Alarme, n.º 25, julio-agosto-septiembre de 1984 (págs. 14-15). PDF del número completo · Texto original en francés

Mientras los medios de comunicación anunciaban a cuál más el nacimiento de Henry, hijo de lady Di y del príncipe Carlos, no podíamos sino quedarnos boquiabiertos ante la importancia del acontecimiento, que relegaba muy por detrás de sí los pocos bidones de hexafluoruro de uranio hundidos en el mar del Norte y un acontecimiento más folclórico todavía: una huelga de mineros, 150.000 según parece, y unos miles de estibadores simpatizantes, solidarios con su caso.

Desde hace seis meses esos mineros tienen, por lo visto, problemas de empleo, de cierres de pozos; en fin, ¡minucias! De todos modos, nada demasiado apremiante para su supervivencia y la de su progenie, que, es verdad, no tiene nada de real... En lo esencial, de eso es de lo que se entera episódicamente por la prensa la buena gente de Francia acerca del conflicto. Entre la crónica de sociedad y la «objetividad» de los plumíferos, la clase capitalista mantiene un terrible apagón informativo, privando al proletariado francés de una importante experiencia de lucha.

En una época de decadencia social que no excluye por ello la lucha de clases, la consciencia de la solidaridad humana tiende a empantanarse. Y hoy la consciencia del proletariado —clase portadora de un devenir humano— tiende a diluirse en el fango de los corporativismos, nacionalismos y particularismos, todos ellos portadores de una regresión mezquina en comparación con el increíble potencial de emancipación que el capitalismo ha engendrado. Además, en periodo de reestructuración del capital, estos fenómenos reaccionarios tienden a crecer, pues la clase obrera piensa más en llenar el vientre y en preservar con encarnizamiento sus cadenas de esclavitud asalariada, reforzando así su sumisión al orden establecido y a la sobreexplotación de su fuerza de trabajo.

¡Precariedad de la supervivencia para el proletariado y alteración de su consciencia de clase van a la par, o poco menos! El enrolamiento, el encuadramiento de los proletarios por la ideología stalino-sindical de perpetuación de la esclavitud asalariada sigue dando sus frutos, que el fracaso de la revolución rusa y la contrarrevolución stalinista hicieron madurar.

Privada de perspectiva revolucionaria y comunista por los partidos anticomunistas y antisocialistas, así como por su apoyo «crítico» trotskista, la clase obrera internacional da muestras de incapacidad para reconocer y enfrentarse a sus enemigos.

La huelga de los mineros en Gran Bretaña, que dura ya siete meses, es una ilustración de los terribles obstáculos que el proletariado debe superar para situarse por fin en el terreno de la ofensiva anticapitalista. El movimiento de los mineros ingleses es la respuesta a un intento de cierre de pozos en las minas de carbón. Esta respuesta, cuyo entierro ha sido bien organizado, revela varios aspectos positivos.

Ante todo, la combatividad y la determinación de los mineros, cuyo movimiento casi espontáneo zarandeó y obligó al sindicato a respaldar a los piquetes de huelga en sus acciones de violencia obrera contra el «derecho al trabajo» de los demás asalariados. Esta respuesta permitió poner de manifiesto una resistencia frente a la agresión capitalista, sacudiendo el fatalismo que reina en la clase obrera —pese a los sobresaltos que la agitan de forma desordenada y aislada—, desorientada por la exacerbación de la explotación que requiere una mayor concentración del capital.

Luego hubo una solidaridad real de ciertos sectores obreros, ferroviarios pero sobre todo estibadores, puesto que estos, tras un primer paro enterrado, repitieron su acción afirmando claramente su apoyo a los mineros en huelga. Aunque castrado de su verdadero contenido de clase por una corporativización sindical, este impulso de solidaridad muestra que ciertas franjas del proletariado inglés tienden hacia una unidad de consciencia de sus intereses y, más globalmente, de los de su clase.

La amplitud del movimiento desde un punto de vista numérico marca también una ruptura en la competencia que se hacen los proletarios. La unión sagrada de los despedibles y de los más o menos seguros de conservar su puesto, y ello en las tres regiones, es un germen de consciencia de la defensa del interés de clase frente al Estado capitalista.

Pero, como contrapartida, esta lucha pone de relieve la debilidad de lo que habría podido desembocar en un conflicto más global, y también más radical.

  • Debilidad organizativa, en primer lugar. Los mineros dejaron las manos y la palabra libres a su sindicato para organizar y dirigir la lucha. Le dejaron el cuidado de expresarse en su nombre, incluso en un lenguaje «radical», en realidad para empujar o arrastrar el movimiento a callejones sin salida del tipo «impedir el transporte del carbón», o corporativizando el conflicto. No pudo establecerse ninguna medida de autoorganización, ni comités de huelga, ni elección o designación de delegados revocables e independientes del sindicato. Los mineros se contentaron con las consignas sindicales.

Esta debilidad organizativa impidió la unión con el resto de la clase obrera y permitió aislar a la categoría profesional denominada «mineros», negándole su carácter de fracción de la clase explotada.

  • La organización de la lucha supone también un contenido. La búsqueda de una solidaridad de clase, y no sindical (por lo demás rechazada por el TUC), es la única capaz de hacer surgir una solidaridad activa y ofensiva de los proletarios. Al quedarse confinados en sus «piquetes de huelga» y en el «salvamento de las minas», al no intentar impulsar consignas comunes al conjunto de su clase, los mineros perdieron la posibilidad de extender la lucha sobre la base de la defensa del interés de clase contra el capitalismo, esté «en crisis» o rebosante de salud.

Quienes ven en los enfrentamientos de los proletarios con la policía el colmo de la radicalidad confunden al hombre acorralado con el proletariado en lucha: la violencia no es nada si no se apoya en un contenido de clase. El ataque a la propiedad privada mediante la distribución del carbón almacenado, la negativa a someter los piquetes de huelga a restricción alguna, la denuncia del Estado como garante de la explotación del conjunto de la clase obrera son medidas que hacen que el enfrentamiento ya no sea el del proletariado contra la policía, sino contra el capital en su conjunto.

  • Si al principio los piquetes de huelga eran la expresión de la voluntad de los mineros, con lo que esta comporta de rechazo instintivo del «derecho al trabajo» y de determinación violenta contra el resto del proletariado, se convirtieron después en símbolos de la sumisión al orden sindical. Al no organizarse para hacer frente a las represalias policiales, ni para impedir el trabajo en las demás empresas, ni de forma práctica y solidaria con los estibadores, los mineros dejaron vía libre a todas las formas de entierro y secuestro de su lucha.

Por último, Gran Bretaña cuenta con unos tres millones de parados y la situación de la clase obrera nunca ha sido tan mala, de modo que la reapropiación de los productos habría debido ser una tarea fundamental. Es ella la que también habría podido permitir el indispensable vínculo entre huelguistas, población y parados, suscitar el entusiasmo del proletariado internacional y permitir la decantación del campo proletario.

Para terminar, diremos una vez más lo que no dejamos de repetir: para el proletariado, sea británico, francés, belga o de otro país, el éxito o el fracaso de sus luchas pasan por la lucha abierta contra todo sindicalismo. Reconocer en los sindicatos a un enemigo de clase es una puerta que se abrirá, teórica y prácticamente, a una ofensiva de destrucción del sistema capitalista, en el Este como en el Oeste.

La destrucción del mundo bárbaro y absurdo que es el nuestro y la construcción de una sociedad liberada de las fronteras y de las clases tienen ese precio.