Alarme, n.º 24, abril-mayo-junio de 1984 (págs. 14-15). PDF del número completo · Texto original en francés

Si el 10 de mayo de 1984 marca el tercer aniversario de la izquierda en el poder, este aniversario estigmatiza de manera evidente, y confirmándolo, el papel antirrevolucionario del movimiento izquierdista.

Las diversas tendencias trotskistas, cabezas de fila de esta extrema izquierda «revolucionaria», tienen por su parte una grandísima responsabilidad en el atolladero en que se encuentra hoy la lucha revolucionaria. Actuando como fieles perros guardianes de los partidos pseudocomunista o socialista, erigiéndose en defensoras del capitalismo de Estado ruso contra el bloque estadounidense, demuestran cada día su actividad procapitalista y de sepultureras de la emancipación del proletariado, del que se atreven a pretenderse la «vanguardia» esclarecida y esclarecedora. Pero nunca lo repetiremos bastante: el programa trotskista es hoy capitalista:

  • Por su llamamiento a votar y a apoyar a la coalición P«S»/P«C», cuya naturaleza capitalista ya no hace falta demostrar; su gestión del capital, dondequiera que esté en el poder, representa uno de los ataques más formidables contra la clase obrera, tanto más cuanto que goza de la bendición sindical. La coalición de izquierda y la extrema izquierda dejan muy atrás a la «derecha reaccionaria» del capitalismo «privado», por la influencia que todavía tienen en el seno de la clase históricamente revolucionaria.
  • Su defensa de la economía nacional a través de la reivindicación de las nacionalizaciones, totalmente reaccionaria, puesto que no hace más que «transferir» la dominación del capital sobre el proletariado, agudizando la competencia entre proletarios del sector público y del privado y reforzando el poder económico, político y social del Estado capitalista.
  • Su apoyo a la democracia parlamentaria, a la legalidad, a la lucha contra otras formas de dominación política sobre la clase obrera en beneficio de la Democracia —contra el fascismo, por ejemplo—, enrolando al proletariado en la mistificación electoral y relegando al olvido la defensa incondicional del interés de clase, interés que no puede acomodarse a ninguna barrera jurídica o social.
  • Por último, su participación, su presencia y su apoyo al sindicalismo, cuando este da cada día pruebas de su naturaleza capitalista, rompiendo de raíz la solidaridad obrera nacional e internacionalmente: desde el primer conflicto mundial, en 1914, cuando contribuyó a enrolar a la clase obrera tras la bandera nacional, siendo así que el derrotismo revolucionario es un principio fundamental del proletariado, pasando por el «frente popular», que tocó a muerto por una efervescencia violenta de la lucha de clases y preparó la segunda carnicería de 1939, y por la aniquilación del movimiento del 68, hasta la colusión abierta con el actual gobierno capitalista del Estado francés para la «salvaguardia y la rentabilidad de la economía nacional».

Para el movimiento trotskista, la clase obrera no es más que una masa de maniobra que nunca podrá llegar a la consciencia comunista. Espera, pues, que el «partido revolucionario» la salve de la condenación eterna. Mientras tanto, ese partido, o los componentes de ese nuevo partido trotskista, transmite la consciencia que, según él, puede ser comprendida por esa pobre masa inculta: la que se sitúa a medio camino entre la bestia de carga y... ¡el delegado sindical! Luego vendrá la «imitación sabática»1 que prodigará el partido que, como todo el mundo sabe, ha sido «visitado» por Marx, Engels, Lenin y Trotski, que han «revelado» la verdad al comité central, único capaz de comprender los avatares de la lucha de clases y, por eso mismo, de actuar revolucionariamente. Los proletarios, en nombre de tácticas demasiado complicadas para que las entiendan, deben seguirlas y, sobre todo, seguir dejándose explotar.

La lucha de clases es, sin embargo, un todo. Supone la ruptura con las sacrosantas separaciones que apuntan a castrar el movimiento subversivo de la sociedad. Requiere, por eso mismo, la ruptura con los esquemas intelectuales/manuales, consciencia revolucionaria/consciencia sindical, buenos dirigentes/malos dirigentes, etc. Si la emancipación del proletariado ha de ser obra del proletariado mismo, solo se hará contra el trotskismo, el sindicalismo y los partidos stalinistas o llamados socialistas. Lo que aquí afirmamos no es gratuito, sino que resulta de la perspectiva que es la nuestra: la destrucción inmediata de la sociedad de explotación basada en el trabajo asalariado. Con esta meta, nuestra crítica del capitalismo es una crítica que no apunta a reforzar el Estado (nacionalizaciones) ni a acondicionar la forma de explotación (autogestión y otros subterfugios), sino a afirmar la necesidad inmediata de la abolición del trabajo asalariado a través de todas las luchas cotidianas, a desmitificar a los pseudo PC y PS, proponiendo la urgencia de una independencia de clase organizativa y pragmática. ¡Solo a ese precio puede surgir la consciencia revolucionaria y comunista del proletariado!

Con su defensa incondicional de Rusia, feudo del capitalismo de Estado, las tendencias trotskistas enrolan a los proletarios en la defensa de un bloque capitalista e imperialista contra otro, en nombre de las «conquistas positivas» (¿cuáles?) de una revolución proletaria barrida por la contrarrevolución stalinista y que en ningún momento pudo abolir las relaciones capitalistas de producción. El papel del proletariado no es buscar etapas hacia el comunismo, sino luchar tanto contra el capitalismo del Este como contra el del Oeste, de Rusia a los EE. UU. y de China a Nicaragua o Cuba, y ello inmediatamente.

El papel del proletariado es obrar por la destrucción de las fronteras, entidades de explotación, y no por la creación de nuevos Estados, sean palestinos o zulúes, en nombre de cualquier «liberación nacional» contra el imperialismo estadounidense u otro, como reivindican nuestros electos «camaradas» trotskistas, buenos defensores del imperialismo ruso. Desde el final de la Segunda Guerra Mundial, la ayuda militar y económica del imperialismo ruso a los diferentes movimientos de liberación nacional, de Vietnam a Laos, pasando por Argelia, Nicaragua o El Salvador, no ha sido más que el pretexto para mantener la explotación nacional en nombre del capitalismo de Estado, en su búsqueda de beneficio y de aplastamiento de las posibles luchas subversivas del proletariado, en beneficio de los intereses de la Rusia capitalista. No hay pueblo que defender: el interés del proletariado es un interés de clase que nada puede sacar de una amalgama con los campesinos, los comerciantes, los pacifistas-feministas-ecologistas y los nacionalistas, que en el mejor de los casos no aspiran más que a un acondicionamiento de las «taras» del capitalismo y, en el peor, a la alianza con la clase obrera para sacar mejor provecho de su explotación. Por ejemplo, el consenso social en Lorena es actualmente de lo más explícito.

Por último, afirmaremos que, para acabar con el trotskismo, el proletariado deberá unirse a sus elementos más avanzados y más conscientes. El papel de una vanguardia revolucionaria no es «pegarse» al culo de la clase obrera. Se distingue de ella, y ante todo se distingue, por su práctica, que va a contracorriente de la alienación política y social que la sociedad capitalista impone principalmente a la clase que debe emancipar a la humanidad. Se distingue también por la ruptura neta y franca con la ideología capitalista, con las tácticas y demás artificios de mistificación de la sociedad de explotación para su perpetuación.

El movimiento trotskista va pegado al culo de una clase obrera completamente atomizada, embrutecida. De demagogia en paternalismo cínico, cava cada día la tumba del proletariado empujándolo a los callejones sin salida del nacionalismo, de la legalidad, del acondicionamiento de la explotación, de la perpetuación del mito del socialismo en el Este, etc.

La abolición del trabajo asalariado debe ser hoy la consigna por excelencia de la clase obrera. Solo se materializará violentamente, por la dictadura del proletariado contra la dictadura capitalista del Este y del Oeste, extirpando en todas partes la base de esta sociedad capitalista decadente, la compra y venta de la fuerza de trabajo, ya se haga a la salsa stalino-trotskista o a la salsa ketchup.


Existe una versión española de este artículo en la recopilación [El trotskismo stalinizado: defensa incondicional del capitalismo de Estado](/archivo/1961-86%20El%20trotskismo%20stalinizado) de la Escuela; no consta en Alarma* y es, por su factura, una traducción posterior del francés, no del FOR. Se ha tomado como base y se ha corregido contra el original (omisiones como «la defensa incondicional del interés de clase» o «la bestia de carga», y lecturas erradas como «la cumbre» o «el movimiento [de huelgas de masas] de 1968»).*

  1. Así en el original: «l'immitation Sabbatique». (N. del T.) ↩