Alarme, n.º 25, julio-agosto-septiembre de 1984 (págs. 5-6). PDF del número completo · Texto original en francés

Inflación, deflación, exportación, importación, crisis... estos términos vuelven a aparecer en la información diaria, preceden a la meteorología y parecen ser entidades casi tan naturales como los golpes de viento, las brisas marinas, los anticiclones y las tormentas.

Algunos jefes políticos hacen ellos mismos semejantes comparaciones: la nación presa de la crisis económica no es otra cosa, para ellos, que el navío sometido a la tempestad; los gobiernos o capitanes velan lo mejor posible por los intereses comunes frente a los elementos naturales desencadenados.

Entonces, ¿cuál es la solución? Como siempre, el hombre debe seguir avanzando por el camino sin fin del dominio de la naturaleza, de manera que el género humano evite las crisis económicas con tanta facilidad como puede evitar hoy el rayo gracias al pararrayos.

He ahí, apenas caricaturizada, la visión y la comprensión del mundo que se nos inyecta en gruesa dosis diaria con una jeringuilla de efecto intramateria gris. La ciencia económica se nos presenta, pues, como una ciencia humana, y su primer axioma parece ser: el capitalismo, modo natural de organización de la sociedad, ha existido siempre, existe y existirá siempre. Las leyes del mercado parecen tan naturales como las de la gravitación.

Ahora bien, si puede suponerse que la economía es efectivamente una ciencia, ¿puede atribuírsele el carácter de humana? Para nosotros no: en la medida en que niega todo lo que hay de humano en el hombre, es una ciencia inhumana. Expliquémonos. Cuando Napoleón pregunta a Laplace dónde está Dios en su sistema, este responde: «No necesito esa hipótesis». Si planteamos la misma pregunta acerca del hombre en el sistema capitalista y en la ciencia económica, la respuesta no puede ser sino parecida: «la hipótesis "ser humano" no es necesaria en el sistema capitalista». En efecto, el individuo, en este sistema, no es más que capital variable; sus revueltas, sus deseos, sus pasiones, en una palabra, sus reacciones humanas, son negados: no come para vivir, vive para comer.

El Homo sapiens ha progresado mucho a lo largo de los siglos, pero hételo aquí llegado, tras unos tres cuartos de siglo de decadencia, al Homo oeconomicus u hombre moderno, pálida caricatura de lo humano, arrancado de sus raíces, automatizado, informatizado, amasado, explotado, individuo producido a gran escala no por manipulación genética, sino por manipulación social, fruto de un embrutecimiento generalizado.

Este artículo quedaría cojo si atacara únicamente a la «ciencia económica». Tiene sobre todo por objeto criticar la sociedad que produce semejante ciencia, y las prácticas, presentes y futuras, de los grupos y personas revolucionarios que no consideran al proletariado más que como una clase que se mueve únicamente bajo la presión de la necesidad en términos de consumo: penurias...

La economía se ha puesto al día y utiliza las técnicas y ciencias modernas. Según algunos, se apoyaría incluso en el materialismo: el hombre, únicamente sujeto de necesidades (no históricas o sociales, sino estrictamente ligadas al consumo), ¿no es eso materialista? Para nosotros no, porque es, en el mejor de los casos, materialismo vulgar: si el proletario no puede ser más que un consumidor, cabe preguntarse entonces para qué y cómo el joven proletariado hizo la Comuna de París o la revolución en España. Cabe preguntar a las personas y grupos revolucionarios si lo son porque hay escasez de bienes de consumo en Europa. ¿Quizá la falta de magnetoscopios?

¡No, seamos serios! ¿Qué revolucionario consecuente puede adoptar como fundamento una teoría (y una práctica derivada de ella) que niega lo humano, que lo caricaturiza como un modelo automatizado que reacciona cuando falta la corriente, de manera tan segura y no mecánica como el hidrógeno y el oxígeno reaccionan para formar agua cuando se cumplen ciertas condiciones? El proletariado, sujeto de la historia, no podrá contentarse con reaccionar casi automáticamente para vencer, y en cuanto sujeto deberá reaccionar con una consciencia de clase. Para que triunfe la revolución comunista es preciso que una fracción importante del proletariado tenga aspiraciones sociales en oposición radical con la sociedad capitalista. Que ponga en la base de sus aspiraciones necesidades no satisfechas en términos de consumo es —puesto que el hombre es un ser social— reducir la sociedad a una colmena en la que la reina restringiría el acceso a la miel, desencadenando la revuelta de la colmena, que la suprimiría y proclamaría la glotonería integral. Ese materialismo es inconsistente: niega toda subjetividad al proletariado y, por tanto, se niega a sí mismo. Los grupos revolucionarios que se sitúan en ese terreno se extravían por completo.

Conviene recordar que el comunismo no será obra de una sociedad animal, sino de una sociedad humana.

En cuanto a la sociedad presente, la economía es su ciencia infusa, la que se desprende más directamente de ella. Teoriza, sintetiza y modeliza la base de la sociedad. Una crítica de fondo de esta ciencia no puede ser, pues, sino una crítica de fondo de esta sociedad.

El modelo automatizado de esta teoría corresponde, pues, al hombre deshumanizado, atomizado, que se impone cada vez más hoy, ya sea en nuestros encuentros con los demás, ya incluso en nuestros encuentros con nosotros mismos. Los innegables progresos técnicos se vuelven a menudo contra el proletariado y contra la humanidad en general. Progreso técnico (o crecimiento de las fuerzas productivas) y progreso social toman caminos opuestos: en eso reside la decadencia, y en nada más. El proletariado mostró (oleada revolucionaria de 1917-1937) que podía acabar con el capitalismo; las fuerzas productivas, que serán el soporte material del comunismo, han crecido lo suficiente como para no permitir ya más que la organización comunista de la sociedad. A partir de ahí, el capitalismo ya no tiene razón de ser: su supervivencia destruye cada día, mediante la guerra, los accidentes de trabajo, los de carretera, el estrés..., y amenaza con destruir para siempre el planeta en 67 minutos y 34 segundos, por ejemplo, si un meteorito cualquiera llegara a destruir un satélite militar ruso o estadounidense (creyendo cada uno que se trata de un ataque del otro).

Pensar que la revolución comunista solo es posible, y la sociedad solo está en decadencia, si existe una crisis económica conduce a aberraciones del tipo: sin crisis económica, el capitalismo es progresista; si la plusvalía es extraída y realizada, poco importa que el proletariado sea más explotado, sacrificado en caso de guerra, poco importa que el comunismo sea posible, como se vio a comienzos de siglo. Para quienes así piensan, la sociedad es progresiva y el comunismo imposible (precisemos que, para nosotros, el capitalismo ascendente del siglo XIX no niega la posibilidad del comunismo). Hay que dejar de lado los dogmas fríos para la revolución social; con o sin crisis económica, el capitalismo es decadente. Solo la revolución comunista está hoy a la orden del día; el proletariado debe ponerse en marcha y acabar con esta sociedad, y para ello no podremos adoptar métodos de razonamiento que son los de la clase dominante y emanan directamente de la decadencia del capitalismo.