancia con las máximas posibilidades de la técnica y la cultura moderna puestas al servicio de la humanidad.
(Pro Segundo Manifiesto Comunista, del Fomento Obrero Revolucionario, 1961)
Texto español según la traducción del propio FOR publicada en [Alarma, tercera serie, n.º 19, noviembre de 1984](/hemeroteca/alarma/1984-11-lucha-de-clases-movimiento-y-objetivo), cotejada con el original francés y ajustada a él donde aquella resumía o se apartaba de la letra (la versión de Alarma* habla, por ejemplo, de «la escuela mejor del comunismo» y de la «inmensa huelga subversiva de 1917-1937», donde el francés dice «escuela de guerra» y «oleada»). La cita final del Pro Segundo Manifiesto Comunista, que Alarma no reproduce, se da según el texto español de Munis.*